Sentipensante, para el fin de semana

POPURRI, Senti Pensante

senti-pensanteMuchas veces nos han perseguido con la culpa. Por suerte somos ateos a cualquier religión que nos señale como culpables. Un hallazgo que clarificó en mucho sobre cómo actuar en la vida, fue este capítulo del Libro “Viaje a Ixtlan” de Carlos Castaneda. La idea central es que uno debe hacerse responsable, no echar culpas ni sentirse “como una hoja al viento”, sino que cada uno puede cabalgar su propio destino.

Por Mamboretá

Capítulo V

HACERSE RESPONSABLE (*)

Martes, abril 11, 1961

Llegué a casa de don Juan temprano en la mañana del domingo 9 de abril.

-Buenos días, don Juan -dije-. ¡Qué gusto me da verlo!

ÉL me miró y echó a reír suavemente. Se había acercado a mi coche cuando yo lo estacionaba, y man­tuvo la puerta abierta mientras yo reunía unos paquetes de comida que le llevaba.

Caminamos hasta la casa y nos sentamos junto a la puerta.

Ésta era la primera vez que yo tenía verdadera conciencia de lo que hacía allí. Durante tres meses había aguardado con impaciencia el retorno al “cam­po”. Fue como si una bomba de tiempo puesta den­tro de mí hubiera estallado, y de pronto recordé algo que me era trascendente. Recordé que una vez en mi vida había sido muy paciente y eficaz.

Antes de que don Juan pudiese decir algo, le hice la pregunta que pesaba sobre mi mente. Llevaba tres meses obsesionado por la imagen del halcón albino. ¿Cómo supo él de eso, cuando yo mismo lo había olvidado?

Rió sin responder. Imploré que me contestara.

-No fue nada -dijo con su convicción de costumbre-. Cualquiera puede darse cuenta de que eres extraño. Estás adormilado, eso es todo.

Sentí que nuevamente estaba minando mis defensas y empujándome a un rincón donde yo no tenía de­seos de hallarme.

-¿Es posible ver nuestra muerte? -pregunté, en un intento por seguir dentro del tema.

-Claro -dijo riendo-. Está aquí con nosotros.

-¿Cómo lo sabe usted?

-Soy viejo; con la edad uno aprende toda clase de cosas.

-Yo conozco mucha gente vieja, pero jamás ha aprendido esto. ¿Por qué usted sí?

-Bueno, digamos que conozco toda clase de cosas porque no tengo historia personal, y porque no me siento más importante que ninguna otra cosa, y por­que mi muerte está sentada aquí conmigo.

Extendió el brazo izquierdo y movió los dedos como si en verdad acariciara algo.

Reí. Supe a dónde me llevaba. El viejo endemo­niado iba a apalearme de nuevo, probablemente con lo de mi importancia, pero esta vez no me molestaba. El recuerdo de haber tenido otrora una paciencia magnifica me llenaba de una extraña euforia tranqui­la que disipaba casi por entero mi nerviosismo y mi intolerancia hacia don Juan; lo que sentía en vez de eso era una cierta maravilla por sus actos.

-¿Quién es usted en realidad? -pregunté.

Pareció sorprenderse. Abrió desmesuradamente los ojos y parpadeó como un ave, bajando los párpa­dos como un obturador. Bajaron y subieron de nue­vo y los ojos conservaron su enfoque. La maniobra me sobresaltó; me eché hacia atrás, y él rió con abandono infantil.

-Para ti soy Juan Matus, y estoy a tus órdenes -dijo con exagerada cortesía.

Formulé entonces mi otra pregunta candente:

-¿Qué me hizo usted el primer día que nos vimos?

Me refería a la forma en que me miró.

-¿Yo? Nada -repuso en tono de inocencia.

Le describí cómo me había sentido cuando él me miró, y lo incongruente que para mí resultó el que eso me dejara mudo.

Rió hasta que las lágrimas rodaron por sus meji­llas. Volví a sentir un brote de animosidad hacia él. Pensé que, mientras yo era tan serio y considera­do, él se porta muy “indio” con sus modales bastos.

Pareció darse cuenta de mi estado de ánimo y dejó de reír de un momento a otro.

Tras un largo titubeo le dije que su risa me había molestado porque yo trataba seriamente de entender qué cosa me ocurrió.

-No hay nada que entender -repuso, impasible.

Le repasé la secuencia de hechos insólitos que ha­bían tenido lugar desde que lo conocí, empezando con la mirada misteriosa que me había dirigido, has­ta el recuerdo del halcón albino y el percibir en el peñasco la sombra que según él era mi muerte.

-¿Por qué me hace usted todo esto? -pregunté.

No había beligerancia en mi interrogación. Sólo tenía curiosidad de saber por qué me lo hacía a mí en particular.

-Tú me pediste que te enseñara lo que sé de las plantas -dijo.

Noté en su voz un matiz de sarcasmo. Sonaba como si estuviera siguiéndome la corriente.

-Pero lo que me ha dicho hasta ahora no tiene nada que ver con plantas -protesté.

Su respuesta fue que aprender sobre ellas tomaba tiempo.

Sentí que era inútil discutir con él. Tomé con­ciencia entonces de la idiotez total de los propósitos fáciles y absurdos que me había hecho. En mi casa, me prometí nunca más perder los estribos ni irri­tarme con don Juan. Pero ya en la situación real, ape­nas me sentí desairado tuve otro ataque de malhu­mor. Sentía que no había manera de interactuar con él y eso me llenaba de risa.

-Piensa ahora en tu muerte -dijo don Juan de pronto-. Está al alcance de tu brazo. Puede tocar­te en cualquier momento, así que de veras no tienes tiempo para pensamientos y humores de cagada. Nin­guno de nosotros tiene tiempo para eso.

“¿Quieres saber qué te hice el día que nos conoci­mos? Te vi, y vi que tú creías que estabas mintien­do. Pero no lo estabas, en realidad.”

Le dije que esta explicación me confundía más aún. Repuso que ése era el motivo de que no quisiera explicar sus actos, y que las explicaciones no eran necesarias. Dijo que lo único que contaba era la acción, actuar en vez de hablar.

Sacó un petate y se acostó, apoyando la cabeza en un bulto. Se puso cómodo y luego me dijo que ha­bía otra cosa que yo debía realizar si verdaderamente quería aprender de plantas.

-Lo que andaba mal contigo cuando te vi, y lo que anda mal contigo ahora, es que no te gusta aceptar la responsabilidad de lo que haces -dijo despa­cio, como para darme tiempo de entender sus pala­bras-. Cuando me estabas diciendo todas esas cosas en la terminal, sabías muy bien que eran mentiras. ¿Por qué mentías?

Expliqué que mi objetivo había sido hallar un “informante clave” para mi trabajo.

Don Juan sonrió y empezó a tararear una tonada.

-Cuando un hombre decide hacer algo, debe ir hasta él fin -dijo-, pero debe aceptar responsabilidad por lo que hace. Haga lo que haga, primero debe saber por qué lo hace, y luego seguir adelante con sus acciones sin tener dudas ni remordimientos acerca de ellas.

Me examinó. No supe qué decir. Finalmente aven­turé una opinión, casi una protesta.

-¡Eso es una imposibilidad! -dije.

Me preguntó por qué y dije que acaso, idealmente, eso era lo que todos pensaban que debían hacer. En la práctica, sin embargo, no había manera de evitar la duda y el remordimiento.

Claro que hay manera -repuso con convicción.

-Mírame a mí -dijo-. Yo no tengo duda ni re­mordimiento. Todo cuanto hago es mi decisión y mi responsabilidad. La cosa más simple que haga, llevarte a caminar en el desierto, por ejemplo, puede muy bien significar mi muerte. La muerte me acecha. Por eso, no tengo lugar para dudas ni remordimien­tos. Si tengo que morir como resultado de sacarte a caminar, entonces debo morir.

“Tú, en cambio, te sientes inmortal, y las decisio­nes de un inmortal pueden cancelarse o lamentarse o dudarse. En un mundo donde la muerte es el cazador, no hay tiempo para lamentos ni dudas, amigo mío. Sólo hay tiempo para decisiones.”

-Argumenté, de buena fe, que en mi opinión ése era un mundo irreal, pues se construía arbitraria­mente, tomando una forma idealizada de conducta y diciendo que ésa era la manera de proceder.

Le narré la historia de mi padre, que solía lanzarme interminables sermones sobre las maravillas de mente sana en cuerpo sano, y cómo los jóvenes de­bían templar sus cuerpos con penalidades y con ha­zañas de competencia atlética. Era un hombre joven: cuando yo tenía ocho años él andaba apenas en los veintisiete. Por regla general, durante el verano, lle­gaba de la ciudad, donde daba clases en una escuela, a pasar por lo menos un mes conmigo en la granja de mis abuelos, donde yo vivía. Era para mí un mes infernal. Conté a don Juan un ejemplo de la con­ducta de mi padre, el cual me pareció aplicable a la situación inmediata.

Casi inmediatamente después de llegar a la granja, mi padre insistía en dar un largo paseo conmigo, para que pudiéramos hablar, y mientras hablábamos hacía planes para que fuésemos a nadar todos los días a las seis de la mañana. En la noche, ponía el despertador a las cinco y medía para tener tiempo suficiente, pues a las seis en punto debíamos estar en el agua. Y cuando el reloj sonaba en la mañana, él saltaba del lecho, se ponía los anteojos, iba a la ventana y se asomaba.

Yo incluso había memorizado el monólogo subsi­guiente.

-Hum… Un poco nublado hoy. Mira, voy a acostarme otros cinco minutos, ¿eh? ¡No más de cinco! Sólo voy a estirar los músculos y a despertar del todo.

Invariablemente se quedaba dormido hasta las diez, a veces hasta mediodía.

Dije a don Juan que lo que me molestaba era su ne­gación a abandonar sus resoluciones obviamente falsas. Repetía este ritual cada mañana, hasta que yo final­mente hería sus sentimientos rehusándome a poner el despertador.

-No eran resoluciones falsas -dijo don Juan, evi­dentemente tomando partido por mi padre-. Nada más no sabía cómo levantarse de la cama, eso era todo.

-En cualquier caso -dije-, siempre recelo de las resoluciones irreales.

-¿Cuál sería entonces una resolución real? -pre­guntó don Juan con leve sonrisa.

-Si mi padre se hubiera dicho que no podía ir a nadar a las seis de la mañana, sino tal vez a las tres de la tarde.

-Tus resoluciones dañan el espíritu -dijo don Juan con aire de gran seriedad.

Me pareció incluso percibir, en su tono, una nota de tristeza. Estuvimos callados largo tiempo. Mi in­quina se había desvanecido. Pensé en mi padre.

-No quería nadar a las tres de la tarde. ¿No ves? -dijo don Juan.

Sus palabras me hicieron saltar.

Le dije que mi padre era débil, y lo mismo su mun­do de actos ideales jamás ejecutados. Hablé casi a gritos.

Don Juan no dijo una sola palabra. Sacudió la ca­beza lentamente, en forma rítmica. Me sentí terriblemente triste. El pensar en mi padre siempre me afligía.

-Piensas que tú eras más fuerte, ¿verdad? -pre­guntó él en tono casual.

Le dije que sí, y empecé a narrarle toda la turbu­lencia emotiva que mi padre me hizo atravesar, pero él me interrumpió.

¿Era malo contigo? -preguntó.

-No.

-¿Era mezquino -contigo?

-No.

-¿Hacía por ti todo lo que podía?

-Si.

-¿Entonces qué tenía de malo?

De nuevo empecé a gritar que era débil, pero me contuve y bajé la voz. Me sentía un poco ridículo ante el interrogatorio de don Juan.

-¿Para qué hace usted todo esto? -dije-. Se su­pone que deberíamos estar hablando de plantas.

Me sentía más molesto y deprimido que nunca. Le dije que él no tenía motivo alguno, ni la más mínima capacidad, para juzgar mi conducta, y estalló en una carcajada.

-Cuando te enojas siempre te crees en lo justo, ¿verdad? -dijo, y parpadeó como ave.

Estaba en lo cierto. Yo tenía la tendencia a sen­tirme justificado por mi enojo.

-No hablemos de mi padre -dije-, fingiendo buen humor-. Hablemos de plantas.

-No, hablemos de tu padre -insistió él-. Ése es el sitio donde hay que comenzar hoy. Si piensas que eras mucho más fuerte que él, ¿por qué no ibas a nadar a las seis de la mañana en lugar suyo?

Le dije que no podía creer que me estuviera preguntando eso en serio. Siempre había pensado que nadar a las seis de la mañana era asunto de mi padre, no mío.

-También era asunto tuyo desde el momento en que aceptaste su idea -dijo don Juan con brusquedad.

Repuse que nunca la había aceptado, que siempre había sabido que mi padre no era veraz consigo mismo. Don Juan me preguntó, como si tal cosa, por qué no había yo expresado entonces mis opiniones.

-Uno no le dice esas cosas a su padre -dije, en débil explicación.

-¿Por qué no?

-Eso no se hacía en mi casa, es todo.

-Tú has hecho cosas peores en tu casa -declaró como un juez desde el tribunal-. Lo único que nun­ca hiciste fue lustrar tu espíritu.

Sus palabras, llenas de fuerza devastadora, resonaron en mi mente. Derribó todas mis defensas. No podía yo discutir con él. Tomé refugio en la escritura de mis notas.

Intenté una última explicación desvaída y dije que toda mi vida había encontrado gente como mi padre, que al igual que él me habían metido de algún modo en sus maquinaciones, y por lo general me dejaron colgado.

-Lamentos -dijo él con suavidad-. Te has lamentado toda tu vida porque nunca te haces responsable de tus decisiones, si te hubieras hecho responsable de la idea que tu padre tenía que nadar a las seis de la mañana, habrías nadado tú solo en caso necesario, o lo hubieras mandado a callar la primera vez que abrió la boca cuando ya conocías sus mañas. Pero no dijiste nada. Por tanto, eras tan débil como tu padre.

“Hacernos responsables de nuestras decisiones sig­nifica estar dispuestos a morir por ellas.”

-¡Espere, espere -dije-. Está usted enredando todo.

No me dejó terminar. Yo iba a decirle que sólo había usado a mi padre como ejemplo de una forma irreal de actuar, y que nadie en su sano juicio esta­ría dispuesto a morir por una cosa tan idiota.

-No importa cuál sea la decisión -dijo él-. Na­da podría ser más ni menos serio que ninguna otra cosa. ¿No ves? En un mundo donde la muerte es el cazador no hay decisiones grandes ni pequeñas. Sólo hay decisiones que hacemos a la vista de nuestra muerte inevitable.

No pude decir nada. Transcurrió quizás una hora. Don Juan se hallaba perfectamente inmóvil sobre su petate, aunque no dormía.

-¿Por qué me dice usted todo esto, don Juan? -pregunté-. ¿Por qué me hace esto?

-Tú viniste conmigo -dijo él-. No, no fue ése el caso: te trajeron conmigo. Y yo tengo un gesto contigo.

-¿Cómo dice usted?

-Tú habrías podido tener un gesto con tu padre nadando en su lugar, pero no lo hiciste, a lo mejor porque eras demasiado joven. Yo he vivido más que tú. No tengo nada pendiente. No hay ninguna pri­sa en mi vida, por eso puedo tener contigo un gesto como es debido.

En la tarde salimos de excursión. Mantuve con faci­lidad su paso y me maravillé nuevamente de su estu­penda condición física. Caminaba con tanta agilidad, y con pisada tan firme, que junto a él yo era como un niño. Fuimos más o menos hacia el este. Noté que no le gustaba hablar mientras caminábamos. Si yo le decía algo, se detenía para responderme

Tras un par de horas llegamos a un monte; tomó asiento y me hizo seña de sentarme a su lado. En tono de dramatismo paródico, anunció que iba a contarme un cuento.

Dijo que había una vez un joven, un indio deshe­redado que vivía entre los blancos, en una ciudad. No tenía casa, ni parientes, ni amigos. Había llega­do a la ciudad en busca de fortuna y sólo encontró miseria y dolor. De vez en cuando ganaba algunos centavos trabajando como mula: apenas lo bastante para un bocado; de lo contrario tenía que mendigar o robar comida.

Don Juan dijo que cierto día el joven fue al mer­cado. Caminó ofuscado de un lado a otro de la calle, con los ojos locos de ver todas las cosas buenas allí reunidas. Sufría tal frenesí que no veía por dónde caminaba, y terminó tropezando con unas canastas y cayendo encima de un anciano.

El viejo llevaba cuatro enormes guajes y acababa de sentarse a comer y descansar. Don Juan sonrió con aire sapiente y dijo que al anciano le pareció muy raro que el joven hubiese tropezado con él. No se enojó por la molestia; lo asombraba el porqué es­te joven en particular le había caído encima. El jo­ven, en cambio, estaba enojado y le dijo que se qui­tara del paso. Para nada le preocupaba la razón recóndita del encuentro. No había advertido que los caminos de arribos se habían cruzado.

Don Juan imitó los movimientos de quien persi­gue un objeto que rueda. Dijo que los guajes del anciano cayeron y rodaban calle abajo. Al verlos, el joven pensó haber hallado su comida para ese día.

Ayudó al viejo a levantarse e insistió en ayudarlo a cargar los pesados guajes. El viejo le dijo que iba camino a su casa en las montañas, y el joven insistió en acompañarlo, por lo menos parte del camino.

El viejo tomó el camino a las montañas, y mien­tras caminaban dio al joven parte de la comida que había comprado en el mercado. El joven comió hasta llenarse y, ya satisfecho, empezó a notar cuánto pe­saban los guajes y los aferró con fuerza.

Don Juan abrió los ojos y sonrió diabólicamente al decir que el joven preguntó: “¿Qué lleva usted en estos guajes?” El anciano, en vez de responder, le dijo que iba a mostrarle un compañero que podía aliviar sus penas y darle consejo y sabiduría en los caminos del mundo.

Don Juan hizo un gesto majestuoso con ambas ma­nos y dijo que el anciano hizo venir al venado más hermoso que el joven había visto en su vida. El ve­nado era tan manso que se acercó a él y caminó en torno suyo. Resplandecía y brillaba. El joven, cauti­vado, supo en el acto que se trataba de un “espíritu venado”. El viejo le dijo que, si deseaba tener ese amigo y su sabiduría, lo único que debía hacer era soltar los guajes.

La sonrisa de don Juan expresó ambición; dijo que los deseos mezquinos del joven se avivaron al oír tal petición. Los ojos de don Juan se hicieron pequeños y diabólicos cuando prestó voz a la pre­gunta del joven: “¿Qué lleva usted en estos cuatro guajes enormes?”

El anciano, dijo don Juan, repuso serenamente que llevaba comida: pinole y agua. Don Juan dejó de narrar la historia y caminó en circulo un par de veces. Yo no supe qué estaba haciendo. Pero apa­rentemente era parte de la historia. El círculo pare­cía representar las deliberaciones del joven.

Don Juan dijo que, por supuesto, el joven no creyó una sola palabra. Calculó que si el viejo, quien obviamente era un brujo, se hallaba dispuesto a dar un “espíritu venado” a cambio de sus guajes, éstos debían estar llenos de un poder más allá de lo ima­ginable.

Don Juan contrajo nuevamente su rostro en una .sonrisa demoniaca y dijo que el joven declaró que deseaba quedarse con los guajes. Hubo una larga pausa que al parecer marcaba el final del cuento. Don Juan permaneció callado, pero me sentí seguro de que deseaba una pregunta mía, y la hice.

-¿Qué pasó con el joven?

-Se llevó los guajes -repuso él con una sonrisa de satisfacción.

Hubo otra larga pausa. Reí. Pensé que éste había sido un verdadero “cuento de indios”.

Los ojos de don Juan brillaban; me sonreía. La circundaba un aire de inocencia. Empezó a reír en suaves estallidos y me preguntó:

-¿No quieres saber de los guajes?

-Claro que quiero saber. Creí que allí acababa el cuento.

-Oh no -dijo con una luz maliciosa en los ojos-. El joven tomó sus guajes y corrió a un sitio aparta­do y los abrió.

-¿Qué halló? -pregunté.

Don Juan me observó y tuve el sentimiento de que se hallaba al tanto de mi gimnasia mental. Me­neó la cabeza, riendo por lo bajo.

-Bueno -lo insté-. ¿Estaban vacíos los guajes?

-Sólo había pinole y agua adentro de los guajes -dijo él-. Y el joven, en un arranque de furia, los rompió contra las piedras.

Dije que su reacción era natural: cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo.

La respuesta de don Juan fue que el joven era un tonto que no sabía lo que andaba buscando. Igno­raba lo que era el “poder”, de modo que no podía decir si lo había encontrado o no. No se hizo res­ponsable de su decisión, por ello lo enfureció su error. Esperaba ganar algo y en vez de ello no obtu­vo nada. Don Juan especuló que, si yo hubiera sido el joven y hubiese seguido mis inclinaciones, me ha­bría entregado a la furia y al remordimiento para, sin duda, pasar el resto de mi vida compadeciéndome por lo que había perdido.

Luego explicó la conducta del viejo. Astutamente, alimentó al joven para darle el “valor de un estóma­go lleno”, de modo que el joven, al hallar sólo co­mida en los guajes, los rompió en un arrebato de ira.

-Si hubiera estado consciente de su decisión y se hubiera hecho responsable de ella -dijo don Juan-, se habría dado por bien satisfecho con la comida. Y a lo mejor hasta se hubiera dado cuenta de que esa comida también era poder.

(*)EXTRACTO DEL LIBRO “VIAJE A IXTLAN” de Carlos Castaneda.

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