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Es para Micheal que lo mira por tevé
Es para Micheal que lo mira por tevé

Los funerales de Michael Jackson fueron un  show a la medida del difunto. Un pequeño remanso ante tanta catástrofe sin doblaje.

Por Mónica Reynoso

Es cierto. Habré tarareado “We are the world”. Me habré quedado mirando alguna vez el paso de la caminata lunar. Y, ahora que me acuerdo, se me cayó la mandíbula cuando vi por primera vez el clip de “Black or White”. Era un prodigio etno-electrónico, cautivante. Pero de ahí a la emoción por Michael Jackson… Lo cierto es que, sin embargo, acabo de dejar mi butaca global para ordenar mis impresiones, una vez terminado ese show colosal que fue el sepelio de Jackson en la tele. (Cómo hermana la tele ¿no?)

La CNN tuvo a bien poner un traductor al servicio de los hispanohablantes que, con una importante cantidad de baches y versiones libres, nos trajo más o menos la palabra de los que hablaron. Subtitularon además los nombres de muchos desconocidos, lo que se agradece. Una gentileza que no tuvo E!, que como muchas ceremonias del Oscar, mandó crudo todo el acto. Y el esfuerzo que hizo América 24, por ejemplo, de conectarse con el instantáneo centro del mundo que fue Los Angeles no alcanzó para contratar a algún relator que haya aprobado el Elementary Level, así que los conductores sanatearon las casi dos horas que duró el show. Y en TN, que conectaba y desconectaba según hubiera o no un “último momento” que lo amerite (por ejemplo, un choque en Balvanera), se vio a una compungida Catalina Dlugi contando chismes archiconocidos del difunto, como para ir cerrando.

Por supuesto, casi ni hace falta decirlo, fue una puesta impecable. Un escenario inmenso, una platea repleta que cada tanto aullaba su amor por MJ, una pantalla gigante con las imágenes oportunas de los cientos de miles (¿millones?) que dejó el músico a la posteridad, con sus clips y sus discos; los deudos en primera fila, todos de riguroso negro y anteojos oscuros. El féretro de oro de miles de dólares, rebosante de flores rojas, inquietaba un poco. Su inerte contenido, La Imagen del pop, recibía el tributo en palabras y músicas, en elegías, de quienes lo conocieron, lo apreciaron y aun pudieron amarlo, mientras el pequeño Michael que fue, de piel oscura como sus hermanos y sus padres, sonrisa abierta, pelo mota, mostraba alegremente sus dotes en la pantalla.

El desfile de oradores y cantantes fue de hombres y mujeres negros la mayoría. Un color, una raza, de la que él trató de desligarse todo cuanto pudo, hasta la momificación. Presentes en primera fila, sus tres hijos blancos y rubios garantizaban la estirpe soñada por quien tuvo en la insatisfacción el motor de su vida. Para bien y para mal.

Para bien, porque por ella ahí queda una obra musical, un cuerpo en crispación, una gestualidad inimitable y mil veces imitada, la búsqueda interminable de más y más que, en la creación artística, es condición sine qua non.

Para mal, porque su infancia y juventud de leyenda alimentada por su propio relato de víctima culminaron en un hombre negado a ser tal, maníaco, mendaz, fóbico, extraordinariamente rico y extraordinariamente pobre. Sus alegatos a favor de la infancia quedaron en entredicho con las denuncias de abuso que él acalló con millones de dólares. Incluso su adquisición de paternidad fue eso: una adquisición.
Así y todo, en la ceremonia fúnebre dio violencia moral la exposición de su hija, cuyo segundo nombre es Michael, rodeada de los ex Jackson Five, sus tíos, balbuceando palabras de amor que el llanto le atragantó. La mano enguantada de tía Toya –era Michael con vestido Jackie- la apartó del micrófono y la condujo fuera del escenario sobre el cual estaban depositados los ojos de millones de terrícolas en ese momento.

Porque, vale aclararlo, en estos tiempos dominados por la liviandad del espectáculo y la frialdad del discurso economicista, todo es miles y millones, y no hay buena crónica si no contiene al menos un porcentaje, un ranking, una modesta encuestita aunque sea. Ni qué hablar si se trata de quien fue coronado rey. Que vendió tantos discos, que ganó tantos millones, que Neverland tiene tantas hectáreas, que el acto final lo vieron tantos y tantas, y así.

Millones de dólares. Millones de espectadores. Millones de entradas en Google. Manda el imperio, con el dólar como moneda universal, el inglés como dialecto de la aldea global y el entretenimiento como el pequeño consuelo para las catástrofes reales que no tienen traducción simultánea.

Así que mejor voy redondeando, al cabo de 773 palabras, 3.740 caracteres sin espacio y 4.505 caracteres con espacio. Y 12 párrafos. Están por pasar en “Intrusos” lo que le acaba de decir Moria a Mirtha, que habló de lo que Moria le dijo a Gasalla de lo que Gasalla dijo sobre lo que había dicho Moria. ¡Y no me lo puedo perder!

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