Ahora sé cómo curar al Boby cuando anda taponeta

Tema de la semana

el-tema-de-la-semanaDe tanto comer manices, el Boby quedó taponeta. Probé de todo, hasta que descubrí que la cadena nacional es más efectiva que la cadena del inodoro.

Por Qwert Poiuy

Esta que termina, fue una semana durísima para el Boby. Es que sin querer, el fiel salchicha se taponó y no hubo forma. Lo salvó la cadena nacional. Pero mejor les cuento la historia.

La odisea comenzó el fin de sàbado pasado, cuando golpearon a mi puerta unos chicos que -para bancar las actividades del grupo La Moto- vendían un frasquito de La Gotita.

La verdad es que no entendí la relación entre La Moto y La Gotita… pero como siempre fuí fanático de la banda del Rulo, no dudé más que quince minutos en meter la mano en el bolsillo y darle cinco pesos.

Cuando se fueron descubrí dos cosas: que el frasco de pegamento estaba vacio, y que esos cinco pesos, eran los últimos que me quedaban. El problema más grave era que no tenía comida almacenada, de modo que tuve que recurrir a todas esas latas y cajas de comida chatarra que tenía guardadas en la alacena del baño (Si: los toallones y los cotonetes los guardo en la alacena de la cocina. No me pregunten por qué).

Yo, por el Boby, cualquier cosa. Menos compartir la comida cuando hay poca. De modo que comencé a darle todo lo que yo no me atrevía a consumir: una nueces del tiempo de María Castaña; unos manices que compré para ir al zoológico en mi último viaje a Buenos Aires para la asunción de Alfonsín y unas galletas Manón que me quedaron de cuando iba a cuarto grado y me sentaba a ver Daktari.

Esa fue la dieta el fin de semana y el lunes. Resultado final: el pobre picho quedó taponeta taponeta. Lo sacaba al parque de la casa de al lado todas las mañanas, pero no había forma. Lo suyo ya no era tránsito lento: era un piquete de la Uatre, la Triple Cé, Evita Montonera, Barrios de Pie, Tupamaro y Fatlyf, todos juntos y en la puerta de salida.

Muchas veces he visto sufrir al Boby: cuando le tiré el piano de cola arriba; cuando lo atropellé con la cortadora eléctrica; cuando lo electrocuté con un cable de 380 voltios, o cuando le pasé con el Renól 11 por encima. Pero jamás lo vi tan mal como ahora.

El primer síntoma fue que dejó de comer las huevadas que le daba. El segundo, que dejó de comer. El tercero, que dejó. Se sentaba a mirar la tele y parecía uno de esos tigres de porcelana grandotes que tiene Susana Giménez en su casa al lado de la chimenea. No ladraba, no aullaba, no inclinaba la cabeza, no levantaba la patita. Nada.

Por un momento pensé que lo perdía, de modo que le até la punta de un hilo sisal al cogote, y la otra punta la agarré a la pata de la silla de mimbre. Por las dudas.

Si hubiera tenido dinero para comprarle un yogur Activia, lo compraba y me lo comía yo, porque a esa altura del partido él no comía pero yo me moría de hambre.

Tipo miércoles, el Boby rompió el silencio. Sus tripas comenzaron a clamar justicia. Primero fueron ruidos espasmódicos, discordantes y desafinados. Pero a los pocas horas el tipo ya tocaba la quinta sinfonía de Beethoven con efecto Sensorround.

El jueves la situación empeoró. Ya no parecía una cajita musical, sino la caja de cambios de un tractor John Deere del 67. Delicados sonidos del tipo pppprrraaaaaáá….gurguruguuururugu…….. tracalataratacatala…. y otros por el estilo, llenaron la casa.

Me asusté tanto que me prendí el televisor y puso el volumen a 12 (que es el máximo que indica mi control remoto Grunding, con ng porque es trucho). Sin embargo, el colon ascendente del Boby era un escándalo. La situación estaba a punto de estallar cuando de pronto…..¡cadena nacional!

El movimiento fue casi imperceptible, pero puedo jurar que la orejita izquierda del Boby se movió. Pude percibir de qué modo todos los músculos del picho se estremecían y contribuían a levantar su alicaída oreja. Era una señal de sorpresa, rabia, sobresalto. Esa orejita parecía decir: “¿Otra vez la Cristina en cadena nacional?”.

La capacidad de asombro del Boby es inconmensurable. Pero cuando apareció Grondona (el más facho…el que está siempre en la tele… ehh, ¡el mas gordo de los dos!) en la pantalla de la tele y en cadena nacional, sus entrañas sucumbieron. Fue como un temblor de catorce grados en la escala Mercalli modificada por el Boby, porque apenas tiene doce. Los ojitos se le inyectaron en sangre; empezó a hacer pucherito con el hocico, y levantó apenas tres milímetros su patita derecha.

Grondona y Cristina: 14 grados en la Mercalli
Grondona y Cristina: 14 grados en la Mercalli

Yo comprendí enseguida: me avalancé sobre la puerta de casa y el picho pasó como una tromba. Abrí la reja del vecino para que pudiera entrar al parque y cual saeta apurada, el Boby violó todas las leyes de la física, la termodinámica y del tránsito.

Cuando regresó pesaba nueve kilos menos. No se sentó a mi lado como hace habitualmente: prefirió quedarse parado y respeté su decisión. Ya Grondona había terminado su discurso sobre la democracia, los negociados y su infancia. Pero empezó Cristina comparando el negocio del fútbol con los 30 mil desaparecidos. El Boby me miró otra vez, y sin que mediara gesto alguno, volví a abrirle la puerta.

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