Ahora sé por qué el Boby levantaba la patita hasta acá

Tema de la semana

el-tema-de-la-semanaSiempre creí que mi perro era un asno. Pero esta semana de frío polar  entendí que es más inteligente que Lasie y Corre Joe Corre juntos.

Por Qwert Poiuy

Como buen perro de casa, el Boby duerme al lado del calefactor. Sobre todo en invierno, no hay forma de sacar al tipo de ahí. Es mas: si alguien en mi casa quiere practicar el famoso deporte invernal de la culifacción (apoyar el tujes frente al calefactor para despejar el frío de ese lugar, que parece ser neurálgico para los seres humanos), el Boby se pone como loco. Primero gruñe. Luego ladra. Y si uno persiste en la intención de acercarse a la fuente calórica, muerde. Lo he visto saltar hasta la yugular de un amigo de 1,90 de alto, en un acto poco frecuente para un can de apenas 30 centímetros de alto.

La cosa es que todas las noches, antes de ir a dormir, paso por calefactor a saludarlo. Y el Boby levanta la patita. Yo siempre creí que era un saludo, y me admiraba de la inteligencia de un perro tan barato (de hecho, me lo regalaron), al que siempre consideré un verdadero asno.

Antes me agachaba y el estrechaba la patita, pensando que alguien (que no soy yo) lo había adiestrado para eso. Pero el tipo torcía la cabecita doce grados hacia la derecha y me miraba como diciendo: “¿Y éste para qué me agarra la patita? ¿Me querrá hacer la manicura?”. Era en esas ocasiones cuando confirmaba mi hipótesis: el picho es bruto.

Sin embargo, esta semana de tanto frío que terminó, vi algunos gestos extraños. Cuando me iba a acostar, veía que el Boby levantaba la patita más arriba de lo habitual. Hasta acá, mas o menos. Es mas: hacía un esfuerzo enorme por levantarla a tanta altura. Y lo hacía acompañado por un llantito lastimero, poco común para su raza y su especie. Incluso, para su color. Era claro que le dolía.

Esa actitud me desconcertó. De modo que agarré una silla, me senté frente a él y comencé a atar cabos. Enseguida me cayó la ficha: la levanté, y seguí pensando varios días mas.

Fue recién esta mañana de sábado que entendí. Fue como una iluminación, un disparo de nieve, una luz cegadora, un maní cubierto con chocolate cayendo en cámara lenta sobre una tasa de crema de leche que hace chuiffff! El Boby no me saludaba. Lo que quería, lo que me pedía, lo que me imploraba, ¡era que le subiera el calefactor!

Patita hasta acá: poné al mínimo. Patita hasta acá arriba: poné al máximo.

Cómo lo deduje? Recordé otras actitudes del picho. Resulta que yo soy un poco remolón para apagar el calefactor cuando empieza el calorcito. Entonces recuerdo que allá por octubre, cuando me iba a acostar, pasaba por el calefactor a saludarlo, y el Boby levantaba y bajaba la patita impulsivamente, como si estuviera aplastando una cucaracha. Una y otra vez. Ahora entiendo: quería que le bajara el Orbis! También recuerdo haberlo visto allá por finales de Noviembre, levantar la patita a altura media, y moverla de izquierda a derecha frenéticamente. ¡Me pedía que lo apagara! “Out, fuera, basta”, rogaba.

Tardé mucho en comprenderlo. Lo he hecho sufrir calor en verano y frío en invierno. Eso está mal. Ahora bien: el hecho de que recién ahora entienda, no significa que le vaya a hacer caso. Y menos en este momento, en que me llegó una factura de gas multiplicada por cinco.

Encima, temo que el aumento del gas en boca de pozo que festejamos esta semana en un gélido acto en la vuelta de Obligado a dar la vuelta, con el Caballo, el Jorge y el Miguel, en algún momento termine incrustado en mi no menos gélida boleta de gas.

Es cierto que el gobernador dijo que ese aumento no lo pagaremos los usuarios. Pero tampoco encuentro motivos para entender por qué sería así en este país en el que los empresarios nunca pierden y los usuarios siempre garpan.

El miércoles a la noche, cuando el termómetro acusaba siete bajo cero, el Boby se subió (con una gran esfuerzo, por cierto) arriba de una silla del comedor, y saltó hacia arriba. Hizo dos mortales hacia delante, y se lanzó en tirabuzón hacia el piso. A sólo dos centímetros del suelo se frenó con la patita izquierda, la flexionó, hizo un droop hacia atrás, cayó con sus dos patitas traseras levemente flexionadas, y levantó la delantera izquierda más allá de lo que sus músculos le hubieran permitido. Yo creo que se desgarró, porque escuché un sordo “kaiiiiiiii”.

Yo sé que quería que pusiera al máximo maximor el calorama, pero no le haré caso. Si le doy calor, no podré alimentarlo mas. Y una cosa es un salchicha con frío, pero otra muy diferente es uno con hambre. ¿Acaso nadie oyó hablar de que el perro es lobo del perro?

Le tiré una frezada vieja y le puse un gorrito de lana que yo usaba para dormir. Y me fui a acostar pensando que al fin y al cabo deberíamos reivindicar a ese viejo capitán ingeniero, que nos decía: “hay que pasar el invierno”. Y al final, logró que todos termináramos cagados de frío.

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