Cuando dos amigos se van, vienen

Redondo en boca

amigos1Sin aviso previo, muy, demasiado de repente, llegan con los años las pérdidas. Se van nuestros padres un día, callados y para siempre. Nos quedamos huérfanos, así, desnudos y ateridos en mitad de la nada, abrazándonos al temblor, solos. Otro día, uno que otro amigo, una que otra amiga, contrae de pronto esa enfermedad que nadie nombra (supersticiones), que los diarios llaman “larga dolencia”, que es una condena a muerte anticipada y que trae, con la pena, el cuerpo sufriente y la alarma y el miedo. Entre ayes y oés, sabemos de éste o de aquélla, y nos acongojamos. Estamos en la línea de fuego, dijo alguien.

Por Mónica Reynoso

Es la edad, también, de cuando la soledad viene porque los hijos empiezan a despedirse, poco a poco, separándose de nuestro lado hacia territorios que siempre serán para nosotros arrabales inalcanzables y peligrosos. Lejanísimos. Ajenos. Ocurre que crecen y un día nos dicen adiós.

Pero ocurren otras pérdidas pequeñas, chiquitas, sin importancia si las comparamos con aquéllas, aunque van también modelándonos un rictus descendente, en caída libre, y un amargo suave pero persistente nos van dejando en la boca. ¿Por ejemplo? Por ejemplo que los camaradas de café, mate, vino, asado y cigarrillos dan mal en los últimos análisis, esos controles de rutina, nada, por el colesterol, la glucosa, la presión, la bilirrubina o lo que fuera que hay que atender si se quiere seguir de pie en este mundo. Entonces viene el que sólo toma té de frutos rojos, la que tiene prohibida la sal, los que evitan el alcohol y, lo peor, los que dejan de acompañarnos en el incomparable vicio de fumar. Y ya no sólo no encienden un Marlboro a la par, compartiendo además la llama, sinónimo de pasión, sino que nos observan con raro disgusto cada vez que lo hacemos, más incómodos ambos cada vez. Donde hubo una correntada esplendorosa de simpatía y fraternidad, hay un recelo mutuo, una recíproca bronca contenida. ¿No te molesta, no? No, dale nomás, dale. Ni la pregunta ni la respuesta están exentas de la ironía que encubre una rigurosa condena moral. Y aunque puedan prevalecer la charla y el buen humor, no sé, algo de la vieja magia se fue para siempre.

Así lo vengo sintiendo los últimos tiempos, cuando constato que las actuales, sanas y buenas campañas contra el hábito de fumar van despoblando de amigos esos lugares de filosofía al paso que son los bares, y más, trasformaron en pecadores sin salvación a seres divinos como Humphrey Bogart, Rita Hayworth y tantos eternos pérfidos de la pantalla azul de humo y misterio. Lo importante es la salú.

Y hay más desdichas que trae la edad. La jubilación. Primero se te jubila tu hermana, que es docente y con más años que vos, como que cierra. Ella y sus amigas, está bien, dan el target. O el vecino, que parecía más joven, fijate, deja el laburo y se la pasa en el jardín con una azada, a la caza de lombrices para ir de pesca. O nuestra amiga, de nuestra edad, que ya tiene armada la carpeta para la anses y que cuando nos lo cuenta nos deja sin palabras y encima nos recomienda hacerlo.

O dos queridos amigos como el Flaco Marchetti y Mario Galdeano, dos pibes, la verdá, que andan a esta hora si no vaciando cajones, contando las horas, los minutos y los segundos para salir un día de Prensa Municipal y no volver a fichar entrada nunca más. Lo vengo sabiendo hace tiempo, pero lo digo ahora y algo se me atraganta. ¿Será emoción?

Juntos los tres, más otra banda de facinerosos entrañables, compartimos esas oficinas del segundo piso del “palacio” durante la inolvidable gestión de Derlis Kloosterman cuando fue la jefa “descomunal”, como la llamaba Fabián Bergero, uno más de la pandilla.

Fueron casi dos años de una alianza tan cariñosa, tan íntima y tan compacta que tuve que hacer una terapia ad hoc, para poder separarme de ellos cuando ya hacer prensa allí era trabajo insalubre. Tiempo suficiente para comprobar el vínculo indisoluble de esos dos viejos empleados municipales que habían compartido una vida de trabajo y establecido por lo tanto una relación de matrimonio antiguo, que a veces ni necesita hablarse para entenderse, y que a veces no se habla sencillamente porque ya no se soportan el uno con el otro.

Era muy divertido verlos. Acomodado cada uno a su rol como las piezas de un motor cascado pero que anda, habían visto pasar tantos intendentes, secretarios, subsecretarios, directores, jefes de sección y jefesuchos que estaban revestidos de una fina capa impermeable. Resistente también a sindicalistas y militantes varios que, cuando pudieron aprender la lección, evitaban entrar con su demagogia a ese rincón indócil del municipio. (Mario y Eduardo pagaron caro el precio de ser críticos y honestos. Una de las últimas huelgas fueron hostigados, insultados y maltratados por los huelguistas).

A Mario, además, Sobisch lo desterró porque se negó a ponerse de pie ante su regio paso de Lord Mayor, una obligación de súbditos que respetaban todos, menos Mario, el peor de todos. Con su índice enhiesto y su honestidad brutal hizo pegar media vuelta de la oficina de Prensa a más de un impresentable y, como el Flaco, jamás se doblegó ante la prepotencia del poder que en esos lugares se respira como el aire rancio.

Durante décadas fueron el nexo imprescindible para que los periodistas y la municipalidad cumplieran con su deber de informar. La llamada gacetilla municipal fue su obra magna por años: artesanal, esforzada, es la colección paciente de noticias de la ciudad que algunas radios leen sin citar fuente y de las que se sirven los diarios para la edición de cada día.

Mis recuerdos de Eduardo y Mario son parciales, subjetivos y acríticos. Sucede que los quiero. Pero la condición humana que tienen y he descrito rápidamente aquí es absolutamente imparcial y objetiva: ellos son así. Son buena gente, democráticos, dos tipos honrados, límpidos, sobresalientes. Y generosamente cultos. El Flaco siempre llevó una doble vida: prensa institucional y colaboraciones en otros medios. Éste es uno. Por su larga formación en radio, siempre tuvo un espacio periodístico, artístico o de producción en radios como la 103.7, donde hoy tiene un programa exquisito cuyo título define este momento de su vida: “Sonidos para la fuga”.

Mario, un obse de catálogo, tomó minuciosa nota durante años de las barbaridades gramaticales que la prensa institucional acomete contra la sencillez de informar. Al par que estudiaba Medios en Roca, amasó con paciencia y amor su Manual de Estilo Municipal. Le costó mucho editarlo, postergaciones y promesas incumplidas. Pero el libro salió. Y es único en su género.

Después de mi salida un tanto tempestuosa de Prensa municipal, nuestra relación afortunadamente nunca se perdió. Seguimos viéndonos, charlando, tomando café, comiendo, riéndonos, pasándonos datos de libros y películas y chismes de la política aldeana, esa fuente inagotable de absurdos.

Son dos amigos que se van, digo, que se jubilan, oh. No hay nada que se me ocurra pronosticar sobre su futuro en la clase pasiva. Imaginar que no estarán activos simplemente ni se me pasa por la cabeza. La vida es acción. Y nos llama a combate cada día. Allí donde haya una propuesta inteligente y decente de periodismo, allí estarán Mario y el Flaco.

Este recorte pequeño de vida que aquí dejo es una constancia de mi propio tiempo, tan ambiguo, pero es sobre todo testimonio de profundo cariño, gratitud y admiración por dos trabajadores municipales próximos a ser ex. Sé que se van pero quiero que se queden en esa reunión interminable de palabras y chistes y complicidad en la que estamos enredados desde siempre. A la misma hora y en el mismo lugar, los estoy esperando, como siempre.

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