Ahora sé por qué el Boby me meó el Divanlito

Tema de la semana

el-tema-de-la-semanaPrimero sentí lástima por él, pero ya me sacó: ahora, el Boby y yo estamos en guerra. Cada vez que le hace fiestita a Biolcati, le pongo la cadena nacional.

Por Qwert Poiuy

La cosa empeoró en esta última semana. Primero se volvió adicto a TN: ya no quería hacer más zapping, sólo quería mirar el canal de noticias. Pero luego comenzó a demostrar devoción por el Noticiero del 13 del mediodía y -en los últimos dos días- a mirar todas las películas que filmaron Carlitos Balá y Palito Ortega en los regimientos militares en el Canal Volver.

Tipo diez de la mañana se planta frente al tele y comienza el zapping. Como sabe que detesto que vea esos canales, me mira con el rabito del ojo (los perros no tiene rabillo, tiene rabito) y eleva la cabecita diez grados como demostrando soberbia y autosificiencia.

Al principio yo estaba sumamente preocupado por la cuestión. Al punto que pensé en vender el auto y comprarme una moto. Luego comprendí que eso no tenía nada que ver con lo que le pasaba al picho, y cambié de idea: compré una bici.

Mientras paseaba con mi Aurorita usada por la Pérez Novella, reflexionaba acerca de que si los medios habían logrado lavarle el cerebro de mi pobre can, qué se podía esperar de la clase media argentina. Y en un momento, tuve como una explosión. Una luz cegadora. Un disparo de nieve. Era que no habia ajustado el bulón que tiene la bici en el medio , y la guacha se plegó sola conmigo arriba.

Volví a casa con la ropa echa jirones (en realidad ya la tenía así de antes) y vi una escena que me iluminó: en medio del paro del campo, apareció Biolcatti en la televisión y el perro traidor comenzó a hacerle fiestita.

Ahí comprendí que lo mio ya no era lástima, sino bronca. Luego odio. Rencor. Furia. Sed de venganza. Descontrol remoto. Es decir: lo primero que hice fue afanarle el control remoto para que deje de hacer zaping. Le puse la televisión pública y lo dejé ahí. Como se resistía a mirar, le puse dos celoplin en los ojos para que no los cerrara, como en La Naranja Mecánica.

Pero el turro reaccionó enseguida: como en cámara lenta, levantó apenas nueve grados su patita trasera izquierda formando un ángulo acutángulo, subió su cabecita ya no diez, sino ca-tor-ce grados y…. me meó el Divanlito.

Entonces la queda quedó clara: blanco sobre negro. Agua sobre aceite. Limón sobre Gancia. Fernet sobre Coca. Ron sobre vodka (creo que tengo que dejar el alcohol, porque está nublando mi pensamiento): Estábamos en guerra.

Fui a la heladera y le saqué el corcho a la botella de vino blanco que uso para hacer mis huevos fritos. Le quemé la punta y me tizné la cara. No calculé que había que dejar enfriar el corcho, de modo que la doctora me dio una cremita de pancután para uso intensivo. Me cuesta explicarle a mis amigos cómo fue que me quemé las mejillas así en franjitas, pero como ellos ya me conocen ni me preguntan. Por suerte.

Pero la cuestión fue subiendo de tono: Cuando llegué a casa del hospital, el Boby lloraba frente al televisor mientras veía a Mirtha Legrand hablando de la pobreza. ¡Ah no! ¡¡¡¡Eso sí que no!!!! Esto merece un contrataque urgente.

Y la venganza no se hizo esperar: jueves, nueve de la noche, cadena nacional! El Boby comenzó con su proceso de implosión intestinal, pero cuando buscó la puerta para dirigirse a la casa del vecino a evacuar sus dudas, se la cerré con dos vueltas de llave, un candado, una traba de seguridad y cinta de enmascarar alrededor.

Por un momento pensé que iba a estallar. Por primera vez en muchos días, sentí pena por él. Pero se me pasó enseguida y lo dejé, qué tanto.

Sé que sólo gané una batalla. Ahora el picho anda con tránsito detenido. En algún momento tendré que abrirle la puerta. Tal vez en la cadena nacional de la semana que viene. Pero por ahora, la guerra continúa.

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