Ricitos de Oro: el cashmere que se lleva el viento

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En la zona norte de Neuquén, un potencial recurso productivo de alrededor de 2.5 millones de pesos se vuela cada año por las áridas montañas de la región. Allí, es criado desde hace más de 100 años el tan afamado “chivo criollo”, portador de un tipo de lana sólo producido en Mongolia, China y Nueva Zelanda: el cashmere.

Para conocer sobre el tema, fuimos hasta Chos Malal y conversamos con un especialista en el tema. (Abril de 2005)

Textos: Pablo Scatizza+Joaquín Boudet.

Fotos: Jorge Ariza. (Enviados y regresados especiales)

El silencio resuena sobre la Ruta 40, a 382 kilómetros de la capital neuquina. Sólo lo interrumpe el silbido de una ráfaga de viento ó el agua de un arroyo estrellándose contra las piedras. La suntuosidad del paisaje impacta: la Cordillera del Viento exhibe sus picos más altos cubiertos por nieve que resiste el deshielo; el cerro Wayle alcanza la altura del sol que empieza a esconderse a su costado; los surcos hechos por los arañazos del tiempo sobre las montañas más bajas se desdibujan entre las sombras; y el cashmere, una de las fibras más cotizadas en el mercado de la moda, vuela por cada rincón sin que los crianceros puedan recolectarla del cuero de sus chivos y venderla por más de 2,5 millones de pesos anuales en el exterior.

Aquí, en Chos Malal, el uso de esta fibra que los especialistas en moda denominan “la lana de ensueño”, está desaprovechándose desde hace trece años cuando se descubrió que estaba en el vellón de los chivos criados en la zona norte.

“Vender el cashmere en el extranjero no le va a llenar la olla a los crianceros, pero puede darles un buen puchero”, puntualizó Marcelo Pérez Centeno, jefe de la Agencia de Extensión Rural del INTA Bariloche, y uno de los ingenieros del organismo nacional que participó del estudio que descubrió la fibra en los animales.

¿Qué es el cashmere? Es una fibra de entre cinco y diez centímetros de largo que crece sobre el cuero de los chivos. La caracteriza una suavidad extrema, motivo por el que es utilizada en la confección de prendas de vestir  de alta calidad. La mayor parte de la producción mundial es obtenida de cabras originarias de Mongolia, y en el mercado internacional cotiza hasta 60 dólares el kilo. Este año fue la vedette en las presentaciones hechas por diseñadores de moda en Miami, y comenzó a utilizarse también en el diseño de almohadones, carteras y zapatos  (ver Súper Top).

La raza criolla

El estudio en el que participó Pérez Centeno reveló que el 86% de los chivos de raza criolla, que constituye la mayoría en la provincia, tiene cashmere. Según estimaciones que surgieron tras la investigación a cada animal se le podrían extraer entre 50 y 200 gramos. Los 350.000 chivos que habitan la zona norte estarían en condiciones de producir en conjunto alrededor de 20.000 kilos  anuales  por un valor de 2,5 millones de pesos anuales en ventas al exterior, a un promedio de 45 dólares por kilo de cashmere.

La forma de recolectarla es mediante el peinado de los animales durante la época en la que pelechan (a partir de agosto). En principio se evaluó la posibilidad de extraerla mediante la esquila, pero el ciclo coincide con el de parición y podría poner en riesgo la vida de las hembras y las crías.  El peine fue confeccionado en base a un modelo similar al utilizado por los crianceros de Mongolia, que proporcionó el científico Phil Sponneberg.

El descubrimiento fue hecho en 1992. Cinco años después el INTA Bariloche, junto al municipio de Chos Malal y la delegación local del ministerio de Producción, implementaron el Proyecto Regional sobre Recursos Genéticos para evaluar los aspectos productivos, reproductivos, genéticos y sanitarios de los animales. Esta iniciativa, en la que estuvo Pérez Centeno, fue la que permitió profundizar los conocimientos sobre las características del cashmere y elaborar un mecanismo para comercializarlo.

A pesar del hallazgo, y el valor agregado que representa para los crianceros, el gobierno provincial actuó con indiferencia. “La ingeniería para obtener la fibra la tenemos; el problema es que no le interesa a nadie”, indicó Pérez Centeno. “Se vuelan anualmente entre 20 y 30 mil kilos de cashmere. En bruto, representan alrededor de un millón de dólares. Podría ser mucho más dinero si se lo trabaja mediante el desarrollo de la industria artesanal o textil. Hoy Argentina importa el Cashmere desde China, Mongolia, Nueva Zelanda. El negocio es enorme, pero se lo está desaprovechando”, explicó.

Marcelo Pérez Centeno hizo su Maestría en Desarrollo Rural en la Universidad de Toulouse (Francia), y actualmente se encuentra realizando su tesis doctoral sobre los crianceros de la zona norte.

En la actualidad, sólo 15 de alrededor de 1.700 crianceros que habitan la zona norte están trabajando en la producción de cashmere. A través de financiación del programa nacional PAN GTZ otorgada en noviembre del año pasado, y en colaboración con la Asociación de Crianceros de Curaco-Balsa Huitrín, se realizaron siete capacitaciones en destinadas a crianceros de Tricao Malal, Leuto Ceballo, Lonco Vaca y Cochico (departamento de Chos Malal); Huantraico, Curaco (Pehuenches) y Butalón Norte (Minas). Entre septiembre y diciembre pasado fueron recolectados y enviados 20 kilos de la fibra a mercados internacionales para su evaluación. El resto, al igual que en los años anteriores, se voló.

Un panorama sombrío

Pérez Centeno también conversó con (8300) sobre otros aspectos que caracterizan a la zona norte, como su histórica dedicación a la crianza de animales. “La actividad central de producción es y fue la crianza de animales. En  el ‘58 irrumpe el Estado provincial y no produce un gran impacto hasta mediados de los ‘80”.

¿Y cuál es la característica de este sistema de producción que estuvo vigente hasta los ‘80?

Lo que se da es un cambio en el destino de la comercialización de la producción. Históricamente, la actividad de los indígenas era con Chile porque había más población en esa época. Nuestra actividad comercial se basaba en la trashumancia, en la crianza de animales mayores y menores; en esa época la producción principal estaba en la cría de vacunos. Y continúa así hasta la década del ‘50 que se produce esa fractura. (La Dra. en Historia de la UNCo, Susana) Bandieri ha hecho un trabajo sobre todo eso, sobre el proceso de construcción de los dos Estados nacionales: el chileno tratando de fortalecer a su sector ganadero y el argentino tratando de construir su mercado interno y su industria con una  orientación neta orientada hacia el atlántico. Cuando se produce eso, lo que ocurre en la región es un proceso de fractura interna, de migración

¿Cuándo ocurre esta fractura?

En los ‘60. Arranca en los ‘50 cuando se produce el cierre de la frontera con Chile, y simultáneamente se da el desarrollo del petróleo en la zona de Cutral Có y de la fruticultura en la zona central del Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Entonces hay un polo de atracción bastante cercano en la región, y es de acá de donde sale gran parte de la población que va a dar a esas regiones. En esa época, post creación del Estado provincial, comienzan a hacerse efectivas -entre comillas- las políticas públicas de desarrollo regional que  apuntan al desarrollo urbano en la zona norte alrededor de la creación de los municipios y las comisiones de fomento y del empleo público. Lo rural, hasta ese punto, es un polo que ofrece mano de obra a los centros urbanos y a las nuevas actividades productivas que se dan en el Alto Valle. En ese contexto se da la emergencia urbana en la zona.

¿De qué forma impactó en los crianceros de la zona?

Hay dos aspectos que impactan. Por un lado un aumento en el nivel de dependencia de los crianceros en esta nueva estructura del mercado. Hay toda una cadena de intermediación mucho más alta; antes era más directa la relación ya que  se producía en la zona de la cordillera y se bajaba a las ciudades a vender. Había un vínculo mucho más próximo entre el comprador y el productor. Acá hay toda una estructura comercial muy fuerte que se montó a instancias de la reconversión, porque al estar la zona muy alejada de Neuquén y de Buenos Aires, la  estructura permite  márgenes de ganancia mayores a los crianceros. En ese contexto aparece el Estado reforzando toda una estructura montada en base al empleo público. Ahí van a dar una parte pequeña de los crianceros. El escenario quedó de la siguiente forma: tenés toda una zona norte con un sector de crianceros –fundamentalmente Pehuenches, Chos Malal norte- donde sigue existiendo esta actividad y donde prácticamente no hay ingresos externos a su producción; y después un sistema pluriactivo en el que se trabaja de actividades externa a la crianza, que tiene que ver fundamentalmente en el departamento Minas.

¿Cuáles son esas actividades?

Públicas. La actividad de las áreas urbanas les permite enganchar algún tipo de laburo en algún municipio ó comisión de fomento. Ahí te encontrás con productores que viven del Estado. Se ven obligados debido al escaso margen de ganancia que tienen. Donde el Estado estuvo ausente, como la zona de río Barrancas, la gente  no pudo seguir y se tuvo que ir; los que se quedaron lograron tener una estructura que les aseguró por lo menos la subsistencia. En la zona oeste del norte, alrededor de Chos Malal, lo que tienen es la posibilidad de complementación. Ahí se da una pluriactividad donde por lo menos uno de la familia labura para el Estado, sobre todo las familias más numerosas. Los más jóvenes trabajan en  la administración pública.

La juventud migrante

Uno de los problemas más graves que enfrenta la actividad criancera en el norte neuquino es la migración de los niños y jóvenes hacia los centros urbanos, lo que provoca que no haya un natural recambio generacional. Un dilema que el Estado no ha hecho más que profundizar.

¿Por qué la juventud migra hacia las ciudades, abandonando el oficio de sus padres?

Hasta hace no más de diez años atrás, la educación primaria estaba asegurada sólo en las áreas urbanas. Entonces muchas familias se vieron obligadas a migrar o mandar a sus hijos a vivir al pueblo. Y esos son caminos de ida. Porque cada productor maneja un campo de invernada y un campo de veranada. Y vos aprendés a trabajar estando  con los animales. Es una transmisión que se da de generación en generación Cuando vas a la veranada, no es que el tipo llega y suelta los animales de cualquier forma: empieza por aquel cerro que es el que primero se cierra cuando viene la nieve, después sigue por el otro que es más templado y a este último lo deja para antes de irse. Es toda una lógica del pastoreo y no hay forma de aprenderlo si no estás ahí. Lo que se da es que la educación inicialmente apartó a los más chicos, porque se vinieron al pueblo y se instalaron en las escuelas albergue.

A este ritmo, ¿los crianceros van a desaparecer?

Yo creo que no. Evidentemente podemos hacer mucho para que desaparezcan, de hecho hay muchas cosas que se están haciendo como para que desaparezcan.

¿Por ejemplo?

No adecuando la educación al área rural. Desde los contenidos que se enseñan en el área rural, a la modalidad que hay para asistir a la escuela rural. De esa forma lo que se hace es despegarlo cada vez más de su realidad cotidiana, a tal punto que vos cuando hablás con los maestros te preguntás qué saben ellos del entorno donde están metidos. Y en general los maestros no tienen formación con respecto al medio en el que están trabajando. Cuando no tenés referencia, ¿cómo podés aportar conocimiento a esa realidad? Sí podés enseñar a leer, sí podés formar y demás, pero poco podés aportar a interpretar el medio con el cual estás trabajando.

Es la misma aculturación que, salvando las diferencias, se produce con las comunidades originarias…

Exactamente. Se van, se van, se van… y los chicos se van. La escolarización, lo que también implicó –y yo no estoy diciendo que no haya que escolarizar- es que la familia deje de vivir de la veranada. Cortó de alguna manera la tradición de la trashumancia. Entonces los chicos se incorporaron a la veranada recién a los 12 ó 13 años.

¿Y la juventud no se queda en el campo?

Hoy por hoy lo que tenés son los programas de desempleo. Todos los programas de desempleo apuntan a los jóvenes. Y en teoría tienen que contraprestar.

En Coyuco (a 200 kilómetros de Chos Malal) se creó en 1999 la comisión de fomento, años después desembarcaron los programas sociales (plan 2128, Jefes y Jefas, etc.). Así lo que hicieron fue poner una esponja sobre toda la juventud que había,  de alguna manera la sacaron de la actividad rural. En 2003 detecté que tres o cuatro jóvenes por familia tenían un plan 2128, cuando eran unidades que hasta entonces se organizaban alrededor de la actividad productiva. Pasaron a tener entre 400 ó 600 mangos extra al mes por grupo familiar. Y como tenían que contraprestar lo hacían en la escuela que era el único ámbito donde podían, y dejaron de ir a la veranada. Los pibes estudiantes abandonaron la veranda y cuando les tocaba ir (en las vacaciones), no pudieron  porque estaban recibiendo un subsidio (y tenían que contraprestar). La gente con esa plata empezó a construirse una casa en Barrancas, que está a unos 80 Km. de Coyuco y es un área urbana. Nadie construyó, por ejemplo, un cobertizo de parición, que es lo que te asegura que no haya tanta mortandad entre los animales en plena primavera. El programa de desempleo financió, de esta manera, el proceso de migración.

Ante este panorama, la actividad se va a pauperizar. Evidentemente hay un corte cultural muy grande, y ante ese corte, si esto sigue así,  los crianceros entonces sí van a desaparecer…

Hay algunos indicadores: el promedio de edad de los jefes de explotación –crianceros- está entre los 56 y 58 años. Es un promedio muy alto.

¿Y eso que revela?

De alguna manera tenés una población al frente de una actividad que es muy mayor, y hay muy poca juventud. Vos ves la base demográfica en la pirámide poblacional del área rural y es una pirámide invertida. La franja de 0 a 15 es muy angosta. Esto es lo que se observa en las familias y hay elementos que ayudan aún más a que esto se profundice. En Curaco, por ejemplo, los chicos están en un radio de 90 Km. alrededor de la escuela. Muchas familias han dicho “no mando más a los chicos al albergue” por problemas tabú (se refiere a denuncias de abuso sexual).  Ante esto el plan B es venir al pueblo. Entonces para un criancero, lo que implica todo esto es trasladar a la mujer y a los chicos al pueblo. Y eso no tiene retorno. Esto con lo que respecta a la educación, que tiene su impacto. Otro es el tema de los planes sociales. Los planes sociales están pensados para gente que viven en áreas urbanas, que no tienen ningún tipo de capital y ningún tipo de formación. Y el criancero sí tiene capital (los animales) y tiene formación. ¿Cuál es el problema? Que no han sido capaces en todos estos años de lograr una integración al mercado lo suficientemente alta como para que ellos continúen desarrollando su actividad.

Entonces… ¿qué rol debe jugar el Estado?

Evidentemente la Argentina, con tantos cambios, no ha sido fácil establecer o vincular cosas estables. Pero hay un capital. Ellos tienen animales y saben qué hacer con ellos. De hecho, son los que mejor podrían manejar esta zona. Si hubiera que repoblar esta zona, ¿a quién traés? Nosotros, por más universidad que hayamos ido, no tenemos sistematizados los conocimientos que ellos sí tienen.

La tierra ajena

Los crianceros no poseen –en términos capitalistas- las tierras que utilizan. Pero viven en un sistema –como todos nosotros- en el que no poseer legalmente un determinado bien no brinda ninguna garantía a quien lo usufructúa. Y ese es otro problema para los crianceros del norte.

Además del tema de la educación en el ámbito rural, qué otro factor es necesario tener en cuenta para que evaluar la supervivencia de los crianceros?

Y, otro tema tiene que ver las grandes deudas que tiene la provincia, como el tema de las tierras. Desde que el Estado provincial fue creado se anuncia la entrega de las tierras a quienes las ocupan. La Constitución en ese sentido es más que clara. Pero jamás se logró llevar a cabo. El tema de la tierra genera lazos, vínculos.

Pero, ¿cómo se puede articular esto de otorgarle la propiedad de las tierras a trashumantes?

Todos  los crianceros tienen ocupaciones fijas. Hay gente que toda su vida ha ocupado el mismo campo de invernada y el mismo campo de veranada. Son ocupaciones individuales, el uso del territorio es privado. Y cada uno sabe cuáles son los límites de sus tierras, aunque no existan las barreras físicas del alambrado. No es que haya áreas de pastoreo común. Cada uno tiene una ocupación específica, y los límites están más o menos definidos. Lo que falta es la formalización; y desde el año ‘58 que esto  se viene anunciando.

En vista de esta pauperización que están sufriendo los crianceros, ¿no se corre el peligro, en caso de otorgarles la tenencia, que por una cuestión de necesidad o porque ya no tengan descendientes, vendan estas tierras a privados promoviendo una posible concentración? Pienso en un Marcelo Tinelli o en un Ted Turner…

El riesgo existe. Al titularizar, el riesgo del mercado de recompra de tierras es potencialmente posible. Todo depende del rol que decida asumir el Estado. El envejecimiento poblacional ha ocurrido acá y en otros continentes, como Europa y Asia. Y allí el Estado ha tenido un rol activo en el recambio generacional. En Europa pasa que vos en vida hacés la transferencia de la titularidad de la tierra a nombre de tu hijo. Hay procesos que se pueden  acelerar o frenar desde la administración pública. El Estado hoy aplica subsidios, da créditos, da incentivos ganaderos. Teniendo en cuenta este proceso de envejecimiento podría fijar políticas que tiendan a la creación de unidades productivas de tipo familiar que van a ser transmitidas familiarmente. Eso es lo que ha ocurrido en otros países. Eso es fijar políticas.

¿Acá no pasa eso?

No. Acá, el incentivo ganadero pasó de pagar por stock, como se preveía inicialmente, en lugares donde teníamos niveles de desertificación muy altos. Entonces cómo vas a pagar por stock. Cuantos más animales tenés más plata te daban. Parecía ilógico en un lugar donde los animales no tenían pasto para comer. Sin embargo, los productores han sido siempre muy hábiles en atender a las reglas de juego, creo que la capacidad de adaptación al ambiente ha sido siempre una virtud de los crianceros. Y el Estado es uno más de esos ambientes. Si hay que tener animales, tengo animales. Si el subsidio es por mortandad, entonces tengo mortandad. Aprendió a jugar muy bien con las reglas que les impusieron. Muchos siguen siendo crianceros porque hay aportes que pueden recibir, y no terminan de irse ni de dedicarse a la actividad pública porque siguen siendo crianceros. Es decir, son procesos que uno puede estimular o desestimular desde la administración pública.

¿Cómo definirías el rol que ha tenido el estado en la región?

Históricamente, el Estado ha sido muy hábil en crear infraestructura en la zona, lo que es caminos, escuelas, hospitales; hay que reconocerlo. Yo creo que no ha podido en estos 40 años de historia generar un vínculo estable con el nuevo mercado al que tuvo que insertarse la zona norte. Y ese sí es un problema. De alguna manera el Estado tuvo dos modos de intervención distintos. Inicialmente, hasta los ‘90, intentó a través de la política pública, vincular al criancero con el Estado, y los distintos procesos inflacionarios lo han hecho ir de fracaso en fracaso, a la política de cómo integrar a esta región con el mercado interno, nacional o internacional.  Desde los ‘90 esta política ha cambiado y se dejó de ver al productor como productor, para verlo como un desvalido que lo único que había que hacer era subsidiarlo porque era incapaz de valerse por sí mismo. Algo que cerraba muy bien dentro del juego clientelar Y los productores han aprendido a jugar ese juego.

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En la zona norte hay entre 1.500 y 1.700 crianceros en la zona norte. Entre todos, tienen alrededor de 350.000 cabezas de ganado caprino.

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La zona norte esta comprendida entre cinco y seis departamentos: Minas, Chos Malal, la zona oeste de Pehuenches y Ñorquín. Prácticamente, toda la región al norte de Loncopué.

TOP, SUPER TOP

En las hamacas de Colombo, en los cojines de Diradourian, en las carteras de Fiore y hasta en las correas de relojes de diamante de Michelle. El cashmere, este año, estuvo presente en todas las tendencias de los diseñadores internacionales. A tal punto que, en el lanzamiento de temporada realizado en Miami, hicieron desfilar a réplicas de cabras de Mongolia en honor a la fibra.

El diario norteamericano “El Nuevo Herald” informó en su edición on line del pasado 6 de noviembre, que el cashmere fuel principal protagonista del Wild About Cashmere, hecho en la exclusiva tienda Saks Bal Harbour, en Miami.

El cashmere es más que una fibra, es un sueño que puede tocarse”, le declaró la diseñadora Rebecca Moses al periódico durante el evento. En tanto el presidente de las empresas Saks Fith Avenue enfatizó que “nunca antes una tienda se ha embarcado en una forma tan ambiciosa y creativa en materia de cashmere”.

Durante el evento, que congregó a 100 diseñadores internacionales,  desfilaron réplicas de las cabras de Mongolia minutos antes de la presentación de la colección que incluyó prendas, calzado y hasta platos de base.

Cuando se saca un plato caliente del horno, si se coloca sobre un plato de base cashmere, retiene el calor hasta por dos horas”, explicó la diseñadora Moses, que también presentó zapatillas de ballet hechas con esta particular fibra.

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