Con una salchicha en la mochila

Digo lo que siento

digo-lo-que-siento4Llevo una salchicha en la mochila. Es viernes 7 de mayo y hoy es día de cobro. Me la dio mi viejo, era lo que le quedaba de su almuerzo. Ahumada y con piel. Nos descontaron la mitad[1] del sueldo a las maestras de Neuquén. 30 días de paro llevo en el cuerpo. Me alcanza para pagar el alquiler[2] y algunas cuentas[3].

Por Valeria Flores

En la “Tierra Nueva”, el mesiánico eslogan sapagista, el costo de vida es alto, y el costo histórico del despojo a los pueblos originarios también. No es la tierra prometida, no por lo menos para las trabajadoras de la educación –y para muchos otros, además-. Sin embargo, hay promesas en estas tierras para las petroleras, las mineras y las transnacionales del turismo. Vivo sola. Y camino con una salchicha en la mochila. Vivo lesbiana. Y dará para el chiste fácil(mente heterosexista) la salchicha en la mochila. Un mundo sin salchichas sería la felicidad porcina y una fatalidad para los pancheros; pero un mundo que no esté organizado alrededor del pene sería otra cosa, maravillosa…El gobierno arregló con los auxiliares de servicio por $300 en “negro”, y convoca a otros gremios a una mesa de diálogo. A Aten[4] le pide que levante el paro para negociar. Renueva la persecución en las escuelas con listas exigiendo, esta vez, el nombre de los docentes que van a trabajar. Las presencias que denunciarán las ausencias. Campañas publicitarias oficiales donde lisa y llanamente mienten sobre los salarios y, se nos incita, mostrando un salón de clases vacío, que volvamos a las aulas. Sí, vacías están muchas escuelas. De chicas, chicos, docentes. De calefacción, de vidrios, de dinero para el refrigerio, de servicio de emergencias, de artículos de limpieza, de bombas de agua, de cargos, de horas-cátedra, de techos, de libros. Vacías de deseos, de ganas, de derechos. Vacío de lo público. Pero están llenas de mandatos históricos desfallecientes, de estallidos epocales, de novedosas formas de subjetividad. Llenas de indiferencia por parte de un gobierno que deja ir, que suelta, que se retira de sus obligaciones como hace décadas lo viene haciendo. Llenas las escuelas privadas de subsidios estatales. “No vacíen el futuro de los niños”, dice la publicidad oficial, mientras tanto nos vacían la obra social[5]. Sobisch sembró –màs que ninguno de sus antecesores- las condiciones sobre las que hoy se deslizan las palabras recatadas y con decoro religioso que pronuncia un Sapag de fascismo prolijo y circunspecto. Sin exabruptos habla de ilegalidad de las medidas sindicales; con una retórica mansa y desprovista de efusividad habla una violencia mordaz, incisivamente displicente. Saco la salchicha de la mochila y la pongo a hervir. Un gremio mayoritariamente de mujeres, aunque su dirigencia sea mayoritariamente de varones. ¿Qué cuerpos son, entonces, los que reclaman? Precarización progresiva y sistemática de una tarea desarrollada prioritariamente por mujeres ¿No es, también esto, violencia de género por parte del Estado? Insomnio, gastritis, infecciones, contracturas, gastroenteritis, depresión, bruxismo, estrés, conflictos familiares, son sólo algunos de los efectos de la huelga en los cuerpos de las compañeras. La salchicha está lista, a punto. Equidad de género, dice la vice-gobernadora Pechèn con la templanza del poder. Repartir por igual según los géneros. A mi me tocó una salchicha, a mi papá también. Me dispongo a comerla, en un plato, escucho el noticiero, estúpida costumbre de la que no puedo sustraerme. La miro y es más grande que una salchicha estándar, tal vez tuve suerte en el reparto de Pechén. En la pantalla asoma un diputado riojano hablando del matrimonio “gay”[6] y recomienda que –sòlo dice homosexuales- nos encierren  y nos curen. Tal vez en ese lugar en el que él piensa que debemos estar, me den de comer más que una salchicha, o tal vez no. Tal vez piensa en que la cura es la inanición para exterminarnos. “Porque Dios nos dio un sexo, a los varones uno y a las mujeres otro” – versión divina de la equidad de género,  ¿vieron que Dios reparte por igual?- “y hay que saber usarlo”, sentenció el diputado. Una definición bíblica que suena a incorporación prostética en términos de Preciado[7]. Sólo que para él es Dios quien otorga el sexo, y para la disidencia sexo-genérica es el régimen heterosexual el responsable de la violenta asignación de género. Fantaseo con casarme, entonces, con mi novia y así usufructuar de todos esos derechos que vienen enlazados con esa forma de regulación de las relaciones entre los cuerpos. Pero la imaginación se estrella –y estrecha- contra una institución que asfixia, prescribe y constriñe otras formas de vinculación amorosa. Debería ser un derecho disponible, pero no el modo exclusivo y excluyente para disponer de ciertos beneficios, pienso cuando corto la salchicha en trozos pequeños con el peso del cansancio. No soy de los discursos triunfalistas ni heroicos, pero una demoledora urgencia se impone por las circunstancias, la de repensar las formas de protesta en torno a la educación pública que demanda este momento, cuando el Estado se re-articula como administrador de la pobreza y la represión. Me despojé, no sin dificultad, del sacrificio como ley del activismo –y también de la vida-. Tal vez la pequeña hazaña del día de hoy fue haberme reído, sola, por ser portadora de salchicha durante unas cuadras. Ahora me la como, en bocados, al mismo tiempo que me trago el disciplinamiento de clase, la violencia de género y el heterosexismo. Ahora, mi mochila está vacía.

*Maestra activista lesbiana feminista queer. Escuela nº 348


[1] $1000

[2] $1050

[3] $260

[4] Asociación de Trabajadoras/es de la Educación de Neuquén (sindicato único)

[5] Instituto de Seguridad Social de Neuquén (ISSN)

[6] Las/os diputadas/os de Neuquén que votaron a favor: Alicia Comelli, Olga Guzmán y Hugo Prieto. Horacio Quiroga votó en contra, mientras que José Brillo estuvo ausente.

[7] Ver el “Manifiesto contra-sexual” de la filósofa y activista Beatriz Preciado, en el que analiza el sexo como prótesis.

One thought on “Con una salchicha en la mochila

  • Como siempre, los escritos de Valeria Flores seducen con su inteligencia, firmeza y sensibilidad.

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