Centro a la olla

Pobre la palabra

pobre-la-palabra3

–¿Justo abajo del palo, del travesaño? ¿Justo abajo? ¿A vos te parece, Loco? Teniendo tanto lugar para allá atrás, no, el tipo se viene a instalar justo abajo del arco.

–Es que lo usa de cumbrera para el rancho. Es de fierro del bueno. Le va a aguantar.

Por José Chiquito Moya

Habíamos ido temprano a marcar la cancha con cal, como lo hacíamos todos los domingos a las siete de la mañana. Nos encontramos con la novedad. En un extremo, debajo de una de las “metas”, una familia instaló su vivienda. Nunca el término “precario” ha merecido mejor escenificación. Una lona, verde en su juventud, que habría recorrido el país arriba de un camión, hacía de techo, tendida sobre el famoso travesaño. Daba al conjunto un aire de campamento. A modo de paredes los arquitectos eligieron cantoneras, torpemente amarradas con alambre del malo, un cartel de vialidad nacional verde con letras blancas que decía Bariloche 550 kilómetros, más plástico negro del tipo de construcción y algo del inefable cartón. Con estacas brindadas por un sauce cercano habían fijado al piso, al área chica más precisamente, esa suerte de pared lateral que eleva las aguas del techo flotante.

–Ayer, o sea anoche, no estaban –acotó un vecino.

–Se ve que son rápidos laburando. A no ser que hayan contratado a una cuadrilla petrolera.

Mi amigo Alterego se me queda mirando sin entender. Iba a contestarme que si tenían plata para …y recién cayó. Me dijo enojado:

–Mirá Loco, la pobreza de la gente no me calienta, hermano. Yo también soy pobre y no ando invadiendo por ahí. Y –repentinamente más sereno– como pobre que soy, también necesito jugar a la pelota. Vos fuiste el que me convenció para que haga ejercicios.

De un Renó 12 atado con alambre bajaron seis perdularios del equipo. Un par ya tenía la camiseta puesta. Otro, venía de la joda de anoche.

–¡Uy Dió, que cagada!

–¡Hay que ser hijo de puta! ¡Tenemos que sacarlos a patadas!

–Ya tenemos canchero.

Nadie se animaba a pasar la mitad del campo de juego. En un rato seríamos más de treinta allí. Tendríamos que hacer algo. ¿Por qué todos me miran a mí?

–Dale Loco. Andá a ver que pasa. Andá a explicar.

Andá a explicar. Con esa idea me entretuve mientras me acercaba a la vivienda, nunca me costó tanto llegar al área ¿rival?

No hizo falta que golpeara las manos. Una señora salió a esperarme. Tenía un bebé en brazos y era muy joven. Los ruidos al interior sugerían dos o tres chicos más. No se veía al padre de la familia por ningún lado.

–Ya sé, nos quieren echar. ¿Nos van a echar?

Si me hubiera insultado o rogado, sería más fácil. No. Se le dio por preguntar. Ponía la pelota en nuestro lado. Pelota. Cancha. Miseria.

Estuvimos un buen rato charlando.

Cuando volví nuestro equipo completo, una parte del rival, más algunos del tablón que nunca faltan, me recibieron expectantes.

–Hoy jugamos nueve contra nueve en cancha chica, así atravesados.

–¿Cómo atravesados? ¡Vos estás atravesado! Esta canchita la hicimos entre todos metro a metro con mucho sacrificio – se había estudiado los argumentos – poniendo guita de nuestros bolsillos. ¿Por qué no va a Vivienda?

Ahí la pifió. Se arrepintió, pero la inocentada ya le había salido. Los convenció a todos de la justicia de la ocupación.

Cuando terminamos el primer tiempo la señora ya tenía luz. Cuando terminó el partido el tema del agua estaba encarado.

Al domingo siguiente jugamos cinco contra cinco. Hoy no quedó ni para una canchita de bochas.

Al nuevo barrio le pusieron Toma Centro a la Olla. No, mentira: San Cayetano. Nosotros nos pasamos a la carrera aeróbica.

Deja un comentario