Circuitos del maltrato

Desde el bar

desde-lamirillaAñadido a las delicias de la vida contemporánea, destaca el tránsito por unas “ruinas circulares” que nos llevan de casa al maltrato y del maltrato a casa.

Por Andrea Lopetegui


Circuito inevitable, al menos una vez al mes cada persona y/o contribuyente entrará en contacto directo con las oficinas públicas. Por una u otra cosa concurrimos a un organismo municipal, provincial, nacional (dependiente del poder ejecutivo, legislativo o judicial) o a cada uno, en el peor de los casos: todos abarrotados de empleados, carentes -con obstinada frecuencia- de “sistema”, “firma”, papel, tinta, etc.

Muchas veces justo ese día o en ese momento “la chica o chico” no se encuentra, y parece que nadie más en el lugar puede suplir la ausencia.

Otras veces, para asuntos que imponen completar planillas, acompañar constancias, sellados, etc, sucede que luego de idas y venidas “faltó algo”: no importa que hayamos consultado una decena de veces ante ese mismísimo mostrador y que se nos haya informado deficientemente.

Y de tanto en tanto, como si nada, sucede que “el trámite” se ha perdido.

Luego, según convenga, los propios responsables se excusan atribuyendo la ineficiencia a sus subordinados, como si no fuera histórico y evidente que el problema de las organizaciones (especialmente de las burocráticas) viene siempre “de arriba hacia abajo”.

Para no extender un relato de lo que todos padecemos, va una humilde y gastada propuesta “del saber popular” (seguramente perfectible), que no requiere ningún talento ni incremento presupuestario: el caos burocrático se “combate” sistematizando circuitos administrativos con mínimos criterios de economía, celeridad y eficacia; controles y capacitación continuas; socialización de los conocimientos requeridos para el cumplimiento de la función (desde el marco normativo y su aplicación hasta meros “detalles” de educación en la atención al público).

De paso, si entre tanto empleado nadie puede asumir la tarea de orientar, puede suplirse con pizarras o frisos en los que el usuario encuentre “requisitos para…”, novedades, beneficios o (ya casi un lujo) que cada quien pueda llevarse una copia con el listado exacto de todo lo que necesitará para encarar “x” trámite. Y también pueden cargarlo en sus sitios web, para los pocos ínter nautas.

No mucho más; ni hablar de un libro de sugerencias que sirva para alimentar un proceso de mejoras, sino de cuestiones mínimas, que sólo requieren ceñirse a la obligación de cada una de la oficinas públicas.

Claro que los empleados estatales –incluidos los que cada cuatro años prometen maravillas- conocen  al detalle (o debieran) lo necesario para fungir como servidores y no como promotores de pequeños calvarios. Saben –aunque no parezca- que no están haciendo “un  favor”, sino que se deben a la diligente atención de cada persona.

Constricción o voluntad política y personal que no abunda pese a que –después de todo-

para una vivencia apenas normal, a los agobiados administrados ni se nos ocurre  demandar naves que nos transporten por la estratosfera, ni desplazarnos en tren bala, ni deliramos por extravagancias tecnológicas: a la mayoría nos alcanzaría con que los tres poderes del Estado cumplan sus más elementales obligaciones garantizando –en su amplio sentido- la vida digna de las personas.

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