Diario de la cárcel

POPURRI
DIARIO DE LA CARCEL
Muchos jovencitos que delinquen, es cosa sabida, a veces lo hacen con la idea de que si son atrapados una temporada en prisión no les vendría nada mal. No es un pensamiento delirante, los lúmpenes que se han iniciado en el camino del delito mitomanizan con que la cárcel es una especie de aprendizaje en el que se imbuirán, a través de diligentes capacitadores que los están esperando para iniciar su labor docente y desinteresada, de más y mejores formas de progresar en la actividad. En cuanto al presupuesto del comienzo, no es tampoco -sépanlo ellos o no- que estén optando, sino que prácticamente no tienen posibilidad de elección. Habitantes en su gran mayoría de hogares descompuestos, testigos desde pequeños de la violencia marital de sus padres, ajenos a la rutina de un trabajo por esos mismos progenitores mientras éstos son subsidiados con alguno de los planes existentes o destinatarios del subsidio universal por hijo recientemente
implementado, desescolarizados…son el prospecto típico para delinquir porque no encuentran otro pasaje que ese que les asegure el escape de la pobreza o la indigencia y, de paso, cobrárselas a la sociedad, que los invisibiliza y los condena, al transformarse -así lo piensan- en exitosos malvivientes. Es su forma de devolver, ciento por una, las calamidades que han debido soportar en su corta vida y lograr acceder además al consumo reservado para la gilada. Bien merecido lo tenemos el burlón apelativo: nosotros, con nuestros votos pusilánimes, acomodaticios , hemos insistido una y otra vez en convalidar –“democráticamente”, tal cual presumimos- los desiguales esquemas en que ellos están inexorablemente condenados a vivir, delinquir y morir la mayoría de las veces.
Pero claro, es difícil racionalizar el rencor (y no es su culpa que así sea), por eso yerran feo al idealizar las tumbas carceleras.
“Un pendejo de 18 años que entra en la cárcel –me dijo un ex convicto- es apenas un pibito. Y está condenado a ser carne de otros presos”. No es la única alternativa. El ‘capo’ del pabellón –por lo general un preso de los identificados como ‘pesados’, bien por la magnitud de los delitos que ha cometido o bien por la cantidad de años que lleva preso- a veces elige, si ya tiene ‘mujer’, hacerle pagar de otra manera a los presos jóvenes su noviciado. Puede cobrarle peaje obligándolo a que pida a sus familiares le lleven víveres de buena calidad, o poco vistos en prisión, a cambio de protegerlo de otros presos; o, peor que peor, aprovechándose de la soledad y la angustia de alguna madre de un novato la somete en las visitas a cambio del cuidado que le asegura tendrá su hijo. Una suerte de violación aceptada. Dentro de los códigos carcelarios -que comparten tanto presos como guardiacárceles- de estos temas no se
habla. Y qué decir de las decenas de pastillas de Rivotril que se simula no ver en las requisas; por otra parte ¿con qué motivo?: un preso narcotizado no molesta.
En las cárceles neuquinas no es verdad que se gaste cinco mil pesos por mes por detenido. A lo sumo podrá ser un presupuesto y nada más. El preso no recibe ni la cuarta parte de esa suma. Su mayor parte queda en el camino. Sí, en la facturación de los establecimientos carcelarios aparecerán toda clase de vituallas y elementos destinados a esa loable tarea que el Estado asume con responsabilidad social por los menos favorecidos, por los desclasados de la sociedad. Sí, y también en los discursos. Más no es el único caso, lo mismo sucede con el presupuesto educativo provincial, que según insisten nuestros gobernantes es uno de los que mayor dinero destina por alumno en el país. Pero según cuentas de un ex ministro del área, Jorge Tobares, apenas llega a sus destinatarios ochenta centavos por día por cada uno de ellos. ¿Cuánto llega en realidad a cada preso de esos cinco mil pesos mensuales que le corresponden? ¿Cuánto, y en qué parte
del camino se queda del resto?
Tampoco está ausente la brutalidad en el trato. Si para muestra basta un botón, cabe recordar lo que le pasó a un preso de Cutral Có con salida laboral. Volvió entonado con varias copas de más y tuvo la mala suerte de retornar justo en el cambio de guardia, cuando se juntan unos diez efectivos entre uno y otro turno. Como el alcohol suele soliviantar a las personas el convicto que regresaba ignoró las indicaciones que se le hacían y, llevado al patio de la unidad de detención, le propinaron una paliza tal que sólo salvó su vida en la terapia intensiva de una clínica local. El hecho fue presenciado por varios presos por descuido de sus guardianes, pero todos fueron convenientemente amenazados para guardar silencio durante la investigación suscitada. ¿Quién se atrevería a desafiar la posibilidad de ‘sufrir un accidente’ impensado, incluso con riesgo de perder la vida, nada más que para permitir que se esclareciera el tema?.
En los países avanzados, suelen aplicarse programas educativos destinados a difundir entre los estudiantes cómo es la vida en prisión. La tarea la realizan los mismos presos especialmente seleccionados para ello. Visitan escuelas y procuran brindar información fehaciente para que los jóvenes aprendan a valorar las oportunidades que la vida les ha brindado para convertirse en personas de provecho. Básicamente para que, conociendo las características del infierno carcelario, reflexionen seriamente acerca de evitar por cualquier medio incurrir en actividades que pueden depositarlo en ese infierno. A la vista de lo que está pasando en Neuquén, no estaría nada mal intentar inculcar el mismo desaliento en nuestros estudiantes. O al menos entre los jóvenes que aún no integran la multitud de desescolarizados que puebla nuestra tierra nueva.

CarcelMuchos jovencitos que delinquen, es cosa sabida, a veces lo hacen con la idea de que si son atrapados una temporada en prisión no les vendría nada mal. No es un pensamiento delirante, los lúmpenes que se han iniciado en el camino del delito mitomanizan con que la cárcel es una especie de aprendizaje en el que se imbuirán, a través de diligentes capacitadores que los están esperando para iniciar su labor docente y desinteresada, de más y mejores formas de progresar en la actividad. En cuanto al presupuesto del comienzo, no es tampoco -sépanlo ellos o no- que estén optando, sino que prácticamente no tienen posibilidad de elección. Habitantes en su gran mayoría de hogares descompuestos, testigos desde pequeños de la violencia marital de sus padres, ajenos a la rutina de un trabajo por esos mismos progenitores mientras éstos son subsidiados con alguno de los planes existentes o destinatarios del subsidio universal por hijo recientemente implementado, desescolarizados… son el prospecto típico para delinquir porque no encuentran otro pasaje que ese que les asegure el escape de la pobreza o la indigencia y, de paso, cobrárselas a la sociedad, que los invisibiliza y los condena, al transformarse -así lo piensan- en exitosos malvivientes. Es su forma de devolver, ciento por una, las calamidades que han debido soportar en su corta vida y lograr acceder además al consumo reservado para la gilada. Bien merecido lo tenemos el burlón apelativo: nosotros, con nuestros votos pusilánimes, acomodaticios , hemos insistido una y otra vez en convalidar –“democráticamente”, tal cual presumimos- los desiguales esquemas en que ellos están inexorablemente condenados a vivir, delinquir y morir la mayoría de las veces.

Pero claro, es difícil racionalizar el rencor (y no es su culpa que así sea), por eso yerran feo al idealizar las tumbas carceleras.

“Un pendejo de 18 años que entra en la cárcel –me dijo un ex convicto- es apenas un pibito. Y está condenado a ser carne de otros presos”. No es la única alternativa. El ‘capo’ del pabellón –por lo general un preso de los identificados como ‘pesados’, bien por la magnitud de los delitos que ha cometido o bien por la cantidad de años que lleva preso- a veces elige, si ya tiene ‘mujer’, hacerle pagar de otra manera a los presos jóvenes su noviciado. Puede cobrarle peaje obligándolo a que pida a sus familiares le lleven víveres de buena calidad, o poco vistos en prisión, a cambio de protegerlo de otros presos; o, peor que peor, aprovechándose de la soledad y la angustia de alguna madre de un novato la somete en las visitas a cambio del cuidado que le asegura tendrá su hijo. Una suerte de violación aceptada. Dentro de los códigos carcelarios -que comparten tanto presos como guardiacárceles- de estos temas no se habla. Y qué decir de las decenas de pastillas de Rivotril que se simula no ver en las requisas; por otra parte ¿con qué motivo?: un preso narcotizado no molesta.

En las cárceles neuquinas no es verdad que se gaste cinco mil pesos por mes por detenido. A lo sumo podrá ser un presupuesto y nada más. El preso no recibe ni la cuarta parte de esa suma. Su mayor parte queda en el camino. Sí, en la facturación de los establecimientos carcelarios aparecerán toda clase de vituallas y elementos destinados a esa loable tarea que el Estado asume con responsabilidad social por los menos favorecidos, por los desclasados de la sociedad. Sí, y también en los discursos. Más no es el único caso, lo mismo sucede con el presupuesto educativo provincial, que según insisten nuestros gobernantes es uno de los que mayor dinero destina por alumno en el país. Pero según cuentas de un ex ministro del área, Jorge Tobares, apenas llega a sus destinatarios ochenta centavos por día por cada uno de ellos. ¿Cuánto llega en realidad a cada preso de esos cinco mil pesos mensuales que le corresponden? ¿Cuánto, y en qué parte del camino se queda del resto?

Tampoco está ausente la brutalidad en el trato. Si para muestra basta un botón, cabe recordar lo que le pasó a un preso de Cutral Có con salida laboral. Volvió entonado con varias copas de más y tuvo la mala suerte de retornar justo en el cambio de guardia, cuando se juntan unos diez efectivos entre uno y otro turno. Como el alcohol suele soliviantar a las personas el convicto que regresaba ignoró las indicaciones que se le hacían y, llevado al patio de la unidad de detención, le propinaron una paliza tal que sólo salvó su vida en la terapia intensiva de una clínica local. El hecho fue presenciado por varios presos por descuido de sus guardianes, pero todos fueron convenientemente amenazados para guardar silencio durante la investigación suscitada. ¿Quién se atrevería a desafiar la posibilidad de ‘sufrir un accidente’ impensado, incluso con riesgo de perder la vida, nada más que para permitir que se esclareciera el tema?.

En los países avanzados, suelen aplicarse programas educativos destinados a difundir entre los estudiantes cómo es la vida en prisión. La tarea la realizan los mismos presos especialmente seleccionados para ello. Visitan escuelas y procuran brindar información fehaciente para que los jóvenes aprendan a valorar las oportunidades que la vida les ha brindado para convertirse en personas de provecho. Básicamente para que, conociendo las características del infierno carcelario, reflexionen seriamente acerca de evitar por cualquier medio incurrir en actividades que pueden depositarlo en ese infierno. A la vista de lo que está pasando en Neuquén, no estaría nada mal intentar inculcar el mismo desaliento en nuestros estudiantes. O al menos entre los jóvenes que aún no integran la multitud de desescolarizados que puebla nuestra tierra nueva.

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