Ahora sé qué voy a hacer con mi Renól 11

Tema de la semana

el-tema-de-la-semanaEsta semana comenzó el estacionamiento medido. Con tanto aviso de Mariano y Farizano, pensé que era una promesa de campaña.

Por Qwert Poiuy

Hay semanas en las que no debería salir afuera. Si, es cierto que uno tiene que salir a trabajar para ganarse la plata mensual y el cuarto de aguinaldo sapagista. Pero así como existe el día femenino y el día por trámites, también debería existir la semana de prevención de la mala suerte.

Como no existe, tuve que salir a la calle y todo me fue de peor en mucho peor. El lunes –para arrancar- salí de casa temprano con el Renól 11 (sin la t del final, porque me la afanaron los pibes de la esquina. Los mismos que me ponen en el capó: Labate susio).

Lo empujé dos cuadras nada más y me fui al centro a laburar. Lo estacioné –como siempre- frente a la rampa de discapacitados justo en la esquina de Hevia Sport, y me fui tranquilo a hacer lo mio.

Volví al mediodía y me encontré con once papelitos amarillos en el parabrisas. El pilón era tan grande que me quebró el limpia parabrisas. ¿Qué pasó? ¿Qué es eso? ¿Y adónde está mi derecho a estacionar libremente? Pregunté indignado.

“Es que a partir del 3 de agosto comenzó a funcionar el estacionamiento medido”, me indicó un zorro gris, que de zorro no tenía nada y de gris, los lompas y las medias.

–         Yo no me enteré.

–         ¿No vio el aviso de la municipalidad?

–         ¿Cuál? ¿El que dice Vaaaaaa…. Mariano vaaaaaa?

–         No no, el otro.

–         ¡Ah! ¿El que sostiene que “Juuuuuuntooooos”?

–         No, tampoco. Ese de: el lunes 3 de agosto comienza el estacionamiento medido.

–         No. Eso no lo vi. ¿Cuándo arrancó el aviso?

–         El 4.

–         Ah. Pero las elecciones son el 23 de agosto.

–         Si, pero es domingo y los domingo no hay estacionamiento medido.

–         ¡Ha visto! Entonces ¿qué hago?

–         Vaya y vote.

–         ¿Por quién?

–         Pague, quise decir. ¡Vaya y pague la multa!

El martes a las ocho de la mañana estaba en el Tribunal de Faltaba Mas. Había mas gente que en la cola del Operación Triunfo. Yo tenía el 600 e iban por el 3. Una mujer se quejaba porque le habían hecho una multa porque no tenía encima el último recibo de pago de patente cuando andaba en la Mondial 125 por la avenida Argentina con su esposo Raian Riquelme, su hija Katy, su hijo Kevin y su nieto Osmar a upa y sin casco.

–         ¿No es peligroso andar todos juntos? Le pregunté.

–         No, porque nosotros vamos como los de la Brigada Blanca. ¿Si ellos –que son de la Federal- pueden andar así, por qué nosotros no?

Los Riquelme pasiando en moto por la Olascoaga
Los Riquelme pasiando en moto por la Olascoaga

Otro tipo, el del 130, protestaba porque un inspector lo infraccionó porque le faltaba una luz de guiño izquierdo mientras circulaba en su Fiat 1500 té con leche por la avenida del Trabajador a 140 kilómetros por hora a causa de la falta de freno.

–         ¡Es injusto! Si no tengo luz de guiño es –sencillamente- porque el Fiat no tiene trompa. Me afanaron la parrilla, las luces y hasta el radiador. ¿Y sabe por qué?

–         No tengo ni idea, espeté.

–         Porque hay más zorros grises que policías. Queremos más policías y menos zorros. ¡Jus-ti-cia, Jus-ti-cia!

Enseguida todos empezaron a corear la misma frase e incluso una parejita de chicos que estaba en el corner del salón tomando un Vascolé, levantó una pancarta que decía: “Los chicos tenemos derecho a tener cuatriciclo”.

–         No entiendo tu cartel, le dije al pibe que se chupaba los mocos verdes.

–         Pasa que me hicieron una multa por manejar mi cuatri Kawasaki 1100 sin antiparras reglamentarias.

–         Perdón, pero ¿Cuántos años tenés?

–         Once. Pero el cuatri me lo regaló mi viejo cuando cumplí 9.

–         No hay derecho.

–         Eso digo: no hay derecho. ¡Aguante la 2302!

Yo, la verdad, es que me iba a quejar para no tener que pagar. Pero a esa altura de los acontecimientos me sentía deprimido. Así que pagué las once multas, volví a casa, agarré el Renól 11, le desconecté la batería y le puse una frezada verde que me afané cuando hice la colimba arriba del asiento. Lo llamé al Boby y le dije:

–         Tomá Boby, acá tenés tu cucha nueva. Usala responsablemente. Ponete el cinturón de seguridad y –por favor- no hables por celular mientras apolillás.

El Boby me miró. Inclinó la cabeza once grados hacia la derecha y comprendí –inmediatamente-  que quería doblar.

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