Quereme así piantao

Pobre la palabra

pobre-la-palabraEl hombre está parado en medio de la calle. Dirige el tránsito. Su tránsito. Es grande, alto y básicamente joven. Está siempre solo y lleva, orgulloso, una gorra de la gendarmería nacional atravesada con una banderita argentina.

por José Chiquito Moya

Lleva puesta la camiseta de River Plate sobre otras de distinta catadura, imitando a una cebolla. Se las arregla para lucir, todavía, un arnés fosforescente, de los que se usan para ser vistos de lejos. Los zapatos son, inevitablemente, borceguíes heredados de una obra de construcción. Su barba no pasa de una semana. El aire general inspira a un soldado sobreviviente, con ganas de seguir.

Cuelga de su boca un pito como los de los policías o los referís. Lo está usando cuando alza los brazos en perfecta cruz indicando detenerse, parar, doblar o vaya a saber qué maniobra necesaria. Profesional y pausadamente.

El hombre dirige el tránsito. Su tránsito.

Elige calles importantes, pero no las más importantes. Dirige por la Combate de San Lorenzo arriba, por la Abraham cerca del Mudon. Parece atraído por el cementerio.

Los conductores en general eligen no seguir sus indicaciones pensadas para aquel tránsito de no sabemos cuántas manos. Pero no lo molestan, no lo agraden, no lo ofenden. Y no hacen todo esto, no por temor a un desplante o agresión. Tampoco lo atacan desde la ignorancia o la invisibilidad. Eso sería imposible. Los conductores no lo molestan por “ser parte”.

Este hombre (del que no queremos saber su nombre) que nos dirige erráticamente un pedacito de mañana, también nos pertenece.

Nos obliga a pensar cómo veríamos la ciudad y la vida desde ese no lugar. Desde ese cruce de universos. Desde nuestra propias y no siempre tan expuestas longitudes y latitudes. Ese hombre nos recuerda a cómo seríamos si algún día nos animáramos a patear el tablero con nosotros adentro.

El hombre (que inventó a Piazzola) hace cruzar la calle a unos colegiales de la 197 que respetan sus enérgicas indicaciones. Los choferes también. Son esos ligeros puntos de caricia con los otros que aún no nos han podido arrancar y que el hombre teje con su pito y su manga blanca.

El hombre, siempre callado, alza la vista y reconoce en el cielo el avance de la mañana. Deja su puesto. Suelta el silbato y su tarea. Se aleja por la vereda hacia la otra parte de su vida reservada para él.

Los coches siguen avanzando, doblando y retrocediendo por la esquina de Combate y Abraham, pero ya no es lo mismo. Ahora estamos todos desamparados.

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