Hermano, no sabés cómo se te extraña

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El pasado 19 de mayo se cumplieron diez años del fallecimiento del obispo Jaime de Nevares. Su acción al frente de la diócesis neuquina marcó un antes y un después en la relación de la Iglesia con la comunidad. En una provincia en la que la brecha entre pobres y ricos no deja de aumentar, y las injusticias no paran de crecer, su ausencia se hace cada vez más grande

Por Marcelo Pascuccio

Hasta no hace mucho tiempo la Iglesia en Neuquén era otra iglesia, alejada de los designios de la Santa Sede. Estaba verdaderamente como don Jaime decía “con un oído en el pueblo y otro en el evangelio”, pero aquel oído, que suponemos izquierdo, para el clamor popular tenía una oreja muy, muy grande. Las puertas de aquella catedral siempre estuvieron bien abiertas para atender los problemas de la comunidad, y bien cerradas a los requerimientos de la dictadura sedienta de sangre combativa. Don Jaime nunca midió riesgos y nunca se manejó con los límites que la iglesia-institución, sorda, ciega y muda, recomendaba.

En democracia y mientras la salud lo acompañó estuvo en cuanta marcha, toma, olla popular y huelga hubiera. Y se preocupó tanto por pregonar el evangelio como por terminar con la pobreza y la injusticia, a tal punto que no permitir que las obras de la catedral de Neuquén se terminaran mientras existiera hambre en los barrios.

No es muy difícil, pero quizás atrevido, querer saber qué hubiera hecho De Nevares ante un gobierno provincial desentendido de su obligación de garantizar educación y salud para todos. De igual modo, muchos lo imaginamos, igual que ayer, exigiendo a la par de los trabajadores, que las autoridades se pongan al servicio del pueblo como la democracia manda.

De cuna burguesa a luchador popular
Jaime Francisco De Nevares nació en Capital Federal el 29 de abril de 1915. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el colegio Champagnat del barrio de Almagro, y se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires, profesión que ejerció durante cuatro años en el estudio jurídico de su padre.

Como muchos otros jóvenes de familia cristiana, de buena posición, Jaime se alistó en el denominado grupo de “Acción Católica”. Participó en las conferencias Vicentinas y en la Obra de los Canillitas, hasta que en 1944 ingresó a la Congregación Salesiana de la Patagonia. Luego de cursar sus estudios de la trinidad y filosofía en Patagones y los de teología en Córdoba fue ordenado sacerdote el 25 de noviembre de 1951. Ejerció la docencia y la dirección espiritual del Colegio Don Bosco de Bahía Blanca, y su elevación al episcopado sucede cuando dirigía la Escuela Normal Salesiana de Viedma.

En 1961, cuando el Papa Juan XXIII creó la diócesis de Neuquén, don Jaime De Nevares, con 46 años fue designado Obispo y trasladado a la capital provincial. Al llegar, la catedral estaba en construcción, por lo que el gobernador de aquel entonces Alfredo Asmar le facilitó una vivienda en Elordi al 400, lugar que se convertiría en su primer despacho curial.

Si bien siempre abrió la iglesia a la sociedad y atendió con especial interés los problemas de los más débiles y se preocupó por las comunidades originarias, habría un hecho que lo marcaría de por vida: el Choconazo. En 1969 los obreros del Chocón le pidieron colaboración para acabar con la situación de injusticia y opresión a la que eran sometidos por parte de las empresas constructoras. Con don Jaime de testigo, lograron un primer acuerdo que no fue respetado. Esta situación dio paso a la histórica huelga de 1970. Hasta el triunfo de los trabajadores en el conflicto, el Obispo se negó a bendecir la capilla del Chocón y a subir a los palcos en los actos públicos.

Poco después de asumir por la fuerza la dictadura militar en 1976, fundó con dirigentes nacionales y autoridades de iglesias hermanas la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Una vez en democracia en 1984 integró la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (CONADEP).

Elegido por la gente
El 10 de abril de 1994 fue elegido convencional constituyente por el partido Frente Grande con casi un 60% de los votos. Sería la primera gran derrota del Movimiento Popular Neuquino. Dignamente renunció a su banca junto a Edith Galarza ante la imposibilidad de estudiarse plenamente el nuevo texto de la Constitución, ya que la Asamblea Constituyente había decidido acatar el Pacto de Olivos y aprobar la reforma a ojos cerrados, hecho que finalmente posibilitó la reelección de Carlos Menem.

Sus últimos meses de vida los pasó en una clínica soportando una prolongada enfermedad. Su buen humor siguió siendo una cualidad sobresaliente hasta el final. “Estoy pidiendo pista”, decía desde su lecho de agonía. En la madrugada del 19 de mayo de 1995 su corazón dejó de latir. En los días siguientes una multitudinaria procesión despidió sus restos. Miles de personas llegaron desde los pueblitos del interior que don Jaime supo visitar. Aún hoy se recuerda como el día en que el interior estuvo en la capital.

Sus restos encontraron espacio dentro de la catedral que él no vio finalizada, como tampoco el hambre en los barrios neuquinos.

Don Jaime en la U11
El 11 de Mayo pasado, entre las actividades que se programaron por el décimo aniversario de la muerte de don Jaime De Nevares, la organización Zainuco, inivitó a (8300) a ingresar a la Unidad Nº11 para presenciar unos talleres que realizarían con los internos de esta prisión.

Sabían de don Jaime: “Que hizo mucho por los Mapuces”, “Que acovachó gente perseguida por la dictadura”. No mucho más que eso. Pero no pudieron dejar de preguntarse “¿Qué pensaría De Nevares sobre los que estamos acá?”

Ninguno pudo encontrar a alguien que pudiera comparársele a ese viejito “bueno de verdad”. Hasta que casi sin querer empezaron a hablar de “la abuelita”.

De la abuelita nadie conoce su nombre, sólo se tiene la seguridad que es buena “de posta”, hace pancitos que lleva a cada uno de los pabellones y en cada lugar se hace un tiempito para hablar con la muchachada de la Biblia, si quieren, y si no de lo que pasa allá afuera.

A pesar de que le desvalijaron la casa 3 veces, no guarda rencor con los que robaron alguna vez y hoy pagan en la sombra.

La banda de la abuela
Un buen día la abuelita comenzó a regalar palomitas de la paz bendecidas, hechas de papel. Los pibes no solo aceptaron el regalo, cada vez más internos le empezaron a pedir palomitas y así fue que, en un momento muchos andaban identificados con dicho regalo haciéndose llamar “La banda de la abuela”.

“La abuelita toma distancia de la iglesia como institución, además no nos impone la Biblia nos la ofrece” dice entusiasmado un pibe, como quien habla de un ídolo de rock o de un crack del fútbol, “ Y si, es cómo nuestra Don Jaime”.

Los pibes de la abuela son como aquellos chicos que buscaban refugio de la dictadura en la catedral de Neuquén. Por que la dictadura es la misma que se quedó a vivir en la policía y en el ejército, instituciones que nunca se democratizaron y menos aún rejas adentro.
Y la abuelita seguramente será para los encerrados de la U11 como el Jaime De Nevares que no pudieron conocer.

Publicado en el periódico (8300) Plan B- junio de 2005

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