Algunos medios de comunicación en la Argentina, especialmente las estaciones de radio de frecuencia modulada y los nuevos diarios y periódicos digitales, no logran comprender aún la responsabilidad que les cabe en el tratamiento del idioma que emplean para informar y comunicar.
Por Mario Galdeano
‘El Dodge salió a la chapa y la mujer se comió el poste…’, dijo un ‘movilero’ de una radio que se hallaba en el centro de la ciudad. Con un puñado de palabras, el periodista, intenta contarle al conductor de un programa radial, que una mala maniobra de un automovilista casi lastima a una transeúnte. No dijo que un auto partió, arrancó, o salió del estacionamiento a toda velocidad o raudamente, dijo ‘a la chapa’, no dijo que la peatón tuvo que correr para no ser alcanzada por el vehículo, y que en su carrera se tropezó con una columna que sostiene redes de servicios públicos, dijo ‘se comió el poste…’
La pobreza y la chatura del lenguaje empleado por muchos periodistas de los medios audivisuales en la Argentina, es de una pavorosa progresión. En esto no quedan exluidos los nuevos medios de comunicación digitales, más interesados en recibir la pauta publicitaria de las instituciones públicas, que de controlar el contenido y de cómo están redactados los comunicados que les provee el poder político.
Los nuevos medios, especialmente los digitales, deben comprender que además de la función de informar, comunicar y entretener, un medio tiene la misión de educar. Los diarios más antiguos de España y de Latinoamérica lo saben, y ello puede corroborarse en su escritura, que se amolda a sus manuales de estilo, a las reglas de la gramática actual, y al respeto por sus lectores.
Custodios del idioma
Aunque no exista ninguna ley, ni la comunidad lo demande a punta de pistola, los medios de comunicación cumplen, sin pretenderlo, con el papel de ‘custodios del idioma’, porque ‘oficializan’ de alguna manera las palabras que crean los hispanohablantes y que no se hallan registradas en el diccionario de la Real Academia Española.
Si bien los medios de comunicación deben garantizar que la información llegue al público en un decoroso castellano, el tratamiento y la postura que toman las empresas al respecto y que se observa actualmente pueden dividirse en tres tipos: Los medios que se ciñen a lo registrado por la Real Academia Española; los que toman las creaciones y los cambios en el lenguaje que hacen los hispanohablantes; y los medios que no tienen ninguna decisión política y editorial sobre el lenguaje periodístico y no se preguntan por las disquisiciones lingüísticas que demanda el español.
En el primer tipo, están los medios ‘tradicionales’ que respetan las normas gramaticales de la RAE y sus propios libros de estilo. Son los diarios que entienden que en un texto periodístico la corrección se da por supuesta.
Si en sus cartas dice que no debe emplearse el vocablo ‘publicitar’, por ser un verbo inexistente y aún no admitido por la Academia, el periodista buscará la forma de reemplazarlo por palabras más castellanas como, ‘anunciar’, ‘divulgar’ o ‘dar a conocer’.
En la segunda clase, están los medios denominados ‘populares’ que toman las transformaciones que crean los hablantes, ya sea por moda, por necesidad o economía, y las ‘oficializan’ a través de los titulares e informaciones. Así, de repente, un delincuente que comete robos en una motocicleta es, para el diario, un ‘motochorro’, y un agente de policía, en las mismas correrías, es un ‘motopolichorro’. Al principio las entrecomillan y luego de varios meses, periodistas y lectores se acostumbran a estas innovaciones, y saben además que los acortamientos, ‘cumple’ es cumpleaños, ‘dino’, dinosaurio, ‘bici’, bicicleta, ‘promo’, promoción, ‘suple’, suplemento, y ‘finde’, fin de semana.
Los terceros, son en general los nuevos medios nacidos bajo la maravilla de Internet. Son diarios, periódicos, boletines digitales, que jamás fueron construidos en soporte de papel, y que, por ende, carecen de la experiencia del abogado del lenguaje en la redacción: el corrector de carne y hueso. En la actualidad la mayoría de los textos que se producen en estos ámbitos están a merced de algún corrector de Microsoft, que no sabe ni entiende que ‘falso’ o ‘fraudulento’ es más español que ‘trucho’, y que tampoco advierte la diferencia entre ‘motoquero’, ‘motociclista’, ‘motorista’ o ‘motero’.
De las narices
Desde hace una década Internet lleva de las narices a los medios de comunicación. En este peregrinaje, las lenguas, que son utilizadas en las redes, en el periodismo on line, soportan los cambios que les produce vivir con la imagen, el gráfico, la velocidad y la improvisación. El deterioro del lenguaje empleado en las páginas web es detectable a simple vista, ya que en numerosas oportunidades el texto está compuesto con el rápido mecanismo de ‘copiar’ y ‘pegar’.
A ello debe agregársele una realidad: los medios digitales están más preocupados por el mercado que por el contenido de las informaciones.
Los editores o responsables de estos nuevos medios deberían saber que la lengua es un instrumento de poder, tanto político como económico, y que los medios son una especie de custodios del idioma, que oficializan y legitiman los cambios lingüísticos.
Esto no implica que el medio pueda editar y elegir los vocablos que considere más apropiados a su línea editorial. ¿Pero es necesario escribir ‘scoring’, ‘sponsor’, ‘delivery’, o ‘pack’, cuando existen equivalentes en español?
No se trata de acorralar al idioma, de tomar medidas policíacas, sino de respetarlo, defenderlo de los intrusos, de entender que scoring, sponsor y delivery no tienen más prestigio que las nuestras españolas.
El periodismo es reponsable del cuidado de la lengua. La necesidad de llamar la atención de sus lectores no puede hacerse a costa del maltrato, la alteración de las palabras, o la introducción de términos foráneos, sino a través de la creatividad de sus redactores. Quienes no solamente deben protegernos de los neologismos y extranjerismos innecesarios, sino de enseñarnos una de las mayores riquezas de la lengua española: su diversidad.
Acertada reflexión. Le felicito.
De acuerdo,sin olvidar que la lengua está viva y evoluciona.prefiero los neologismos a los extranjerismos.