Si Sapag tiene dudas, que mire para atrás

Digo lo que siento

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La teoría del derrame es una mentira. Se usó para justificar un nuevo ciclo de superbeneficios empresarios. Pero Sapag pretende que creamos en ella.

Por Fabián Bergero

Vamos al origen: la famosa teoría del derrame fue otro de los eufemismos acuñados por las usinas académicas del capitalismo (las de Chicago y Washington, claro) para seguir manteniendo la vigencia de sus políticas neoliberales a ultranza.

Fue durante los gloriosos años 90, en los que el mensaje era muy claro: había que abrir la economía al mundo. Ningún país podía vivir aislado de la globalización económica. Había que ser parte, o morir solos..

El fenómeno fue tan espectacular, que no hubo ningún rincón en el mundo que quedara fuera de esta ola, este tsunami de apertura a un mundo distinto. Al mundo que venía. Bueno, Cuba no murió. Pero ésa es otra historia.

Pero… ¿por qué se concentró en los países del llamado tercer mundo? Porque estaban quebrados. Se trata de naciones que sufrieron regímenes militares apoyados por los gobiernos estadounidenses, o que venían de años de socialismo. En ambos casos, las economías estaban fundidas. Se habían endeudado por miles de millones de millones de dólares, en un momento en que el juego favorito de los bancos internacionales y de los organismos de crédito mundiales era prestar plata.

Esos países contrajeron deuda en forma tan brutal e irresponsable, que no caben dudas que los gobiernos locales fueron cómplices, socios, y benefactores de una política que buscaba ahorcarlas.

Y eso fue lo que pasó: la crisis de la deuda de los `80 explotó. Ya no se podía seguir prestando. Pero las empresas debían seguir ganando. Ahora había que devolver. Entonces, ¿de dónde sacar plata para aumentar los beneficios del capitalismo?

Fue entonces cuando vino una nueva estrategia de Washington. Se trató de culpar ya no a quienes prestaron, sino a quienes recibieron.

“Tienen un Estado elefantiásico”. “Hay que achicarlo”. “Deben desprenderse de aquello que no funciona en manos del Estado”. “Hay que abrirse al mundo. Hay que privatizar”. ¿Saben por qué había que privatizar? Porque las empresas son más eficientes. Las empresas ganan plata. Y si le va bien a las empresas, le va bien al país.

Fue la excusa de Carlos Saúl Menem en Argentina, para explicar que había que apostar el sector privado, que había que darle el manejo de las empresas de servicios públicos, que había que beneficiarlas con créditos y alivios fiscales.

Fue el discurso de Ricardo Patritti –por entonces gerente regional de la Repsol YPF- cuando apoyó a su amigo Jorge Omar Sobisch en la renegociación de los contratos petroleros, aquí, en la región, en el 2000. Es que aquí, debemos recordar, Sobisch implementó el menemismo retardado, en el doble sentido de la palabra.

A los argentinos nadie tiene que venir a decirnos que la teoría del derrame no funcionó. El país quebró. Aun cuando nadie haya ido preso por fundir un país, la argentina llegó al fondo del pozo. Vino el gobierno de Eduardo Duhalde y José Ignacio de Mendiguren, el de la Unión Industrial Argentina, que aplicaron una devaluación que buscó todas las formas posibles de no castigar a las empresas privadas, ni a los bancos, ni a nada ni nadie de los que participaron en esa fiesta de deuda, privatizaciones y pingues ganancias.

La devaluación la pagó el pueblo. No las empresas. El derrame nunca llegó a la gente. Pero las empresas nunca perdieron. En realidad, nunca dejaron de ganar. Ganaron un poco mas o un poco menos. Pero ganaron. El pueblo se empobreció dramáticamente. El 60 por ciento de la población pobre. Luego del 2001 todo mejoró aun más para las empresas. Pero no para la gente: la pobreza sigue siendo del 40 por ciento. Sigue habiendo hambre. Y los gobiernos nos dicen que se mejora la distribución de la riqueza porque hay mas gente que cobra planes sociales.

El 10 por ciento más rico de la población gana 30 y 48 veces mas que el 10 por ciento más pobre en América Latina. El 10 por ciento más pobre, se queda con el 1,6 por ciento de las ganancias de los países. Los ricos siguen siendo más ricos y los pobres mas pobres.

El Banco Mundial –si, el Banco Mundial- estima que casi el 43% de quienes viven en esta región es pobre, y que el 18,6% es extremadamente pobre. Son 220 millones de personas viven con menos de 2 dólares por día.

Es en este contexto en donde lo que pasó aquí en Neuquén esta semana, me dio vergüenza. Bronca, vergüenza, dolor. La acumulación de sensaciones comenzó el lunes cuando vi a Sapag, a un gobierno, subido al palco de los festejos de un gremio, el de los petroleros, que sufre el peligro de la desocupación –como todos los del país- pero no el de los bajos salarios. No me quejo de que ellos cobren 7, 8 o 10 mil pesos por mes. Me duele que sean apenas el 10 por ciento de la población económicamente activa la que cobra más de 7500 pesos.

Sapag fue un compañero. Un amigo. Guillermo Coco, el secretario de Recursos Naturales, “parecía el jefe de personal del gremio”. Todo esto lo dijo Guillermo Pereyra, no yo.

Sólo dos días después, Sapag –el mismo del palco- salió a pegarle a los gremios del Estado. Dio –como ayer lo hacía Sobisch- la imagen de que son gremios insaciables. Que no tienen límites en la demanda. ¿Cómo que quieren cobrar el aguinaldo entero? ¿Cómo que quieren cobrar 1600 pesos de una sola vez?

El aguinaldo –habría que recordarle a Sapag- es un derecho de los trabajadores que trabajan 52 semanas al año pero cobran 48. La creación de Perón no fue una concesión graciosa: fue el reconocimiento de que el año tiene 52 semanas, y a los laburantes se les robaba un mes entero (de cuatro semanas).

Por otra parte, los trabajadores y las trabajadoras son de los pocos que financian su trabajo a 30 días. Pocas empresas de servicios petroleros lo hacen. Aunque los comerciantes que son proveedores del Estado suelen financiar su laburo siete, ocho o nueves meses al Estado. Y médicos y médicas, casi lo mismo.

Sapag reavivó esta semana la teoría del derrame nuevamente. Si le va bien a las petroleras, le van bien a Neuquén, que cobra mas regalías, dijo. Le pedimos a Sapag, que es un hombre inteligente, que deje de ofendernos con estos discursos. Si quiere beneficiar a las petroleras porque ésa es su política, que lo haga. Pero que no nos trate de idiotas porque no lo somos. El derrame no sirvió. No sirve. Y no servirá. Si tiene dudas, que mire para atrás.

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