Un reportaje imaginario

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felipe sapagDesde que, por segunda vez, don Felipe Sapag se instaló en la Casa de Gobierno, fue mi preocupación obtener una entrevista exclusiva con él. De más está decir que se trataba, para mí, de una nota periodística de singular relevancia.

Así, pues, respetuoso de las instancias burocráticas, inicié la gestión del caso por la dirección de Prensa y Difusión a cargo de mi gran amiga la señora Vera Pichel, que inmediatamente dio curso al pedido. Al no obtener respuesta dentro de un plazo prudencial, insistí y luego, como la callada se mantenía, reiteré nuevamente el pedido en varias oportunidades. Para entonces, doña Vera y algunos colegas que frecuentaban su despacho me miraban con un aire que me pareció de conmiseración, por cuya razón pregunté a la directora si me permitía “puentearla”. Como respondió que sí, presenté el problema- sí, estimados lectores, ya no se trataba  de un mero pedido, sino de un “problema”- a don Bartolomé Lafitte. Tampoco en esta instancia tuve éxito, lo que me decidió a llevar el asunto directamente ante el gobernador.

En la emergencia, don Felipe, con ese estilo entre bonachón y paternal que lo caracteriza, y una sonrisa que me conmovió hasta mis fibras más íntimas, me prometió una rápida solución. Lo dejé inundado de ternura, poseído de un sentimiento de gratitud como pocas veces he experimentado en mi vida, y pensando: ¿cómo pude pensar alguna vez que este hombre bueno no me iba a conceder la entrevista?

El caso es que no me concedió la entrevista

Y tengo muy buenas razones para pensar que no me la dará en el futuro. De ahí que, privado de un reportaje real, se me haya ocurrido imaginarlo. Podrá comprobar nuestro gobernador hasta dónde llega mi agudeza periodística.

P:¿Cómo está usted, señor Sapag?

R: Yo bien, ¿y usted?

P:Ah, no. Eso sí que no. El que hace las preguntas soy yo (nótese la picardía periodística).

R:Muy bien, muy bien, estamos de acuerdo.

P:¿Es verdad, señor gobernador, que con respecto a los obreros de El Chocón en conflicto, usted hizo todo cuanto estaba a su alcance en pro de una solución? (como se ve, una pregunta díficil).

R:Sí, señor. Ésa es la pura verdad. (muy hábil, muy hábil, se me escurrió como una anguila).

P:¿Por qué falta población en la provincia? (atención: en esta pregunta le tiendo una celada).

R:Bueno, por falta de desarrollo.

P:Ajá. ¿Y por qué falta desarrollo? (ahora sí que lo empaqueté)

R:Es evidente que por falta de población (se me escapó otra vez).

P:Pasando a otro tema, don Felipe: ¿su señora y los chicos bien?

R:Todos muy bien, gracias.

P:¿Y don Amado, don Elías, don José?

R:Perfectamente.

P:Me alegro (y ahora que lo distraje, lo envuelvo con un ardid). ¿Es usted peronista?

R:Sí.

P:Ah, ¿entonces recibe órdenes de Perón?

R:No. Yo siento por Perón la misma admiración que un hijo por su padre. Lo que ocurre es que, del mismo modo que los hijos cuando llegan a una determinada edad, yo me independicé (claro, debí recordarlo. Eso ya se lo habían dicho a Neustadt).

P:¿Desea agregar algo más?

R:No podría aunque quisiera. En verdad, usted me ha sometido a una labor mental tan intensa que me ha dejado agotado.

Así concluye el reportaje, que pongo a consideración de mis lectores, no sin advertir nuevamente que es un fruto de mi caudalosa imaginación, de modo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Es de esperar que su contexto sirva para que el señor gobernador entienda, a través de la ingenuidad del cuestionario, la pureza de mis intenciones. Además, por más que lo pienso, no veo qué otro tipo de preguntas podría formularle.

*Texto extraído del libro Eramos tan libres. Periodismo en los `70, escrito por Jorge Gadano y editado por Educo.

Columna de Ana Tole, publicada el 08/08/1970 en el diario Rio Negro.

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