Ahora sé por qué el Boby ve la leche y llora

Tema de la semana

el-tema-de-la-semanaHay un viejo refrán que dice que el que se quema con leche, ve la vaca y llora. Pero este no es el caso del Boby: él jamás vio una vaca. Y leche no le doy. Ni fría ni caliente.

Por Qwert Poiuy

Pero durante esta última semana, cada vez que veía el sachet de leche arriba del televisor (porque yo guardo la leche arriba del televisor, y qué!), el tipo llora. No se trata de un llantito caquero: llora como si le hubiera pasado una picáp por arriba. Para adelante y para atrás.

Al principio me preocupé mucho. Pero después se me pasó.

Yo jamás llevé al Boby al veterinario. No es de amarrete. Es una cuestión de principios: para que los perros sean perros, tienen que arreglárselas por su cuenta. Antes (en el siglo III, por ejemplo) no habían veterinarios, y sin embargo los perros nacían, se reproducían y supongo que morían también, sin ni siquiera una vacuna para el parvo virus.

De modo que mi perro siempre estuvo sano gracias a sus propias convicciones. Pero con el tema de la leche, me sacó. Creo que fue culpa de Sapag cuando me pagó la mitad del medio aguinaldo -que sería algo así como el cuarto aguinaldo, neuquinamente hablando-. Bueno, ese día, compré dos cajitas de leche larga vida La Bartola, las puse arriba del tele, y el Boby lloró como si lo hubiera embestido un Escaniababis. El de 12 cilindros, para más datos.

De modo que agarré y lo llevé al veterinario. Lo vió, lo midió, lo pesó, le hizo rayos cs, y no encontró nada. “Su perro –me dijo- tiene un problema psicológico”. Llévelo a esta psicóloga para animales y dígale que va de parte mía. Cuando me dio la cuenta, decidí dejarlo atado a la rueda de un auto estacionado frente al consultorio del veterinario. Y me fui.

Pasaron apenas dos horas cuando el picho estaba otra vez rascando la puerta de casa. Le abrí de mala gana. Entró, vio la cajita de La Bartola que me quedaba, y otra vez el escándalo.

Comprendí que sólo tenía dos caminos: guardar la leche en la heladera o llevarlo a la psicóloga. Sólo por una cuestión de curiosidad, hice lo segundo.

La mujer lo vio, lo midió, lo pesó, y me pidió que me retirara del consultorio, porque quería tener una charla a solas con mi can. Fue una hora, que a 60 pesos la media hora significaron el resto de mi cuarto aguinaldo. Luego entré y la señora me explicó: “su perro le tiene fobia a la leche”. Recuerdo que hicieron falta cuatro asistentes para lograr sacarme de encima de la médica  y otros dos para soltarme las manos que tenía aferradas en su cogote, mientras gritaba en forma demencial: ¡y para eso me cobrás 120 mangos!!!

Cuando nos calmamos, continuó:

–         ¿Su perro ve mucha tele?

–         ¡Pffffffff!

–         ¿Mira noticieros?

–         ¡Psssssss!

–         ¿Vió noticieros durante la última semana?

–         ¡Puuuuu!

–         ¿Escuchó las noticias sobre el subsidio a la leche?

–         ¡Prrrrr!!!

–         Bueno, ahí está. Su perro está dotado de una altísima sensibilidad social..

–         ¿?

–         ¡Sesé! El llanto lastimero del Boby, es una exteriorización de su inmenso dolor por la injusticia que significa el subsidio lechero.

–         ¡Pero el Boby nunca tomó leche!

–         ¿Nunca?

–         No, mire: Si yo llegara a tener un mango de mas, prefiero comprarme dos cajitas de lecho o 500 gramos de jamón crudo, y zampármelos solo. Ni beodo le convido a este perro ordinario.

–         Con más razón, aun. Su perro es entonces hipersensible a la injusticia.

–         ¿Y qué tengo que hacer?

–         O reparte la leche con el perro, o la esconde en la heladera o le apaga el televisor.

Mientras huía corriendo del consultorio para no pagar, arrastrando al Boby de la correa como si fuera una tabla de barrenar, fui cavilando sobre las alternativas. La tele no se la apago porque sería un perro infeliz. La leche no la escondo por nada del mundo: quiero que las visitas vean que no soy un tirado como se dice por ahí. Así que no me queda más remedio que convidarle. Eso si: dos cucharaditas a la mañana y una a la noche. No vaya a ser que se me aburguese y deje de llorar cada vez que ve el sachet.

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