La burocracia que te parió

Pobre la palabra, POPURRI

pobre-la-palabra1Caminaba cansinamente (parece redundancia pero no es) por las calles del señor. O sea del señor que vive en Neuquén, capital de la del mismo nombre. Era una mañana a la que le faltaba algo. Era una mañana a la que le faltaban pibes en guardapolvos. Porque los maestros estaban en huelga. La ausencia recordatoria me llevó a sacar la cuenta: 30 días de huelga. Un poco mucho. Es todo un problema cuando la gente de la calle, esto es, canillitas, vecinas que van a la verdulería, colectiveros y tacheros, jubilados varios y etc. decía, es un problema cuando no ven a los pibes en guardapolvos por la calle. Sería terrible que se acostumbraran. Sería un problema que los pibes sin guardapolvos que miran pasar la mañana por la ventana se acostumbraran a no verse en guardapolvos, apurados, por la calle. Digo, no verse.

Con esa mirada un tanto lánguida y poco ortodoxa en cuanto a un análisis ortodoxo de la huelga como expresión de lucha y etcétera, que te aleja de los métodos sagrados de análisis que supimos conseguir, llegó a mis oídos un son de barricada.

Era una batucada un tanto disonante como toda batucada amateur, que son las que valen. Venía con estribillo y todo. Fue como un shock que me devolvió (es un decir literario) a mis años mozos. Años en que entre otras cosas fabricamos ese estribillo: “Se va a acabar…se va a acabar…la burocracia sindical…” Los saltitos impulsores de estribillos, los escupitajos al viento respectivos y etcéteras, los dejo a la libre imaginación del lector, hombre culto si está leyendo esto, culto me refiero a las veces que ha practicado el famoso cantito al aire gritando, para ser más preciso, puteando a la burocracia de que se trate, que siempre hubo como para hacer dulce a lo largo y ancho de esta patria. Este cantito era primo hermano del otro que terminaba en “…dictadura militar” bajo el mismo pentagrama, pero es cierto que había ganado, y con justicia, su propio lugar en la historia. Que llega hasta hoy, quién hubiera dicho.

Embelesado por la feliz remembranza recupero mi presencia terrenal en las calles ante citadas. Pero claro, hombre, si estoy caminando nada menos que por la sede transitoria de la asamblea general de maestros. Esa de capital importancia que tendrá sobre sus espaldas la resolución del “conflicto educativo” como gustan decir los medios, que más que medios son enteros difundidores de las políticas del gobierno.

Ya que estoy al pedo me pego una vuelta. Y entro por un costado del colegio siguiendo la onda sonora del cantito de marras que en esa medida se acrecienta a mis oídos.

Rostros hirsutos. Gente pensando. Jóvenes maestras en estado de gracia intelectual. Viejos maestros con años de asambleas en sus caras, resistiendo. Aplausos. Vivas. Chiflidos. Gente que pide la palabra. Micrófono abierto a tanto el minuto para que el más lerdo diga lo que quiere. Volantes en todos los idiomas diciendo lo que el otro volante no dice de puro escondedor que es. Pancartas que mecen al viento sus mensajes en letras catastróficas. Es ahí donde me reencuentro con burocracia. Esa que seguía flotando en el éter interior del cantito, y que me obligó automáticamente a mirar a los tres o cuatro flacos que estaban sentaditos arriba del escenario. Es seguro que deberían ser los culpables, esto es, los destinatarios de la tan aguda calificación. O no, vaya a saber, tal vez estuvieran ocultos entre la masa maestril. Los de la batucada, felices de tener un público culto, más tirados a la cosa estudiantil, por lo de la pulenta y el desenfado seguían machacando con el concepto sociológico, pero dispuesto como proyectil de una gomera lingüística. Para mi fue demasiado. Me parece que justo me crucé en el medio y la consigna me pegó en la cabeza. La misma que sufrió cadenazos, no precisamente retóricos, de aquellos que dice denunciar el estribillo. La historia nos persigue. Pero eso ya lo sabía.

Hecho mi baño anual de combate, me retiro humildemente. No sea cosa que me tiente y pida la palabra. Creo que no sería extraño que me la dieran. Tal el clima. Decía que me retiraba de la misma forma en que había ingresado. Libremente. Sin patovicas a la vista, perdón, sin colaboradores en camperas negras, anteojos raiban para sol, muñequeras de cuero con el escudito del gremio.

Es que el cantito, el entorno cantable, y las malditas palabras que edificaron nuestra generación me terminaron chupando. Me llevaron a asambleas metalúrgicas donde a la cuadra antes de llegar ya te palpaban de armas. Donde los monos del sindicato te apoyaban sus partes (me refiero a sus pistolas de fierro) en tu humanidad, como para que quede claro. Donde antes de empezar, en el medio y más o menos cada diez minutos te pasaban la famosa “marchita peronista” a cien decibeles, como para amaestrar oídos sordos. O zurdos. Donde si por un convenio con los próceres de la clase trabajadora mundial, tipo contrato Fausto, uno, después de encomendar su alma al paraíso por el que entonces luchábamos, pedía la palabra a gritos (porque había que pedirla a gritos y eso ya era altamente provocativo) los que estaban a tu lado se alejaban lentamente como para no quedar salpicados. Ahora que lo pienso ¡Qué falta que hubiera hecho en esas asambleas que se dieran una vuelta los chicos de la batucada de Neuquén!! ¡Los hubiéramos paralizado de estupor!! ¡Los hubiéramos arrollado en sus argumentos! Casi puedo verlos a punto de ceder, avergonzados, en su antidemocrática práctica de agarrar a garrotazos al que piense distinto. Qué digo distinto, simplemente al que piense.

Iluminado por la imagen estuve a punto de volverme para expresarles a los batuqueros mi feliz revelación histórica de práctica aplicación local. La semana que viene está convocada una asamblea general del gremio de los petroleros privados, sindicato proletario si lo hay, de gran peso en la región y de inocultable importancia en los destinos de los neuquinos, sobre todos de aquellos desburocratizadores, que el cielo los tenga en su gloria, menos mal que el cantito se puede aplicar a todos los sindicatos del orbe.

Menuda sorpresa se van a llevar los boca de pozo. Ya me los imagino saltando con sus ciento veinte kilos promedio, al compás de “se va a acabar…se va a acabar…la burocracia sindical…”

De lo que estoy seguro que algo de estupidez se acabaría. No es poca cosa.

One thought on “La burocracia que te parió

  • ¿¿¿o sea que porque no están de negro y armados no son burócratas???
    vaya que tenemos concepciones diferentes….dejemos que nos caguen entonces..total..si es por comparar…hasta que no nos amenacen de muerte súbita…dejemos que no maten de muerte lenta….entrega contra entrega, de los trabajadores y sus luchas….

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