Un corte y ninguna quebrada

Pobre la palabra

pobre-la-palabraAl tercer corte de ruta que me encontré, decidí ponerme a pensar un poco.

Por José Chiquito Moya

Había salido rumbo al norte de la provincia a “hacer una diligencia” como se decía antes. Tenía que llegar a Loncopué con relativa premura. O sea antes de Navidad. A bordo de mi mítica combicita, y envalentonado por la llegada de la primavera, encaré solo, ya que no pude encontrar a mi amigo Alterego por ninguna parte.

Al llegar a Senillosa me encuentro con el primer corte de ruta. Era un “corte blanco” o “blando” (no entendí bien por el viento reinante) según me explicó un señor enfundado en una impecable vestimenta que confundí con la de un doctor. Pero no, era trabajador de un frigorífico. Cortaban la 22 para impedir que el matadero cerrara o se vaciara o quebrara o algo de eso. Querían seguir matando, ellos, vacas. El trompa sí mataba pero más arriba, no vacas. Nos entendemos.

Como estaban un poco enojados no dejaban pasar a nadie. Tampoco podía agarrar por las picadas alternativas por eso de la amortiguación. Así que me lo chamuyé al que tenía más pinta de “experto en relaciones humanas”. Le pregunto fuera de contexto:

– ¿Ud faenan bajando al catre? (Nota del editor: sistema antiguo de matanza que consistía en faenar al animal tirado en el piso encarrilado por un catre de cemento)

Se me quedó mirando un rato largo. Se ve que los demás transeúntes se comunicarían con ellos con otro tipo de proposiciones.

– ¿Sos del gremio? –le salió casi a pesar suyo.

– Soy. Frigorífico Armour de Río Santiago, playa de novillos –me faltó mostrarle la credencial como pasa en las películas. Para qué agregar que la fábrica desapareció hace treinta años.

Me creyó. Nadie puede inventar algo semejante. Y la hermandad carnicera es algo serio. Pegó un chiflido, corrieron la barricada y pasé con mi chanchita al otro lado, pese al estupor de una banda de demorados camioneros con cara de odio.

Hago doscientos kilómetros para el norte y cuando voy a pasar un puente me engancha otro corte. Era una escuela. O sea los alumnos, maestros y padres de una escuela. Mejor dicho lo que debía ser una escuela. Ahora eran cuarenta o cincuenta personas quemando cosas arriba del pavimento. Carteles alusivos y la inefable bandera argentina. A un lado vi un retrato de Sarmiento apoyado contra una piedra.

–¿A Ud. le parece Don, que no tengamos ni gas ni luz ni agua? –hablaba un hombre con el sombrero típico, medio ladeado de pura bronca, rodeado de pibes felices de haber nacido. A los chicos les encantaba mi estrafalario vehículo.

– ¿Pero cortando la ruta le parece que le van a dar bola? –esa mañana estaba atacado por lugares comunes –No sé, dicen que hay otros caminos.

– Entonces también tendremos que ir a cortarlos –me respondió, rapidísimo, mi custodio de la educación popular – la seño dice que es una cuestión de lenguaje.

Iba a preguntarle si entendía el giro lingüístico, pero la imagen de la maestra educadora se me impuso, literalmente, en el horizonte. Estaba parada sobre una pequeña barda que dominaba el escenario de combate. A sus pies estábamos los detenidos por la emergencia educativa con nuestros vehículos en reposo pero no a la sombra. La seño vestía un poncho rojo al viento, borceguíes tipo uocra, y se apoyaba en un puntero que hacías las veces de fusil inerme. Su mirada llegaría hasta el futuro próximo. Supe que nada podía detenerla, y me pareció absolutamente esperanzador.

– Le propongo un trato –dije rebuscando en mi arsenal de argumentos válidos – tengo que pasar, pero no lo quiero hacer “contra” ustedes.

El hombre del sombrero se inclinó un poco sobre mi ventanilla abierta, escuchó impávido mi propuesta, se alejó pensativo, charló en conciábulo unos minutos y se acercó nuevamente.

A los pocos minutos, montado ahora en mi malacara patagónico poco brioso pero muy conocedor de la zona, me despedí del piquete. Atrás quedaba mi furgoncito lleno de pibes hasta el techo. Ellos dijeron que me lo cuidarían. Les dije que si querían lo usaran como salón de clases. La seño me miró raro. Pensaría que la estaba cargando.

Debo hacer trotado (es un decir, el que trotaba era el caballito al que bauticé provisoriamente como Belcebú para no ponerle Rocinante que era muy obvio) unas cuatro o cinco horas, o leguas, no sé como se dice por estos pagos.

Esta vez, me sonreí, los voy a joder. Y agarré por un camino de montaña de esos que ni figuran en el mapa. “Este camino viene con garantía de circulación” agregué feliz allá arriba.

Error.

En medio de la pampa, rodeado de jarillas y piedras desparramadas por doquier había una tranquera improvisada que atrancaba el sendero comunal. Y sosteniendo esa tranquera había un piquete. Como no tenían gomas ¿qué iban a quemar? ¡jarillas! Serían unos veinte.

Si no hubiera estado tan dolorido me hubiese apeado. Un muchacho de bombachas batarazas, de esas que se usan los domingos, me acercó un volante mimeografiado para que lea. Si no hubiera estado tan dolorido lo hubiese leído. Se lo expliqué con la mirada, y lo entendió en seguida. Aclaró:

– Somos peones. No nos pagan. Desde hace un año no nos pagan. Cortamos hasta que nos paguen. Los dueños son gringos. No pasa nadie.

Le iba a decir que conocía el argumento, que algunos califican como falta de argumento, pero que sigue siendo un argumento. Pero si le pasaba mi confusión corría el riesgo que me bajaran de un bolazo. Así que acepté el mate que me pasaba, junté coraje y me apeé de Belcebú que festejó la noticia con un relincho suave.

Con hoy van cinco días que estoy con los peones. Me parece que encontré la diligencia aquella. El cordero patagónico tiene lo suyo. Mandé por la maestra del otro corte que vino al toque. La quise cargar con eso del nuevo lenguaje.

Me dijo: “¿Sabe lo que quiere decir todo esto, el corte, la gente en la ruta y las barricadas?”

– Estoy ansioso por saberlo.

– Quiere decir: no. Es el no que sale de adentro.

Por fin aprendí algo como la gente. No será mucho, pero por algo se empieza.

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