Bendita sucesión!

Río suena

Las leyes de la conservación de la materia son claras… nada se pierde, todo se transforma. La desastrosa obra de protección de costas de la Isla 132, empieza a mostrar sus consecuencias…. Un incipiente bosque, a partir de la destrucción de otro…

Por Leonardo Datri

Los viejos pobladores de la región conocen y algunos temen por las crecidas de los ríos. Es cierto que desde la regulación de nuestros ríos aguas arriba de la Confluencia por un sistema de presas construidas con el fin de generar energía eléctrica, esta amenaza está bastante controlada o relativamente restringida. Y relativamente, porque como algunos habitantes ribereños de las ciudades de la Confluencia saben, en lo que va del milenio el río Limay al menos dos veces estuvo muy próximo a sus niveles de crecidas máximas históricas. Y el Neuquén tal vez haya alcanzado la crecida máxima de toda su historia, hace poco en 2007, cuando superó sus 650 m3/seg de agua que carga en promedio habitualmente, alcanzando la escalofriante cifra de 11.000 m3/seg en Sauzal Bonito, en una creciente súbita característica de los ríos de montaña en época de deshielo.

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La energía del río descargada sobre la margen de enfrente inunda y destruye las costas mientras en la isla 132, la defensa origina un ensanchamiento de la margen, ganado tierras al río que empiezan a ser colonizadas por álamos ¿Y ahora, que hacemos con el bosque?

Por esta razón los ríos del norte de la Patagonia y mas precisamente los ríos Limay, Neuquén y Negro, no exhiben naturalmente frondosos bosques en sus costas, como otros ríos correntosos, sumado a que las condiciones climáticas y ecológicas del entorno de la Confluencia, no favorecen el desarrollo de árboles en general. El único árbol nativo del monte patagónico es un sauce, bastante difundido en otros ríos de Chile y Argentina, cuyo nombre científico es Salix humboldtiana. Este arbolito no llega a conformar bosques, apenas bosquecillos, y por las condiciones climáticas mencionadas, no vive más allá que unos cuantos metros de las costas de los ríos.

Con la llegada del huinca al sur, se introdujeron una gran cantidad de plantas y entre ellas varias especies de los parientes euroasiáticos del sauce nuestro: los sauces y álamos que hoy vemos formando densos bosques en casi todos los ríos del norte de la Patagonia, en islas, riberas, arroyos, canales y lagunas. Las salicáceas, como se llama la familia a la que pertenecen todos los sauces y álamos, se adueñaron de todo el dominio de los valles, pero solo lo hicieron con posibilidades de conformar bosques importantes, después de la construcción de las obras hidráulicas, y no desde principios del siglo XX cuando fueron traídos por los colonos.

El control y la regulación de los ríos por las represas favoreció que las plantas se arraiguen con éxito y formen los bosques salicáceas en invierno 015que hoy todos apreciamos como nuestro entorno natural. Esta “invasión” como llaman los biólogos a la proliferación de especies no nativas de un lugar, traídas generalmente accidental o intencionalmente por el hombre, despierta al debate sobre la “conveniencia” de la “conservación” de estos bosques, tema que abordaremos en estas páginas en otra oportunidad. Pero lo que quiero plantear aquí es otra perspectiva.

Estos bosques ya están entre nosotros y cumplen funciones como tal, fijando carbono, produciendo oxígeno, fijando las riberas y encauzando los ríos. Atenúan la velocidad de la corriente de agua y favorecen la infiltración del suelo. Son también recursos naturales, paisajísticos y una reserva genética de nuestro acervo cultural valletano, a partir su vegetación. En definitiva estas especies fueron traídas para el desarrollo productivo del Alto Valle, y hoy dispersadas naturalmente por el agua y el viento se adaptan a las condiciones rigurosas de nuestro medio, lo que representa un interés especial para científicos en encontrar nuevas variedades aptas para nuestra región y nuevos usos. Las salicáceas deben su nombre al contenido de acido salicílico, obtenido de la corteza de algunos sauces, con la que se produce un analgésico muy famoso que llamamos aspirina.

Pero lo mas curioso y da origen a nuestro artículo de hoy es que las salicáceas y en particular los álamos tienen un poder regenerativo del medio ambiente tal, que hasta los desastres promovidos por la sociedad humana en la costa de los ríos, tienen remedio con la proliferación de nuevos bosques. Los ecólogos llaman sucesión a un proceso donde a partir del origen de nuevos sustratos (nuevas superficies de suelos, como islas que emergen en una bajante de aguas) se forman comunidades de animales y plantas que colonizan esa superficie dando origen a nuevas estructuras de vida, donde antes no había nada. Es como un proceso de cicatrización de heridas.

CORDINEU con su obra de “protección de riberas” de la isla 132, asestó una fuerte herida a la isla de enfrente llevando la erosión del río a la otra margen, destruyendo su hábitat natural. Esta obra no contó con el debido tratamiento del impacto ambiental, pero la sucesión se cobra las cuentas de una obra desastrosa, remediando de un lado, lo que por otro se pierde, compensando el daño. Si usted da un paseo por la isla 132 en estos días vea lo que le cuento. La margen de la isla 132 “crece” mientras la vecina de enfrente se reduce, lo que cualquier técnico en la materia sabe, desde los inicios de sus estudios de hidráulica. Y mientras sobre la isla 132 se ensancha la margen una población de álamos coloniza rápidamente, lo que dentro de unos años (no mas de cinco) será un denso bosque.

¿Que hará llegada la ocasión la Municipalidad y CORDINEU, cuando la vista del río se vea perturbada por estos bosques espontáneos? Habrá que prestar atención, porque de seguir esta tendencia en la gestión municipal, nuevamente apelando al erario público, los neuquinos tendremos que erogar el dinero necesario para otras prioridades, a gestionar el fracaso de funcionarios incapaces de mirar el futuro y ponderar el peso ecológico de cualquier proyecto sobre un ecosistema frágil y complejo, como el de los valles fluviales.

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