Los baños públicos

Foto-Grafías, POPURRI

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No sólo son lugares repletos de microbios, sino también espacios donde se puede escribir sin censura o autocensura. Donde el autor es anónimo y puede desahogarse con un simple garabato sexual, una diminuta grafía, una palabra incompleta, una mentira, un chiste soez o una frase ingeniosa. Donde puede propinar insultos, denuncias o ultrajar a alguien sin padecer una condena social.


Por Mario Galdeano

Los baños públicos, además de abrigar a miles de bacterias que nos esperan agazapadas en sus picaportes, almacenan leyendas anónimas, tanto groseras como discriminatorias, palabras sueltas, y de tanto en tanto, algunas frases graciosas o ingeniosas.

Por ejemplo. En un baño de hombres de una Facultad de Derecho y a la altura de un ser humano sentado en el aparato para evacuar el vientre, hay un mensaje, poco universitario y académico que dice: ‘En caso de incendio, salga cagando’.

Cuesta creer, que esos ambientes tan íntimos, equipados con un inodoro, mingitorios o un bidé, más los olores que merodean por allí, puedan brindar un lugar para la inspiración y la creatividad.

Aparte de las expresiones chistosas, están las palabras clásicas, ya gastadas por el uso, como: ‘conchudo’, ‘conchuda’ ‘pija’, ‘pico’, ‘culo’, ‘chota’, ‘concha’, ‘coger’, ‘chupar’, ‘puto’, ‘puta’, ‘pelotuda’, y ‘pelotudo’, entre otras. Las escriben los usuarios, con marcadores, lapiceras o lápices y generalmente en mayúsculas, quizá para despistar las características de la escritura del autor o al más esmerado grafólogo.

Las leyendas ingeniosas no sólo se hallan en los clásicos baños para ‘damas’ o ‘caballeros’, y ’señores’ o ‘señoras’, sino también en algunos retretes públicos más paquetes, llamados toilette, toilet, o WC. En un baño de ‘damas’ puede apreciarse el dulce dibujo del corazoncito con una leyenda dentro: ‘María y Pedro’, y con otra letra, de alguna que no soportó tanto amor ajeno, la frase adicional: ‘Pedro es puto’.

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También pueden leerse algunos mensajes que son como una bofetada, porque son como dardos dirigidos al lector y en los cuales el ocasional visitante queda indefenso a medida que decodifica el texto. Qué podría responder un parroquiano de un bar, que se acerca al urinario y se topa con el escrito: ‘Qué mirás pelotudo’ o ‘Puto el que lee’.

Las frases que guardan esos cubículos son infinitas, como tantos baños públicos hay en el mundo.

Tu madre

Hace unos años, de viaje por la Patagonia, me detuve en una estación de servicio en el pueblo de San Julián, en la provincia de Santa Cruz. Un caserío perdido en la vastedad del desierto, que tiene un pequeño puerto y que se adjudica haber sido lugar de parada de muchos navegantes en siglos pasados, entre ellos Fernando de Magallanes y el naturalista Charles Darwin.

Ya tranquilo en el escusado, me senté en el inodoro y como no tenía nada para leer, comencé a observar las numerosas leyendas que tenía la puerta. Eran muchas frases, correos electrónicos, números de teléfonos, pedidos de sexo, inscriptos con fibras de distintos colores por jóvenes mochileros que deambulan por la Patagonia.

La puerta estaba tapizada con escritos trazados a nuestra usanza occidental: de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Entre la maraña de letras superpuestas y la feroz competencia por el espacio, había un singular mensaje escrito en forma vertical, y de abajo hacia arriba, hecho con una birome, con una letra muy chiquita, casi imperceptible. Desde mi ubicación era imposible descifrarlo. Entonces, acomodé mis pantalones, me levanté, me acerqué a la puerta e incline mi cabeza para interpretar aquellas diminutas grafías.

Cuando estaba a cinco centímetros del enigmático mensaje y con la cabeza bien torcida pude leer: “Endereza la cabeza concha tu maire”.

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