The cat black

Foto-Grafías, POPURRI

Fotografía whiskeríaLas equivocaciones en el lenguaje están al acecho en el cerebro de todo aquel que habla y escribe. Nadie está exento de cometer errores involuntarios de sintaxis, ortografía y, de algún lapsus cálami, o de emitir en una simpática reunión un indeseable y temible lapsus línguae.

Por Mario Galdeano

No sabemos con certeza si el dueño de este cabaré desconoce la sintaxis inglesa o si el presunto error obedece a cuestiones de marca, propiedad intelectual o comercial, y por el cual la casa de señoras, o de tolerancia, como decían nuestros abuelos, no puede lucir el cartel escrito correctamente: The black cat.

De todas formas, no creemos que esta alteración sintáctica inglesa afecte el ánimo y deseo de drinks and girls de los parroquianos, luego de trabajar uno o dos meses en alta mar.

Fue esta mudanza, del adjetivo por el sustantivo, lo que me hizo acordar un lapsus curioso (hasta diría, de antónimos) que cometió un estudiante de periodismo. Un día, el futuro comunicador me preguntó en la facultad si tenía libros en inglés para rendir su última materia de ese idioma. ‘Sí, le dije, tengo muchos cuentos, entre ellos, The Black Cat, de John Milne’. Y él me contestó: ‘Ah sí… ahora me acuerdo… el libro de El perro blanco…’

Además de los traspiés orales, llamados actos fallidos o lapsus línguae, también existen los errores escritos, denominados lapsus cálami, que no son pifiadas ortográficas sino de conceptos, provocados por el inconsciente. Los periodistas y las empresas de diarios y revistas, que procesan miles de palabras por día, lo saben muy bien. Los recuadros titulados ‘Fe de errores’, en la edición siguiente de los diarios y periódicos, demuestra que hasta los ojos clínicos de los correctores no están exentos de la mala pasada que nos puede inducir el inconsciente. Sin embargo, en estos últimos años algunos diarios han decidido cambiar el tradicional y vergonzoso apartado ‘Fe de errores’ por el eufemismo ‘Aclaración’, mientras que otros han adoptado por la miserable actitud, en detrimento y respeto por los lectores, de la omisión y el silencio.

La falta o el resbalón al escribir tiene la ventaja que puede ser corregido antes que se imprima o envíe a sus receptores. No obstante, muchas veces, el redactor, luego de una revisión estricta, no puede ver su propio tropiezo lingüístico. Durante una jornada, en la redacción recibimos un informe sobre las obras que una secretaría de servicios públicos de un municipio hacía en la ciudad. Entre las informaciones, construcción de pavimentos, veredas y reparaciones en edificios, había una que nos llamó la atención y que decía lo siguiente: ‘En la calle Carlos H. Rodríguez pintado de condones…’ en lugar de cordones cuentas.

A cualquiera de nosotros se nos puede trabar la lengua con un furcio, pero éste puede ser perdonado por al auditorio, ya que se trata de un error de dicción o de pronunciación de una palabra, no conceptual. Pero…‘Meter la pata’, como lo registra Félix Coluccio en su Diccionario de Voces y Expresiones Argentinas; hacer una gaffe, (término francés que significa metedura de pata) y que emplean algunos diarios y publicaciones más coquetas; un acto fallido como se llama comúnmente; o un lapsus sea este escrito u oral, es cosa distinta, porque son yerros alimentados por el inconsciente, y por tanto sumamente peligrosos.

La espiga de oro

Las meteduras de pata en la escritura como en la oralidad son materia deliciosa para los psicólogos freudianos y los neurolingüistas, a quienes les gustan hurgar en el inconsciente.

Pero son los protagonistas quienes pueden convertirse en un santiamén en el hazmerreír de los demás. Y en esto, los errores involuntarios que se cometen al hablar son los más temidos, ya que no admiten ningún corrector.

Para hallar frases exquisitas no es necesario escarbar en el inconsciente de los políticos sino oír nuestras propias conversaciones. Sobre estos sinsabores, una colega me contó una anécdota, típica de un gazapo, de esas que te hacen templar la carne, y que Sigmund Freud hubiese deseado escuchar.

Esto ocurrió en una ciudad donde por muchos años hubo una panadería llamada La Espiga de Oro. Un día, unas señoras se reunieron para tomar el té con medialunas y, hablar. Mientras conversaban y comían los deliciosos bollos y masas, una de ellas, sin sospechar que estaba a punto de tropezar con un lapsus con el nombre de su panadería favorita, le confesó a sus amigas: ‘Estas son ricas, pero a mí me gustan las facturas de La pija dorada…’

One thought on “The cat black

  • felicitaciones por su escrito, pero no escribo más por temor a equivocarme……y enviado éste, no se admite corrector….jajaja

Deja un comentario