Martes 18 ago, 2009
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Ensayo sobre la tortura

otra-vista-social-cluExisten situaciones que no cambian con el tiempo. Situaciones que parecen contradecir la cualidad histórica propia que tienen todas las sociedades y las cosas, inmersas inevitablemente en el decurso temporal.

Por Pablo Scatizza

El tiempo no para, dice una voz, y es por ello que las gentes y las cosas se modifican, mutan, se corrompen. Son esas rupturas las que le dan al historiador un cebo irresistible para urgar entre ellas los procesos que se vuelven necesarios analizar, comprender y explicar.

Es cierto que las continuidades, los elementos que se repiten a lo largo del tiempo, son tan importantes e irresistibles como aquellas para quien decide mirar el pasado desde un presente que reclama explicación. Pero pocas son las cosas que parecen permanecer inmutables; no digo estáticas sino permanentes, repetidas, con apenas algunos toques sutiles que las vuelven más perfectas y peligrosas.

Una de ellas es la tortura; la aplicación de tormentos físicos y psíquicos en tanto dispositivo de poder, aplicados por instituciones estatales sobre personas privadas de su libertad.

Escuchar o leer los testimonios de los internos de la Alcaidía neuquina, la U11, cuando relatan las torturas y los tratos degradantes a los que a diario son sometidos, nos permite trazar un puente directo entre las crónicas inquisitoriales y las memorias de las víctimas de la última dictadura militar, pasando por las reconstrucciones históricas que dan cuenta de la aplicación de tormentos en cárceles y prisiones desde el mismo momento en que estas se convirtieron en el siglo XIX en el símbolo de la evolución del sistema punitivo.

Hasta entonces, la cara de la moneda -que siempre fue la misma- estaba volcada sobre el lado de la tortura y el confinamiento como forma de castigo y disciplinamiento, y con el avenimiento de la Modernidad sólo se volteó sobre sí misma al mostrar la cara de la prisión como institución disciplinadora dominante. Es decir, la moneda nunca cambió, y ni la tortura ni el confinamiento desaparecieron tras los muros carcelarios.

Es cierto que los fines con los que entonces y ahora se tortura no son los mismos, y que las tecnologías aplicadas al sufrimiento ajeno tuvieron una innegable evolución; no se trata tampoco de poner en un mismo plano los objetivos con los que sistemáticamente se les aplicó tormentos a quienes fueron secuestrados y retenidos en campos de concentración dictatoriales, con los que hoy tienen quienes torturan en las cárceles de Neuquén.

Pero la comparación es válida, porque salvo el indescriptible dolor que debe provocar la picana eléctrica -y que con los límites propios que impone el lenguaje los sobrevivientes de los campos de concentración pueden aún hoy describir-, el sufrimiento que hoy padecen los internos detenidos poco se diferencia al de aquellos y aquellas víctimas del terrorismo de Estado: Golpes en las plantas de los pies con varillas de hierro, apaleamiento, patadas, ahorcamientos, intoxicación con gas lacrimógeno, violaciones y submarino seco -tortura consistente en la provocación de asfixia por la colocación de una bolsa de nylon en la cabeza, mientra se golpea repetidamente en el abdomen al detenido- son sólo algunas de las formas de tormentos que los internos de las cárceles neuquinas sufren de manera sistemática.

Aquello era tortura. Esto lo es.

El pasado 31 de julio de 2009 la asociación Zainuco, que vela por los derechos de las personas privadas de la libertad, presentó dos recursos de amparo denunciando las pésimas condiciones de alimentación que sufren los internos de la U11, así como los apremios ilegales a los cuales sistemáticamente son sometidos.

Según la denuncia, a las personas allí detenidas la alimentación que se les sirve está en mal estado de conservación y cocción, es escasa, sin valor nutricional y en algunos casos adulterada con viruta de hierro y otras sustancias químicas no aptas para el consumo humano. Y son humanos, mal que les pese a las autoridades, a la policía y a los funcionarios, quienes terminan siendo cómplices por omisión al no hacer nada al respecto a pesar de estar bien informados sobre esta situación.

Y que están informados no cabe ninguna duda. En mayo de 2008, unas semanas antes de que se iniciara el primer juicio oral y público contra 28 policías acusados de tortura -juicio que finalmente no se realizó y que probablemente lo haga en el próximo mes de septiembre-, se creó una comisión intersectorial conformada por miembros de la APDH y Zainuco, y de los poderes Ejecutivo y Judicial de la provincia, con el fin de monitorear que se cumpliera con el marco protectorio de la integridad psicofísica de los internos testigos víctimas en la causa, caratulada “Zárate Ricardo y otros s/ torturas”, Expte 59/07.

El temor no era menor: aunque parezca absurdo, los mismos policías acusados de torturar a los internos eran -y son- quienes los “custodian” en la Alcaidía y comisarías provinciales. Y lo que se esperaba sucedió; o mejor dicho, continuó sucediendo. Tal como lo pudieron constatar los integrantes de dicha comisión, un gran número de internos que son testigos y víctimas en la causa no sólo continuaron sufriendo castigos, malos tratos y vejámenes de todo tipo, sino que las condiciones de detención tuvieron un marcado agravamiento.

En la U11, la reclusión en celdas de aislamiento -”buzones”- de los testigos víctimas se convirtió en moneda corriente, así como la irrupción repentina en las celdas por parte de los policías, en horas nocturnas para golpear hasta el cansancio a los internos incluso ahorcando a uno de ellos. Situación a la que se le suma traslados intempestivos a otras dependencias sin aviso a defensores ni familiares y manoseos y abusos a mujeres que acuden a la prisión a visitarlos, entre otras acciones vejatorias.

Y de todo esto fue informado el ministro de Justicia, Trabajo y Seguridad, Omar Pérez, así como el defensor del Tribunal Superior de Justicia, Alejandro Gavernet, el Fiscal Alberto Tribug y los jueces de la Cámara Criminal I y II. También fueron informados de cada una de las visitas que la comisión realizó a los pabellones de la Alcaidía, en la mayoría de las cuales se detectaron en los internos signos de golpes y malos tratos.

Pero ninguno hizo ni hace nada para que esta situación se revierta y no continúe sucediendo.

En mayo de 2009, Zainuco solicitó al presidente del TSJ, Oscar Massei que “disponga de medidas eficientes para la protección de los testigos de la causa (Zárate Ricardo y otros s/torturas), en la medida en que la mayoría de ellos son personas privadas de su libertad que como tales se encuentran bajo la custodia del personal policial que revista en las diferentes unidades de detención de nuestra provincia”. En dicha solicitud, se le informó a Massei acerca de diez causas penales que en el último año se iniciaron en la justicia neuquina, en las que se investiga la comisión de delito de apremios ilegales cometidos por personal policial en contra de diferentes testigos de la causa.

Es decir: el Ministro Omar Perez lo sabe -por ende también lo saben el gobernador Jorge Sapag y la vice gobernadora Ana Pechén-, lo sabe el defensor Alejandro Gavernet, lo sabe el Fiscal Alberto Tribug y lo sabe el vocal del TSJ Oscar Massei… Todos están al tanto de que en las cárceles neuquinas se tortura. Todos están al tanto de cómo se realizan estas torturas. Todos conocen quiénes son los que las realizan.

Pero nadie hace nada.

Y la omisión implica complicidad. Especialmente cuando son funcionarios públicos quienes omiten, quienes miran para otro lado, quienes no escuchan.

Funcionarios que saben muy bien que la pena que una persona debe soportar por haber cometido un delito, cualquiera que este sea, es únicamente la privación de la libertad. Ni más ni menos que eso. Y el que sea moneda corriente los malos tratos, los golpes, la mala alimentación y la tortura no implica que estas acciones puedan volverse legítimas. Son ellos, los funcionarios de los poderes Ejecutivos y Judicial los responsables de que eso no suceda, a partir de acciones concretas que pongan freno a una situación que desde hace años es insostenible.

Como lo fue hace 200 años, cuando en Occidente la tortura dejó paso a la reclusión en tanto dispositivo de castigo, disciplinamiento y control; tan insostenible como en nuestro país lo fue durante la última dictadura militar, cuando la tortura se convirtió en el protagonista principal del horror genocida desatado sobre toda la sociedad.

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2 Comments

  1. Julio dice:

    Si los funcionarios no hacen nada por los que están afuera, menos van a hacer por los que están adentro. Dice la constitución que las cárceles son para la resocialización y no para el castigo de los que estan presos, pero en ninguna parte eso se cumple, y por eso salen peor de lo que entraron. Ydespués piden más seguridad…….

  2. […] de personalidades y organizaciones nacionales- exigió hoy a través de una nota el cese de las torturas que se cometen en la Unidad de Detención 11 de esta provincia. Además, reclamó que no se […]

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