¿Ahora qué hacemos con todas estas banderas argentinas? La pregunta flotaba arriba de las cabezas como los globitos de las historietas. El micro emprendimiento familiar había colapsado cuando el árbitro sonó el silbato del cuatro a cero contra Alemania. En contra.
Por José Chiquito Moya
Hasta los octavos les iba fenómeno. Contra Nigeria arrancaron a un cuarto de máquina: treinta banderitas pedorras. Contra los coreanos media máquina todavía: unas sesenta bien cobradas. Contra Grecia mejoró: ciento veinte y a la sombra, o sea sin transpirar la camiseta, valga la redundancia, si la hubiera. Pudieron hacer más. Grecia les sirvió para animarse a más. Si el Diego puede, podemos todos.
Contra Méjico reventaron las tribunas: vendieron trescientas ochenta banderas grandes (las que tienen las medidas oficiales, con el solcito en el medio) y metieron más de mil chiquitas, casi regaladas. No sacaron la cuenta de lo que venían ganado porque era yeta. Simplemente agarraron todo el efectivo, fueron al banco, depositaron y en tres días desembarcaron en estas lejanas latitudes de la patria, nada menos que cuatro mil banderas argentinas, celestes y blancas, con palito y todo.
Planchaditas, recién sacadas de fábrica. Pensaron: cuánta plata estarán haciendo estos porteños. Si el Diego va adelante, nosotros también vamos adelante.
Tardaron un poco en distribuirlas. Pidieron ayuda. Había que cubrir todos los puntos cardinales. El Viejo dijo: hay que cubrir bien el oeste. Pero no hay que descuidar el centro. Allá está la masa, pero acá está la guita. No hay que olvidarse que después todo el mundo viene al centro, al monumento. Entonces ahí ¡Paf! Ahí pegamos nosotros. ¿No nos habremos quedado cortos?
Antes del arranque la gente compró. No mucho, tal vez por cábala. A los dos minutos todo se paró. Pero se paró paró. Cosas del destino y del mercado. En el entretiempo se hizo un esfuerzo supremo. Musiquita a todo dar, parloteo, agitada. Había entrenamiento. Pero no, nada. Un par de tacheros quisieron levantar el ánimo, pero ellos ya tenían banderitas. Al tercero a meter todo en los bolsos y arriba de los carritos. El cuarto no se escuchó porque todo el mundo había apagado la radio y la tele. Pero ya la familia estaba en casa. O en el depósito, es lo mismo.
¿Ahora qué hacemos con todas estas banderas argentinas? Podía preguntarse cualquiera de los cinco integrantes de la familia empresa. Daban ganas de preguntárselo a los paquetes de cartón que todavía estaban embalados, pensando en la semi final. ¿Y por qué no en la final? No había que exagerar. Dijo el Viejo: preferible quedarnos un poco cortos que…¡Pero no Viejo! Cayó Brasil, no nos para nadie. El tridente viejo, el tridente. Este mundial lo jugamos todos.
La noche del sábado durmieron como pudieron. La casa se había achicado con tanto bagayo. El domingo se levantaron y todavía seguía el cuatro a cero. Mala suerte. Había que llevar los bultos a algún lado. Para escabeche no da, además con esas cosas no se juega.
Cuando salieron a la vereda, al hijo más chico se le abrió un bolso y se le cayeron un par de banderas. Lo vio un flaco que pasaba en bicicleta. “¿A cuánto la bandera, pibe?”.
Y la verdulera de la esquina: “Ay, pasame una para el negocio”. Hasta el mediodía vendieron a lo perro. Y un poco regalaron también. No por marketing, como decía el hijo mayor: porque sí no más, como decía el Viejo. Porque sí no más.
Encima les quedaron banderas para el mundial de Brasil. Porque la bandera no va a cambiar. Y el Diego tampoco.