Mercedes Sosa y nosotros: Toda una vida

Redondo en boca

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Yo soñaba con ella. Quiero decir que cuando yo era chica y mi ilusión era ser cantante, ella me invitaba a subir al escenario para cantar juntas. En sueños, digo. Lo recuerdo perfectamente a ese sueño. Era muy real.

Por Mónica Reynoso

Lo que pasa es que yo cantaba con ella a toda hora. En mi pieza del altillo de la casa que ya no existe, ponía sus discos de vinilo y cantaba a dúo sus canciones. Todas. Me gustaban todas. Me las sabía enteras y juraba que entonaba tan bien como ella. Sus letras me traspasaban de emoción, en ese altillo donde circulaban noche y día mis fantasías adolescentes y sus canciones conjuraban mi soledad. Contra mi desamparo juvenil, ella. Ella y Los Beatles. Y todo se trasformaba.

Yo era una niña de ocho, nueve años, cuando la vi cantar por primera en La Rioja. Fue en un club de barrio, con mesas y sillas de chapa, a cielo abierto. Estaban mis padres, tan jóvenes, y mi abuela riojana, enhiesta en su silla de chapa. Tomábamos naranjín. Recuerdo que más que su voz me impresionó su timidez. Era una mata de pelo renegrido y lacio tras la que fluían coplas que el público, familias riojanas sencillas como la mía, entonaba y aplaudía con fervor. Entre los pliegues del poncho salteño asomaba la esfera de una caja que una mano, tímida también, golpeaba lánguidamente.

Volví a verla en Bariloche unos años después. Fuimos con mi hermana una noche ignota a una especie de confitería en el último piso de un hotel del centro. El lugar, un salón que bien podía ser lo que entonces se llamaba una boite, llevaba el pomposo nombre de Roof Garden. Había un piano intacto. Se tomaba, se charlaba y alguien animaba la noche. Esa noche cantó ella. Con una partitura al frente, porque equivocaba las letras de tímida que seguía siendo, se equivocó igualmente en un verso y volvió a cantar la canción desde el principio. Era “Zamba para no morir” y yo ya era su fan.

Al tiempo volvió a Bariloche ya convertida en figura nacional. Fue a presentar “Mujeres Argentinas”, con Ariel Ramírez, Domingo Cura y Jaime Torres al salón más importante de la época, en plena calle Mitre. Fui acompañada de mis padres, que me habían dado la felicidad de regalarme el disco. Para tan solemne ocasión, estrené un tapado largo hasta los tobillos que, a la moda, se llamaba maxi, y a la salida del recital había un equipo de televisión tomando testimonios a los asistentes. La conmoción que traía después de escucharla en una función inolvidable se multiplicó espantosamente cuando alguien puso un micrófono delante de mí y me pidió opinión. Jamás estuve tan perturbada. No recuerdo qué alcancé a balbucear y lamenté por años haber llevado un tapado tan llamativo. Yo tenía 16 años.

Toda vez que pude, compré sus discos y seguí cantando con ella. No era su imitadora, pero pretendía cantar exactamente como ella. Estando en Buenos Aires por un curso al que me mandó el banco donde trabajaba, encontré algunos afiches en la calle que anunciaban un recital suyo con Rodolfo Mederos en el Opera. Corrí a comprar una entrada. Era llamativo que no hubiera más despliegue de publicidad. Apenas unos afiches sueltos aquí y allá. Cuando llegué al teatro, estaba cerrado y no había ni noticias del concierto. Era lógico. Estaba la dictadura y ella en el exilio. Alguien jugó una broma amarga, o efectivamente iba a actuar y cancelaron el espectáculo. O quizás lo soñé. De extrañarla.

Cuando volvió al país fui una más entre los millones que lloraron de alegría y se aprendieron una a una las nuevas canciones del cassette doble con su imagen dibujada, ese perfil indio, ese pelo lacio, esa reunión de los mejores cantando con ella. Cantando. Sólo cantando. Ay, sí, cantando al sol como la cigarra.

Ella reunió la tradición y la vanguardia, el norte con el sur, París con Jujuy, el rock con Yupanqui, a la Walsh con Caetano, a los antiguos dueños de las flechas con Pavarotti, a la melancolía, la pobreza, el dolor y la injusticia con la dichosa experiencia de la vida que merece ser cantada.

Ahora que había grabado con la Sole, Lila Downs, Julieta Venegas y Liliana Herrero, yo había empezado a sacar lustre a mi viejo sueño adolescente. Y hasta el domingo, en eso andábamos.

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