Gente buena

Redondo en boca

redondo-enbocaA la salida del Banco Hipotecario hay una caja de cartón con un cartel que dice: “Hospital Garrahan. Deposite aquí tapitas de gaseosa o agua mineral para que se sigan desarrollando las distintas actividades de niños y adolescentes que se atienden en el hospital”.

Por Mónica Reynoso

La caja tiene una ranura ad hoc y, como no es trasparente, no se puede ver cuánta gente se sintió conmovida por los niños del Garrahan y depositó allí su tapita de gaseosa y/o agua mineral.

¿No es una campaña rara? Se supone que algún buen corazón neuquino, apenado por que en el hospital Garrahan padecen carencias de todo tipo, ideó esta forma de juntar algo, tapitas en este caso, para aliviar al hospital y a sus pequeños pacientes. Es posible imaginar también que las tapitas tienen algún valor de mercado, convertible a pesos de curso legal, para que el plan de socorro al Garrahan cumpla su cometido. La curiosa invitación promueve también un objetivo accesorio, que es el cuidado del medio ambiente, porque el rótulo en la caja de cartón invoca también propósitos contra la contaminación.

Hay mucha gente buena en el mundo. Puede que no esté a la vista y una viva en la convicción de que ganaron los malos, pero de vez en cuando llegan noticias como éstas que la reconcilian a una con la humanidad. Por ejemplo, los zorros grises. Se piensa que, como zorros que son, sólo están a la caza de infractores, o distraídos nomás, que estacionan mal o no pasan la tarjeta de estacionamiento. Quien más, quien menos, imagina a los zorros grises (qué forma de llamarlos), acechando a la vuelta de la esquina para caer ¡zas! con el talonario de multas y arruinarle el día. Pero no. Algunos lavacoches aseguran tener pactos con los mejor llamados inspectores de tránsito y que éstos les permiten favorecer a sus clientes en caso de olvidos y distracciones en el uso debido del parquímetro. Dicen los lavacoches que los zorros grises dicen que prefieren verlos, a los lavacoches, trabajando de algo (una forma de decir), antes que robando o tomando por ahí. ¿No es un buen gesto?

Otra persona de la que nadie sospecharía solidaridad es Marcelo Tinelli. Ahí donde lo tienen, entreteniendo al público con famosos que bailan, cuentan chistes y se pelean + famosas que muestran todo, bailan y se pelean, también fomenta las buenas acciones. De hecho, el “por un sueño” del cantando y bailando no es más ni menos que el propósito compasivo de terceros que participan por una operación, una silla de ruedas, un aula, esas cosas de las que el Estado no puede ocuparse parece.

El mismo hospital Garrahan fue el sueño de un soñador, que bailó y/o cantó para convertir el premio en una sala para familiares de los pacientes. Algo salió mal, porque los miles de pesos del premio no alcanzaron a cubrir los costos de la obra, de modo que la salita no se hizo y no faltaron los que salieron a denunciarlo a Marce. Eso publicó la XXIII, pero seguro que es alguna especie intencionada. Mal intencionada, claro, porque que Tinelli es un tipo gaucho no lo duda nadie. Hasta Sobisch lo cree, que no es justamente un tierno de corazón. Por eso lo ayudó con unos milloncitos para algún emprendimiento productivo que, dicen, Tinelli no alcanzó a devolver. No por falta de voluntad ¿eh? Es que la tele es muy absorbente, y no se puede estar en todo.

A veces es posible leer información tan perturbadora que la tentación de pensar un mundo injusto es irresistible. Que el 90 por ciento de la riqueza del planeta esté en manos del uno por ciento de la población es ese tipo de información. Casi ni cabe en la cabeza tan colosal desproporción. Sólo se ilustra cuando en la tele pasan un informe especial del hambre en Africa, o se choca en una calle cualquiera de Neuquén con una manito extendida pidiendo una moneda, ofreciendo agujas, llamándonos. O cuando se adivina un cuerpo humano entre los trapos y los cartones que lo ocultan (¿le dan carlocito?), tirado en la vereda de una avenida luminosa y concurrida de Buenos Aires, una persona, alguien que alguien acunó, quizás, alguien que jugó, se rió y soñó ser grande y hacer grandes cosas en un futuro que a la larga le reservó un cacho de vereda tan fría como los que salen del teatro y ni lo miran.

A la Iglesia, que amontona bondad, casi se diría que la acapara, le brota cada tanto una indignación pavorosa cuando piensa en los pobres. Y salen los monseñores enojadísimos, irreconocibles, ellos que son tan mansos. Y atrás de los monseñores, la tele, el diario La Nación, en fin. Y se lanza la campaña Más por Menos, que lleva varios años y tiene un título ganchero.

No es que esté muy claro qué significa “más-por-menos”, pero tiene onda ¿no? Y si hace falta aclararlo, en la última campaña se inscribió una cita bíblica de Hechos que dice: “Hay más felicidad en dar que en recibir”. Con lo que ya no quedan dudas: la campaña está destinada a los que más tienen y pueden dar, para darles felicidad cada vez que se desprenden de un trasto o un vuelto. No importa si al que recibe se le proporciona también felicidad. Basta con algún cachivache inútil, la ropita ésa que ocupa lugar en el placard o las monedas que al final terminan rompiendo los bolsillos del caballero y se pierden en el fondo de la cartera de la dama.

Así que a no desesperar. Hay gente buena. Lo que pasa es que está un poco desorganizada.

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