Mirar pasar

Pobre la palabra

pobre-la-palabraDe lejos parecía un corte en la ruta 22. Sin embargo advierto que el tránsito vehicular está perfectamente habilitado. Intrigado me acerco a un tiro de piedra. (Recordarán que es un decir literario).

Por José Chiquito Moya

No era un corte, era gente como de veraneo. Habían elegido una curva estratégica en una suave banquina alfombrada con un pastito ensoñador. Serían una veintena de personas en reposeras y banquitos de camping. Fueguitos asaderos producían un olorcito a chorizo que subvertía hasta el más conservador.

A una cuadra, un retén de la policía provincial (dos móviles y un hidrante) hacía como que no veía nada.

Por qué será que no me extrañó encontrar en semejante situación a mi inefable camarada Alterego.  Era como que me estaba esperando:

– Arrímese, Don Loco. Estamos en plena actividad.

En esos casos, como es sabido, es menester seguir la corriente aplicando simplemente el silencio.

– Si, ya sé: lo del Barrioturismo fracasó. Pero este emprendimiento, también turístico, va a salir fenómeno. Socializa más ¿vio? Y no tiene costo adicional.

– La verdad, a simple vista no parece tan atractivo venir a merendar a la ruta 22. –dije tratando que no se interpretara como una crítica negativista.

– Me extraña de Ud. siempre tan perceptivo. La idea es venir a interactuar con los turistas que están de paso por nuestra ubérrima provincia, rumbo a la cordillera. ¿Por qué le parece que nos instalamos en el semáforo más largo de la Patagonia? Le respondo: para dar lugar y tiempo a ese intercambio.

– Pero…pero… no termino de entender. ¿Qué servicio le prestan al turista?

– Prácticamente ninguno.

– ¿Y entonces?

– Me sigue patinando, Don Loco. No se trata de orientarlos, de guiarlos, o de batirle cómo están las rutas provinciales. Si llegaron hasta acá, la tienen reclara para dónde tienen que seguir. No, lo nuestro está dentro del apoyo moral. Si Ud. lo prefiere: del entusiasmo. Fundamental.

Estupor seguido de incredulidad seguido de contención de esfínteres carcajadiles. Tuve que respirar hondo para no delatarme. Y como sentía que la pelota estaba en mi campo me escuché decir:

– ¿Por ejemplo?

Cosa de Mandinga, en ese momento un par de vecinos, en plena militancia turística encaran una cuatro por cuatro atiborrada de gente, valijas y bicicletas. Había parado por la luz roja, y el conductor advertido de su presencia baja la ventanilla. Se produce el siguiente diálogo:

– ¡Buen día, caballero! –el vecino emprendedor – la gente del Barrio Villa Ceferino les desea un exitoso viaje, una maravillosa estadía y un pronto retorno a estas tierras bendecidas por la naturaleza.

–…bueno…gracias. –el conductor ponía cara de querer dar una propina pero no animarse, ya sea por desconocer el monto o el motivo general del suceso. Con los chicos malabaristas es más fácil.

La luz verde puso todo nuevamente en movimiento.

Alterego, más ufano que nunca,  me espetó con una sonrisa:

– ¿Y, qué le parece?

– La amabilidad nunca está de más. Lo que no entiendo es dónde está la parte empresaria de la cosa. Donde está el beneficio.

– Es evidente: en el mediano y largo plazo. Esa gente vuelve seguro y con más gente. Esa gente multiplicada va a gastar en la provincia, y si la provincia crece, todos crecemos. La construcción, los que fabrican moscas para la pesca deportiva, los gauchitos guías de montaña, las comunidades mapuces con sus dulces y cultrunas artesanales…

Alterego siguió mencionando oficio tras oficio, incluido el de sacerdotes prestos a sacramentar matrimonios entre turistas que tomaron esa decisión bajo las milenarias araucarias.

– Para reforzar la idea les vendemos por unas chirolas una botellita con agua del Limay, que como dice la leyenda, produce la reiteración del viaje.

Esa última idea se me ocurrió más acorde con la cotidianeidad de nuestras desventuras. Y justo cuando se lo iba a comunicar, cae otra luz roja. Esta vez quedó atrapada una pequeña banda de motoqueros con pinta estrafalaria. Cada moto valía el salario (aguinaldo incluido) de los últimos 20 años de un maestro de escuela. Eran gringos. Habrían partido de California.

– No, no tomar agua, aquí. Gracias. Nosotros traer agua USA. –el rubio vestido de astronauta rechazaba el frasquito emprendedor. Hubiera dado para explicarles que probablemente su agua provenía de nuestras reservas.

– ¡Limay…leyenda..! –Alterego sacudía el agua como para hacerla gaseosa. Pero le ganó la luz verde.

Como siempre Alterego terminaba conmoviéndome. Tenía que ponerme en su lugar:

– Tenemos que conseguir paradas un poco más largas. –le dije siempre tan observador.

– Ya probamos. ¿Por qué le parece que está la cana a una cuadra? Porque cuando la gente se pudre, o se entusiasma (que para el caso es lo mismo) le manda un cortecito por quince minutos, más o menos. Se imagina qué lío. Yo hago de mediador. La última vez lo convencí al Comisario que una forma de promover el turismo local es también difundir el invento neuquino de los cortes de ruta. ¿Se acuerda de Cutral Co? Negociamos no quemar neumáticos por los choricitos que provee la Secretaría de Turismo.

Una legítima duda se abría paso como una daga a través de mi tradicional inocencia pueblerina. Mejor no preguntar. Por las dudas, si salimos de vacaciones con la Negra, arrancamos para el lado de la costa. Nos gusta el turismo menos envasado.

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