Mondo Cane: Primer día de perro

Pobre la palabra

ladridos-perrosSoy un perro. No hablo eufemísticamente. Soy un perro en sentido estricto, literal. Ontológicamente perro.

Por eso mismo debiera desconocer estas categorías filosóficas. Pero ¿quién sabe? Tal vez ese sea nuestro terreno. Guau. Pero también cabe suponer que son palabras que ni un perro diría.

Sigamos, mejor dicho empecemos.

Me es imposible determinar si siempre fui perro, o era un fulano y me emperré como mi héroe Mendieta. No sé qué importancia puede tener, los perros (eso lo sé como sé rascarme, por ejemplo, sin que nadie me lo haya enseñado) no tenemos memoria. Mejor dicho tenemos una memoria plana: no hay arribas ni abajos, ni cerca ni lejos, ni ayer ni antesdeayer. Lo más parecido a la memoria es la conveniencia. Recordamos, por ejemplo, tener hambre, y donde solemos encontrar esa comida.

Recordamos cual es el umbral de la puerta que nos da mejor reparo al viento. Hasta podemos recordar el olor de la mano que un día nos tiró un hueso. Ustedes dirán que eso no es memoria, pero es lo que se usa como tal. No estará aceptada por la Real Academia, pero sí por la práctica cotidiana.

De lo anterior fácilmente se deduce que ignoro la edad que tengo e ignoro la utilidad del dato. Puedo tener una punta de años, o ser un perfecto cachorro. Sería un lío discernir cuando hago tal cosa, si pertenece a tal o cual extremo de aquella medida.

Quizás los perros no tenemos edad, somos cachorros y viejos experimentados a la vez. La utilidad del asunto consiste en que hacerse el pibe con algún tipo de fiestas ante la gente de dos patas, provoca cierta alegre condescendencia de su parte. O hacerse el veterano apuntando con el hocico al cielo cuando al mismo personaje se le ocurre preguntar si va a llover o no. Signo que aquél agendará como mejor le plazca atribuyendo tamaña sabiduría natural a quién les habla. “Estos bichos están conectados con el cosmos, viejo” llegará a afirmar si el pronóstico le da positivo.

Vivo en lo que llaman la calle. Que es todo lo que hay. Las casas, los edificios vendrían a ser piedras en medio de la calle. Un invento que sólo ha traído problemas, y del que no somos responsables.

En las calles hay otros perros. Lamentablemente, y contra lo que marcan las apariencias, entre nosotros, los perros, no podemos hablarnos. No hay palabras perrunas. No hay forma de que el otro entienda lo que yo digo, y a la recíproca. No podríamos armar un partido político, por ejemplo. O sí.

Así somos los perros. La pregunta que queda picando, por lo tanto, es cómo estoy hablando en este momento. Es que únicamente podemos comunicarnos “hacia arriba” o sea con los ñatos de dos patas, que algunos confunden con dioses. Es una paradoja: sólo a través de los dos patas tomamos contacto entre nosotros, los perros. Triangulación. Ellos me interpretan a mí, y le chiflan al otro perro compañero qué estoy diciendo. Y viceversa. En una palabra tomamos la palabra del dos patas como de prestado. A veces, funciona. Y si no, siempre nos queda el cuerpo. No hay perro sin cuerpo, claro. Una agachada, una mirada, una pata levantada, una mirada de furia o de amor. O una meada, por qué no, dicen más que un discurso dos patas.

Hoy esperé pacientemente que sonara el timbre del primer recreo en la escuela del barrio. Estaba acovachado en una mata de yuyos, lejos del portero que cada vez que me ve me tira una patada. Esperé que todos los dos patitas se metieran adentro. Esperar es lo mejor que sabemos hacer. Aunque en ello se nos va la vida. Me arrimo despacio a la última ventana que da al patio. Está apenas abierta. Un dos patitas morochito, con el guardapolvo hecho trapo asoma con disimulo un pedazo de pan. Cuando me ve me apunta con cuidado y me lo arroja con delicadeza. Lo agarro al vuelo. El dos patitas se ríe. Salgo corriendo, no sea cosa que el portero del rastrillo esta vez me emboque. Si hay otros perros los esquivo hasta quedarme a solas con mi pan.

Pero no lo como.

No me gusta el pan, y tan muerto de hambre no estoy. Cualquiera diría que lo hago para agradarle al  morochito. Puede ser.

Me olvidé de decirles que los perros, somos, por definición, impredecibles.

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