La revolución del paraguas

Pobre la palabra

pobre-la-palabra–Llegó la hora de la verdad. Que también ha pasado a la historia como la hora de la Revolución (así con mayúscula) –dijo Alterego, y se calzó ambos pulgares en el cinturón de cuero que circunnavegaba su abdomen de cerveza.

Por José “Chiquito” Moya

Me preparé para recibir una andanada de sentencias por debajo de la línea de flotación, como es costumbre de mi amigo, cuando quiere predicar más que discutir. Como veníamos muy jugados con eso de la guerra en las noticias y en los noticieros, pensé que el móvil de mi compañero le hacía a lo que está pasando en Honduras. Hubiese sido un escenario apropiado para desvariar con cierta propiedad.

Pero no. Me equivoqué de guerra.

–Pero esta Revolución (siguen las mayúsculas) –continuó mi amigo – será distinta a todas las demás. Esta vez es imposible perder. Además será la más barata, la más incruenta y la más inteligente de las revoluciones.

Cuando el diálogo llega a este punto, Alterego hace una pausa para ganar en dramatismo, completar el vaso con lo etílico en circulación, y practicar su histrionismo patagónico. Yo complemento el cuadro guardando las distancias y exagerando mi cara de buen escuchador.

–¡No hay que comprar más Terrabusi! ¡Boicot a la galletita del paraguas! –gritó Alterego con determinación maniática – ¡Que las estanterías de los supermercados rebosen de Terrabusi que nadie compra! ¡Que se les pudran las galletitas! ¡Qué los gerentes salgan desesperados a tratar de colocar el producto en otros países, a los que también llegaremos con esta campaña! ¡Que se la den a los chanchos!

–No sé, personalmente tendría que pensarlo –balbuceé mientras me reponía de la sorpresa – sospecho que las prioridades de los trabajadores pasa por otro lado. Ganar la huelga, que otras fábricas paren, que los sindicatos…

–¡Sindicatos, sindicatos! Levante la puntería Don Loco. ¿A dónde nos condujeron los sindicatos? Acá lo que está en juego es mucho más grande.

–Y más sabroso –intenté chicanearlo, pero me ignoró olímpicamente.

–Acá está en juego el poder del pueblo. Si aprovechamos esta oportunidad –Alterego ya parecía un general disponiendo su capacidad de fuego en el terreno – sería como un ensayo para las próximas batallas. Sería cercar al enemigo. Asfixiarlo. Le devolveríamos al sistema su trampa, ejerciendo el poder del consumidor. ¡Politicemos el consumo! ¡Basta de consumir productos, consumamos ideas!

Reconozco que lo del boicot me hizo acordar otros delirios de juventud. Cuando era pibe discutíamos si el imperialismo yanqui podía caer si no tomábamos coca cola. Todos sabemos que mi generación no agarró para el lado de la abstinencia. De ninguna abstinencia. Hoy no me reiría tanto como entonces de aquellos inocentes argumentos.

Tendría que repasar a Mahatma Gandhi.

–¿Cómo podríamos evitar que las empresas contra de Terrabusi se beneficien comercialmente? Venderían a lo loco –argumenté ya metido en la piel del ejército boicoteador –además siempre está el problema de que si fundimos esa fábrica los obreros se quedarían sin trabajo.

De verdad no tiré esos argumentos de mala onda. Pensé en voz alta los problemas inmediatos que podíamos enfrentar. Pero lo agarré a Alterego con el paso cambiado. Es un tipo que cuando se entusiasma con una idea no mira a los costados y menos para atrás. Me miró raro. Una duda le cruzó el rostro.

Casi se me quiebra el corazón. Tenía que encontrar rápido el argumento salvador. Pero no lo encontré: el argumento me encontró a mí. Después de todo vivimos en Neuquén:

–Claro que esos no son problemas después de Zanón –dije en éxtasis – siempre los trabajadores pueden (casi me salió podemos) expropiar y seguir produciendo bajo control obrero.

–¡Genial! –gritó mi amigo abrazándome alborozado – ¡Primero boicoteamos y después reventamos el mercado!

La siguiente hora y media me lo tuve que aguantar a Alterego enumerándome todas las empresas que podían seguir a lo que él insistía en llamar “ensayo general”. YPF, el Banco de la Nación, la Ford. Nuestro ejército era imparable.

Lo dejé rumbo al mercadito del barrio. Iba a convencer a las vecinas de lo atractivo de la nuestra propuesta.

Cuando llegué a mi morada me di cuenta que en algún lugar debimos meter la pata. No podía ser que algo tan fácil pudiera resolver problemas tan complicados. ¿Será tan fácil?

Por lo pronto escondí las galletitas de chocolate de la marca del paraguas. Las verdaderas revoluciones empiezan por casa.

One thought on “La revolución del paraguas

  • Muy buen relato, que tiene en cuenta la lucha de clases sin dejar de lado lo literario y por supuesto el humor.Exelente.!!!!!!!

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