Dos jóvenes neuquinos se instalaron en China Muerta y decidieron construir su casa con lo que le que tuvieran a mano. Estaban convencidos de que la naturaleza podía darles todo lo que necesitaran, y no se equivocaron. Cosecharon alfalfa, la enfardaron, hicieron barro, algunos postes…, y listo.
Por Guido Sangiácomo y Pablo Scatizza
Alejandro Marino y Alejandra Vagosh siempre tuvieron en mente buscar un refugio natural, un hogar alejado de la urbe, del consumo y de la locura en serie y cotidiana que significa vivir en una ciudad. Y el proyecto comenzó a cristalizarse cuando lograron adquirir un terreno cerca del río en la zona de China Muerta, con la intención de poner en marcha allí una producción de Aloe Vera. La idea incluía además construir su propia casa, pero ninguno de los dos tenía ganas de hacerla con los materiales tradicionales. “Queríamos hacer algo natural, orgánico, con lo que nos ofreciera la Naturaleza – comenta Alejandro-, pero no teníamos muy en claro cómo hacerlo”.
El campo que compraron tenía sembrado alfalfa, y a Alejandra le llamó la atención la semejanza de los fardos recién cosechados con los clásicos ladrillos, más allá de la obvia diferencia del tamaño. “¿Y si la hacemos de alfalfa?”, le propuso a su compañero. Alejandro confiesa que la idea no lo convenció en un primer momento, hasta que vio en libros y en la web que la idea no tenía nada de novedoso, sino que se trataba de una técnica milenaria. “En muchos lugares del mundo hay en la actualidad casas de adobe y alfalfa que datan de cientos de años”, comenta Alejandro. “Creo que son saberes que tenemos incorporados. Creo muchísimo en la intuición y por eso nos dejamos guiar por ella”, dice su compañera.
Ambos aseguran al unísono, casi con las mismas palabras, que esa forma de construcción “hay que sentirla”, que el trabajo que se debe realizar a la hora de “amasar el adobe” es duro, pero que es gratificante. “Uno sabe que si las paredes se humedecen -por alguna filtración temporaria-, luego estas respiran y se secan. Tienen energía, y esa energía se siente” aseguran.
Hablan armoniosamente y parecen mimetizados con su entorno. Bautizaron “El Cobijo” a su proyecto por creer que de eso se trata un hogar: Un refugio, un lugar que da amparo y protección. Un hogar orgánico y natural, en este caso, que l@s Alejandr@s supieron levantar con lo que encontraron a su alrededor.
Las manos en la masa
La casa tiene forma octogonal y unos 100 metros cuadrados. La estructura está construida con ocho postes de eucaliptos (rezago del cableado de la luz) enterrados a un metro de profundidad, unidos en sus vértices superiores con otros ocho postes. “Usamos eucaliptos porque pensamos que era lo más resistente, pero si la tuviera que hacer de nuevo, la haría con postes de álamo, que es una madera muy noble y además es de la zona, por lo que resise muy bien el clima del lugar”, cuenta Alejandro. Dentro del octógono se formó un cuadrado con cuatro postes más unidos en sus vértices superiores por otros cuatros, conformando una elevación por sobre el otro techo. En esa lucarna irán dos ventanales, uno orientado al Este y otro al Oeste. “Así va a entrar el sol de la mañana y el sol del atardecer” aseguran.
Una vez puesto de pie el esqueleto, se lo empezó a vestir. Como cuentan l@s Alejandr@s, utilizaron distintas técnicas al momento de levantar paredes, “porque nos aburrimos de poner tantos fardos”. Por ello, si bien la mayoría de las paredes son de alfalfa (casi todo el perímetro), otras fueron construidas con dos paneles de cantoneras de álamo rellenos con tierra apisonada, y otras de cantonera, paja y adobe.
Para levantar las paredes de alfalfa se colocan los fardos unos sobre otros, atados con alambre y sujetos a estacas que hacen las veces de columnas. Luego se los recubre primero con un adobe “grueso” y finalmente se le hace el “revoque fino” preparado con adobe sin fibra (ver aparte). El resultado es una pared de unos 60 centímetros de ancho, firme, sin porosidades y con una capacidad térmica y sonora asombrosa.
Las paredes internas y los bajo ventanas, hechas con dos paneles de cantoneras, están rellenas con tierra apisonada, lo que garantiza la ausencia de aire y, por ende, de insectos. Además de conformar un poderoso panel térmico. Algunas paredes también fueron hechas con cantonera de un lado, yuyos y ramas finas como aislante y un revoque final de adobe.
El techo se construyó con cantoneras de álamo, sobre las cuales se colocó un adobe “grueso” que luego será recubierto con un abobe “impermeabilizante” mezclado con cal y grasa de vaca.
El piso es de ladrillo y fue puesto sobre un colchón de arena encima de la tierra (sin base) unidos con cemento. El resto es similar a cualquier otra vivienda: ventanas de vidrio, futuros postigos de madera y conexiones sanitarias tradicionales. Todo un lujo natural y tradicional. Porque como asegura Alejandro, “yo me considero un tipo tradicional al usar todos estos elementos. Lo nuevo son el cemento y los hierros”.
Cuando la vivienda esté totalmente terminada tendrá dos habitaciones, un estar, cocina comedor, lavadero, un baño y una sala que será utilizada como biblioteca. Para ello, l@s Alejandr@s habrán gastado alrededor de 5.000 pesos.
Claves
- Para hacer esta casa, se utilizaron alrededor de 180 fardos de alfalfa.
- Cada fardo mide 80x40x40 centímetros. Si bien l@s Alejandr@s utilizaron la alfalfa que tenían en su terreno (por lo que sólo tuvieron que pagar sólo la enfardadora), vale saber que cada uno cuesta ocho pesos.
- El adobe se hace con arcilla (“de la barda nomás”), tierra arenosa y alguna fibra vegetal (pasto seco cortado, aserrín, bosta, paja, etc.). Para los más medidos, como guía puede servir esta receta: 2 partes de arcilla, 4 de tierra arenosa, 5 de fibra vegetal/aserrín y 4 de agua. El adobe “fino” lleva muy poca fibra.
- La capacidad térmica de este tipo de paredes es de 1:10 en relación con una casa tradicional. Es decir que si en su casa necesita10 calorías para calentarla, acá solo hace falta una.
- Estimativamente y utilizando estos materiales, una vivienda de 8×4 metros, con techo a dos aguas, podría llegar a costar poco más de $2.000
- El peligro de bichos queda eliminado al ser “sellados” los fardos con el adobe. La calidad de la terminación no difiere de la de cualquier otro revoque fino. Como asegura Alejandra, “Tuvimos mas cucarachas, lauchas y bichos en el centro de Neuquén que aquí; acá sólo tenemos grillos”.