¡¡Al ladrón!!

Pobre la palabra

pobre-la-palabraEl pibe estaba en el suelo de tierra sostenido por cuatro robustos vecinos. Una bicicleta vieja también yacía desparramada cerca de la acción. No había que ser adivino para saber que se trataba de un robo. Mejor dicho de un robo frustrado. Situación para nada novedosa en las profundidades de mi barrio.

Por José “Chiquito” Moya

La parte sonora de la cosa también era interesante. Los vecinos puteaban a todo vapor, produciendo maldiciones desconocidas. Por lo menos no sacadas de la televisión.

El pibe, abajo, también puteaba. Pero se trataba de imprecaciones del todo incomprensibles, guturales. Eran gritos agresivos y no plañideros, como era dable esperar.

Evidentemente el pibe había intentado robar (o hurtar, nunca supe bien cual es la diferencia) algo de un cierto valor. Allí surgiría sí el primer problema, ya que ese bendito valor no es el mismo para todos los mortales. ¿Cómo medirlo? ¿Cuánto vale un vaquero gastado que estaba colgado en la soguita? Ese que nos regalaron para el cumpleaños y que me acompañó fielmente todas mis vacaciones. ¿Cuánto vale la bicicleta vieja?

El juego intelectual era complicado, pero ¿por qué no ponerse por un momento en el lugar del pibe que estaba abajo? ¿Necesitaría la bicicleta o el pantalón gastado? ¿O sea realmente los necesitaría? Mas o menos como Jan Valjan necesitaba el pedazo de pan que robó de un escaparate y que sirvió de arranque al genial Víctor Hugo para edificar su “Los miserables”. ¿O simplemente los robó porque lo tentó la oportunidad? No se veían muy atractivos como para venderlos. ¿Los canjearía a cambio de un sanguche? ¿O merca? ¿Y cual sería la diferencia?

–¡Llame a la policía Loco! ¡Llame mientras nosotros lo sostenemos!

El más gordo de todos, petrolero de boca de pozo para más dato, había puesto una rodilla grande como un trépano sobre el pecho de su víctima. Me había olvidado de acotar que el pibe parecía un gorrión. Un gorrión flaco recién salido de la hibernación anual. Se ve que el laburo no daba mucho.

La mención de la policía alteró algunas perspectivas. Uno de los captores, por ejemplo, acotó:

–¡Mah que policía! ¡Vamos a cagarlo a patadas acá nomás! Estos entran por una puerta y salen por la otra. ¡Vamos a reventarlo!

La única mujer del grupo dijo: “si lo entregamos a la policía, va a ser peor, porque de ahí sí que salen más chorros”. Otro: “habría que obligarlos a laburar, eso habría que hacer”. El último: “Si viene la yuta yo me rajo”.

El petrolero insistía con llamar a la policía. Estaría cansado de estar agachado. Me apuró con la mirada.

–Votemos –dije.

–¿¿¿Cómo??? –había logrado arrancar una áspera exclamación unánime, incrédula y agresiva.

–Claro –agregué –  lo que hagamos, hagámoslo democráticamente. Es la única manera. Democracia es poder. Si votamos dejarlo en libertad, previo algunos coscorrones didácticos, después podemos ejercer sobre él nuestro democrático dominio. Votarle al flaco este, por ejemplo, que se arrepienta y deje de robar para toda la vida. También podemos votarle que vuelva a la escuela. Que aprenda a hablar inglés. No, mejor japonés.

La brigada de defensa del barrio se levantó como un resorte para encararme. Hasta el ladronzuelo me miraba feo. Pensé que me pondrían de espaldas con una rodilla sobre mi cuello. Nunca vi tantos dientes brillar a mi alrededor. Había logrado incentivar la bronca de todos.

–¡Vos..vos..! –cuesta bastante ponerle las palabras adecuadas al odio desesperado. La situación había girado sobre sus goznes.

Goznes que el pibe aprovechó (con mucho profesionalismo, justo es reconocerlo) y, libre de opresiones, pegó un pique como los famosos del Corre Caminos.

–¡A vos te parece! ¡Lo perdimos por culpa tuya! A vos no te entiendo, te afanan todos los días y encima los defendés.

–Como defender no los defiendo. Pero es cierto lo de la comprensión. Yo tampoco me entiendo en este punto. Todos los días cambio de posición. Es por la influencia de la tele. Por lo menos recuperamos el botín.

La bici quería que la dejaran ahí. El pantalón no servía para más nada.

El grupo vigilante se dispersó. Sin quererlo se había superado la disyuntiva de llamar o no a la cana.

Entré en mi casa pensando en el Eternauta, la gran creación de Oesterheld. ¿Cuántos universos hay en nuestro universo? ¿Cuántas vidas simultáneas son posibles? A veces estos mundos se yuxtaponen, como había pasado hacía un rato. Alguien invade y a su vez es invadido. Son dos mundos antagónicos. Dos lenguajes. Un equilibrio imposible. ¿Depende de la naturaleza de la química del carbono? O de la naturaleza de esta sociedad básicamente injusta, propietaria, celosa, individualista. Donde para ser ladrón hay que ser una buena persona.

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