Un derecho más

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Foto: Grupo de Facebook "Yo estoy a favor de la legalización del Matrimonio Gay"
Foto: Grupo de Facebook "Yo estoy a favor de la legalización del Matrimonio Gay"

La bandera LGTB (Lesbianas, Gays, Travestis, Bisexuales) se lució el jueves con más colores todavía. Besos, abrazos, cantos y consignas que se enfrentaron a rosarios y oraciones. En un momento afuera del Congreso de la Nación pareció desatarse una verdadera guerra. Y no era casual la diferencia de ánimos de los dos sectores: de un lado la euforia, la esperanza de llegar a un logro luchado durante años, del otro la súplica, el castigo, el miedo. Un miedo sentido y producido para no romper “el orden establecido”.

Por Melina Fit

La pelea en el Senado la ganó el sí al matrimonio igualitario, pero sucede que lo que está en juego más allá de una ley o un casamiento, es la libertad de elegir lo que queramos ser, sin la sanción o discriminación de un grupo mayoritario, o no.

Sin intención de presentar vagas generalizaciones, un grupo de la Iglesia católica fue uno de los protagonistas en el debate por la ley de matrimonio para parejas del mismo sexo. Curas y creyentes se adueñaron de una discusión que no era de ellos/as. Porque en ningún momento se discutió la posibilidad de que un cura case a una pareja del mismo sexo, se discutía -como en muchos lugares se recalcó- el derecho civil de gays, lesbianas, travestis y bisexuales a casarse.

Entonces, gracias a esta apropiación de la palabra, tuvimos que escuchar al cadenal Jorge Bergoglio hablar sobre “degeneración antropológica”, a la senadora justicialista Liliana Negre de Alonso preocupada porque a sus hijos/as le van a enseñar qué es una lesbiana en la escuela, a niños y niñas pidiendo “yo quiero un papá y una mamá”, a curas evocando la “naturalidad”.

Foto: Grupo de Facebook "Yo estoy a favor de la legalización del Matrimonio Gay"
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Entre tanto discurso fóbico y discriminatorio, escuché a un senador que recordaba que la actitud de la Iglesia sobre el matrimonio igualitario, es la misma que tuvo cuando en 1888 se aprobó el matrimonio civil. En esa época, igual que ahora, el argumento apocalíptico era que se terminaría la familia.

La Iglesia adoptó la misma postura cuando Galileo dijo que la tierra se movía alrededor del sol y lo condenó a arresto considerándolo “hereje”. Idéntica fue la reacción cuando en 1987 se aprobó el divorcio vincular en Argentina, cuando se promulgó la ley de salud sexual y procreación responsable y –otra vez- Bergoglio la condenó por ser “abortiva”…

Todas esas normas se aprobaron, muy a pesar del círculo religioso, como se aprobó el jueves la ley de matrimonio para parejas del mismo sexo.

Pero, como muchos y muchas aclararon, esta igualdad civil no implica una igualdad real. Es así que después de tantas idas y venidas y con la ley en mano, empiecen a llover excusaciones del tipo de la jueza pampeana , quien aseguró que sabe lo que piensa Dios y por eso no puede casar a dos personas del mismo sexo.

Claro que falta, y mucho para que gays, lesbianas, travestis, y bisexuales puedan caminar por la calle de la mano con su pareja sin que nadie se de vuelta para mirar. Para que puedan vivir abiertamente su sexualidad sin tener miedo de perder el trabajo. Para que puedan amar a quien elijan sin el temor de lo que dirá la familia. Para que puedan aprender en la escuela que no existe un sólo tipo de familia. Para que ser heterosexual sea una opción más, y no lo impuesto cultural y socialmente como el modo de vida “normal”.

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